Gran logro de George Saunders

Por fin en español –traducida por Javier Calvo–, Lincoln en el Bardo (Seix Barral, 2018), la primera novela del escritor estadunidense George Saunders, promete cosechar alabanzas críticas similares a las que ganó el año anterior en lengua inglesa (incluso se alzó con el Man Booker Prize 2017), porque si algo debe consignarse es que se trata de una historia capaz de rebasar las previsiones de cualquier lector e, incluso, sorprenderle.

En un principio, admito, Lincoln en el Bardo no se prefigura como algo que vaya más allá de una novela “coral” que funda su relato en cierto número de “voces” que conviven en un espacio-tiempo (de orden sobrenatural) entre la vida y la muerte –el Bardo, una suerte de “limbo” cuyo concepto toma el autor de la cultura tibetana– donde no son conscientes de su pasado o el destino que les aguarda, a pesar de recordar algunos hechos de su vida y percibir de forma peculiar lo que ocurre a su alrededor (un entorno delimitado por la cerca del cementerio).

Por lo que toca a lo anecdótico, la obra trata acerca de Abraham Lincoln –sí, el célebre presidente norteamericano– y como en 1862 debe hacer frente al inicio de la Guerra Civil en su país y a la inesperada muerte de su hijo Willie (con apenas 11 años de edad), víctima de una intensa fiebre y quien, tras su deceso, entra en contacto con aquellas “presencias” que en el Bardo ayudan a que conozcamos cómo y por qué ocurre aquello que se cuenta.

Así, sin que se perciba, existe un orden en el que se desenvuelven los acontecimientos y las ya mencionadas “voces” se dividen en tres ámbitos: las presencias espectrales, las de los vivos y las que proceden de la escritura (citas documentales: de memorias, cartas, registros o ensayos); se trata de un diseño estructural admirable por su complejidad y la eficiencia de un entramado diverso que, al servicio de la narración, va desenvolviéndose y brindando sorpresas conforme uno avanza (y se adentra) en la lectura.

En un lapso que va de la noche al día, Lincoln regresa al sitio donde ha sido enterrado su hijo quien, por cierto, se debate entre la comprensión de su “nuevo” estado y la imposibilidad material de paliar el sufrimiento que contempla en su padre; quienes, en derredor (y en el interior de los otros), dan cuenta de todo son, de alguna forma, “espectros” que a lo largo de la jornada también se transforman (además, en cada “voz” percibimos la carga simbólica de un estrato social, un modo de contemplar el mundo, un tiempo y unas costumbres desde los cuales se juzga y actúa).

Lincoln en el Bardo, para muchos, podrá significar una experiencia poco habitual de lectura pero, debe anotarse, es enorme la capacidad de Saunders para ofrecer vueltas de tuerca cuando nos parece que los sucesos toman un rumbo determinado; la cosa es que, como el gran escritor que es, lo que hace es apenas amenazar con la redención a sus personajes, ninguno se salva, ni siquiera el niño en el que todos los esfuerzos y esperanzas se centran (de hecho, es él quien condena a muchas de estas “presencias” a descubrir lo que en realidad son).

Si bien, en general, la novela no tiene un tópico del todo original, es un verdadero prodigio narrativo en cuanto a la vastedad de sus recursos; y ni siquiera da la impresión de que tengamos frente a nosotros una obra “vanguardista” ni mucho menos. Saunders ha conseguido, con su primera obra de largo aliento, algo de verdad extraordinario: hacernos creer que “comprendemos” la existencia a través del sufrimiento y que llegamos a conocer a los demás para experimentar el amor, la pérdida, la soledad o lo absurdo de la convivencia. Ojalá tenga muchos lectores en español.

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