El gringo que vive escondido en mi clóset

Entre que lo vi y me lo traje a vivir a la casa pasaron unos ocho meses. Fue amor a primera vista. Pero yo no creo en esas cosas: hubo dudas, abandonos, reencuentros. Remordimiento. Nos separaban los casi dos mil kilómetros que hay entre las ciudades de Guadalajara, donde yo vivo, y Tijuana, donde estaba él.

Un día recuperé el magnífico vestido azul casi negro, con lunares blancos, hecho chicharrón en una maleta del botadero del Pasaje Rodríguez, allá, donde comienza América Latina.

Tijuana es uno de mis lugares preferidos en el mundo. Lo digo en serio. Me hipnotizan su historia, sus contrastes, su diversidad. Me duele su muro. En el centro de la ciudad, el pasaje Rodríguez es un pasillo de apenas una cuadra, entre las avenidas Revolución, la “Revu” y Constitución. Es un punto de reunión entre los jóvenes, por sus comercios alternativos, teterías, cafeterías, tiendas de viniles usados… Ahí hallé el vestido.

La primera vez que lo vi, en septiembre de 2017, permanecía colgado en un gancho de una de las tiendas de ropa usada del pasaje. Yo traía mucha prisa, mucha colitis y muy poco presupuesto. Me lo puse a la carrera: se me hacía tarde, se me botaba la panza y no me alcanzaba para comprarlo. Otra es que no pensaba que casi un año más tarde decidiría ser vintachera.

Por razones de trabajo volví a Tijuana en febrero. Cuando pude fui al pasaje Rodríguez, a ver si el vestido seguía en su lugar. Ahí estaba y ahí lo dejé. Cuando me arrepentí estaba muy lejos. Volví a la frontera en mayo de 2017.

El vestido ya no estaba colgado. Casi me volví loca de la obsesión, ante la dueña del negocio, que me miraba con ojos de sospecha y terror. Lo encontré, ya dije, hecho chicharrón y sin bastillas en la maleta del botadero. Lo agarré y me lo traje a Guadalajara. La tercera es la vencida.

Aquí duró muchísimo tiempo en una maleta, hasta que un día de septiembre de 2018 lo saqué, lo limpié, le hice la bastilla y lo planché ya en la madrugada, nomás por obsesiva.

En el burro ocurrió el milagro del patito feo. La tela del vestido tipo wiggle o de lápiz fue adquiriendo un brillo fantástico. Pude distinguir su corte impecable y formas redondas; su cierre de metal. Casi a las tres de la mañana guglié su etiqueta, nomás por no dejar: Don Loper. Casi me desmayé.

Don Loper (1907–1972) fue un diseñador clásico en los años cuarenta y los años cincuenta, la época en la que mi vestido fue confeccionado.

Diseñador, al mismo tiempo que guionista, bailarín, coreógrafo y productor, de cine y musicales del terrible Hollywood de la mitad del siglo pasado. Su estudio de diseño estaba en el famoso Sunset Boulevard, en Los Ángeles.

Las biografías disponibles en Internet narran que, entre otras, vistió a Judy Garland, Ella Fitzgerald y and Lucille Ball, la protagonista de I Love Lucy, un programa clásico de comedia estadounidense. Los precios de sus prendas son escandalosos; los pueden consultar en la red.

Llevé el vestido a la Segunda Edición de la Vintage Ceremony y se lo midió una mujer que lo descosió de un costado. Tendré que repararlo para volverlo a ofrecer, en 10 por ciento del valor que Internet dice que tiene. No me importa. Sería peor que el tiempo lo entierre en mi closet, donde está ahora.

Sobre Don Loper tengo tres de cosas más por decir.

  1. Qué bueno que nunca lo conocí. Me habría caído gordo por sus dichos clasistas y discriminatorios al tope: “Cariño, debes estar bromeando con ese vestido”. “¿A qué hora llega tu escoba?”, y “Veo que tu madre ha estado cosiendo de nuevo”.
  2. Como ya se murió y me dejó una prenda, me cae bien. Nunca sabrá que muchas mujeres de hoy encuentran encantadores y actuales los vestidos —no de su madre, sino de su abuela—.
  3. La vida está llena de paradojas. El diseñador clasista pasó de un estudio de lujo a una maleta del botadero en Tijuana y al closet de una mexicana con sueños de equidad.

Agradecemos a volver vintage y memoria por compartir este contenido.

Vanesa Robles
Acerca de Vanesa Robles 26 Artículos
Soy Vanesa Robles // La casualidad me hizo nacer en Guadalajara, México // La vida me hizo periodista, y la elección me hizo pobre y feliz.

Escribe el primer comentario

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*