Guadalajara, medio siglo después

Guadalajara

|Por Juan José Doñán|

Según un organismo público, llamado Instituto Estatal de Geografía y Estadística, la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG) cuenta ya con 5 millones de habitantes, y algunos aprendices de demógrafos –comenzando por varios chicos y no tan chicos de la prensa– han interpretado esté dato de varias formas, casi todas equivocadas.

Una de ellas sería la que pretende que los tapatíos de las generaciones recientes se habrían multiplicado como conejos, al quintuplicar la población de la capital jalisciense en 53 años, es decir, en apenas tres generaciones, pues si la ciudad había demorado más de cuatro siglos (422 años, para ser exactos) en alcanzar el millón de habitantes, desde su fundación en el valle de Atemajac, el 14 de febrero de 1542, al 8 de julio de 1964, en contrapartida, sólo le habría tomado poco más de medio siglo para multiplicar por cinco esa población.

El dato en sí mismo es falso. Y ello porque lo que se calculó 8 de julio de 1964 fue que en esa fecha se estaba llegando al millón de habitantes, pero sólo dentro del municipio de Guadalajara, sumando a las personas que vivían en el casco urbano de la ciudad, a los hombres y mujeres que residían en pueblos más o menos retirados del mismo territorio municipal tapatío como San Andrés y Tetlán, hacia el oriente, y Huentitán y Arcediano al extremo norte.

Para entonces, los municipios vecinos de Zapopan, Tlaquepaque, Tonalá y Tlajomulco era una realidad distante, que para ese año de 1964 contaban con su propia población: Zapopan estaba llegando a los 80 mil habitantes, lo mismo que Tlaquepaque, y Tonalá apenas sobrepasaba los 25 mil.

En la actualidad, transcurridos desde entonces 53 años, el municipio de Guadalajara contabiliza un millón cien mil habitantes, lo que significa que, con relación a 1964, cuenta con una población de apenas un 10 por ciento mayor, pero en cambio el crecimiento de Zapopan, Tlaquepaque y especialmente Tlajomulco ha sido exponencial, lo mismo que el de otros municipios conurbados como El Salto.

Dicho de otra manera, mientras que en las cinco décadas recientes el crecimiento poblacional del municipio de Guadalajara es de apenas el 10 por ciento, el promedio de los municipios conurbados durante el mismo periodo ha sido de mil 500 por ciento.

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Lo anterior significa que la ciudad no sólo creció hacia su propia periferia, sino que los tapatíos fueron abandonando el municipio central para establecerse en lo que para 1964 eran campos de cultivo en territorio zapopano, tlaquepaquense, tonalteca, tlajomulquense… Pero no sólo millares de tapatíos abandonaron Guadalajara, especialmente el centro de la ciudad, que desde entonces luce cada vez más despoblado y con no pocas zonas semimuertas, extendiendo la ciudad hacia los municipios vecinos, sino que a la par se fue dando una inmigración desde distintas partes del país, en particular de la Ciudad de México, sobre todo a raíz del sismo del 19 de septiembre de 1985.

Todo ello, más el hecho de que recientemente y de manera oficial se le sumaron a la Zona Metropolitana de Guadalajara municipios más distantes todavía como San Cristóbal de la Barranca, Juanacatlán y hasta Ixtlahuacán de los Membrillos, viene a explicar porque la capital de Jalisco ha ido creciendo, sin ton ni son, hacia todos los puntos cardinales, con excepción del norte, donde la barranca (de Huentitán y Oblatos y Colimilla) ha estado convertida, venturosamente hasta ahora, en un valladar infranqueable, de suerte que la expansión del área urbana se ha dado hacia los valles de Tlajomulco y Tesitán –al sur y el oeste, respectivamente– así como hacia la dilatada planicie oriental.

La mala noticia de todo ello es que la ciudad ha crecido a tontas y a locas, encaramándose en cerros como el del Cuatro, el Tesoro, el Gachupín, Bugambilias y el Palomar, invadiendo parcialmente el bosque de la Primavera y zonas de recarga hídrica o de infiltración del agua pluvial como el Bajío, donde han sido las propias autoridades quienes pusieron el mal ejemplo con la construcción de la descocada y contraproducente Villa Panamericana.

Otro diagnóstico equivocado de los aprendices de demógrafos y urbanistas desde la prensa es el que pretende que la caótica y rezagada Guadalajara de hoy es “mejor que la de los sesenta” (El Informador, 7 de noviembre de 2017), cuando la calidad de vida ha venido ostensiblemente a menos. Y ello por causas de lo más diverso, comenzando por la mala planeación, la corrupción, el crecimiento exorbitado de vehículos automotores que saturan calles y banquetas y ralentizan la movilidad urbana, contaminando la atmósfera que respiran los ahora 5 millones de habitantes.

Hace 53 años, cuando éramos menos, según el dicho del poeta Renato Leduc, Guadalajara no sólo se presentaba como una ciudad modelo y hazañosa en muchos sentidos, sino que los tapatíos de entonces, sino atenemos a los testimonios de la época, eran mucho más optimistas –o menos pesimistas– sobre el porvenir de la capital jalisciense, un porvenir que ahora se ve muchos menos claro y no sólo por la creciente contaminación atmosférica, con inversiones térmicas cada vez más frecuentes, sino porque los múltiples rezagos, problemas sin resolver y achaques de toda clase se le siguen acumulando a la otrora “clara ciudad”, que dijera Agustín Yáñez.

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