Haitianos en México: tan cerca, tan lejos del sueño americano

|| Arrastrados por desastres geológicos, climáticos y políticos, los migrantes caribeños viven una pesadilla en el Norte de México, a las puertas de la frontera con Estados Unidos, y donde sólo la sociedad civil ha mitigado su situación crítica

| Por Julio González |

Escasa como agua en el desierto. La esperanza de los haitianos en Nogales, Sonora, se seca. Las oportunidades son irrisorias para estos últimos 11 migrantes provenientes, no de su país sino de Brasil, que por su crisis política y social los expulsó. Ahora, y desde hace cinco meses viven en un bodegón en la terregosa colonia Jardines de la Montaña, a la espera de un permiso para trabajar. Antes, cruzaron 10 países hasta toparse con la valla norteamericana y con Donald Trump.

Pero cuando esta historia comenzó a escribirse eran 34 haitianos, cuatro de ellos niños y tres mujeres. Todos comían y dormían bajo ese mismo techo. Todos a la espera de que empresarios de la región los ayudaran a conseguir permisos para trabajar, de preferencia en Estados Unidos o en Canadá. México sería un premio de consolación.

La construcción marcada con el número 100 se encuentra en una esquina en el cruce de las calle Club Rotario y avenida Tecnológico. Esta es una zona a la que los taxistas no se animan a ir cuando el sol se esconde. Las casas de madera, ladrillo o lámina están sobre algunas colinas y otras sobre un terreno más bajo.

A unas cuadras se encuentra la colonia Colosio, una en la que sus calles fueron bautizadas con nombres de tribus de la región del país: Los Mojaves, Los Tobosos, Los Cahitas, Los Apaches, Los Choles, Los Mojaves, Los Tecanecos, Los Mayos. La avenida lleva el nombre del ex alcalde priísta Abraham Zaied. Ahí también, algunos medios locales han reportado el hallazgo de personas sin vida que fueron arrojadas al terregal.

Existen dos Nogales. El mexicano es parte del estado de Sonora. El otro es el estadounidense y pertenece a Arizona. Los divide una valla de acero de casi 10 metros de altura, pero uno se puede asomar por los huecos, como lo hacen algunas familias que fueron separadas por la frontera.

Los haitianos esperan salir de la zona y del desierto; del Nogales mexicano. Pronto.

Los niños haitianos corren por los patios para no sentirse encerrados. (Foto Julio González)

Wi-fi para el alma

El grupo de más de 150 migrantes haitianos comenzó a llegar a principios de octubre. La gran mayoría al albergue Juan Bosco, dedicado a la recepción de deportados por la garita de Nogales, Sonora. Cuando éstos llegan les dan alimento, se bañan, duermen, desayunan y regresan a su lugar de origen, o intentan volver a cruzar.

Pero la situación de los migrantes haitianos era otra. No eran deportados sino que querían llegar a Estados Unidos, y de preferencia con permiso para trabajar. Por eso, el organismo no gubernamental convocó al presidente del Club de Rotarios, Francisco Mendívil, líder del grupo Taxi Amigo, que reúne a al menos 240 taxistas –o sea más la mitad de los de la ciudad–, y solicitar la ayuda de sus compañeros rotarios.

Era sábado. Aún calentaba el sol cuando a Mendívil le preguntan si podían trasladar a los migrantes con la flota de taxis que lidera. Los querían llevar a distintos lugares donde pasarían la noche. Los haitianos ya no cabían en el albergue. Estaba saturado. Ese día se llevó a cabo una reunión con las autoridades, municipales, estatales y federales donde se revisó la situación de los haitianos.

Mendívil llamó a su compañero Hipólito Sedano, el secretario ejecutivo de los rotarios, y le comentó la situación que se suscitaba. “Comentamos la necesidad de no dejar a los haitianos en la calle. Son seres humanos, tienen frío, les da sed, tienen necesidades básicas qué cubrir”, explica el empresario.

La tecnología juega a favor de los haitianos. “Vía WhatsApp acordamos que convirtiéramos el club que se utiliza para eventos sociales en albergue. Conseguimos colchonetas esa misma noche para que ellos pudieran dormir en esa casa club”.

“Decían que eran un poco inquietos e incluso hasta un poco violentos, esa era la referencia que nos dieron”. Las condiciones que los rotarios pusieron fueron claras. “Les leímos la cartilla”, confiesa Sedano, pero también “les preguntamos qué era lo que ellos querían estar haciendo”.

“Les pregunté qué querían comer. Me hablaron de cuatro elementos principales para estar bien: pollo, arroz y habichuelas. (el frijol entero)”. Esos eran los primeros tres.

“El cuarto elemento era para alimentar el espíritu y se llama Internet –wi-fi–. Lo querían porque ellos se comunican directamente con sus familiares que están en Haití o Brasil. Además de que ellos tienen una red de comunicación con los haitianos que están en Tijuana, en San Luis Rio Colorado, Mexicali y en las demás ciudades fronterizas a las que han llegado”.

Los rotarios les instalaron Internet, consiguieron alimentos, colchonetas, ropa; les llevaron un depósito de gas y calefacción.

El rotario que mantiene comunicación con los haitianos es Hipólito Sedano, ahora busca opciones en la maquila para ellos (Foto Julio González)

La política en contra

Cuando los haitianos llegaron a Nogales aún no ganaba las elecciones Donald Trump. Pero pasaron unas cuantas semanas para que el magnate fuera electo y su política migratoria pisoteara sus esperanzas.

En diciembre, un mes antes de que la era Trump comenzara, Hipólito Sedano tenía tres planes para estos migrantes. Una posibilidad era conseguirles una visa de trabajo para permanecer en México. Otra era que se fueran a Canadá. Empresarios de ese país estaban interesados en apoyarlos contratándolos debido a que un puñado de estos haitianos dominan el francés. La tercera se esfumó en enero; querían vivir y trabajar a Estados Unidos.

No es la primera vez que la política juega en contra de este grupo de migrantes. En agosto de 2016, Dilma Rousseff fue destituida de la presidencia de Brasil luego de que el Senado considerara que “maquilló” las cuentas de 2014 y 2015. Lo que –presuntamente– causó una crisis económica en aquel país. Sin Rousseff en el poder, el éxodo comenzó.

Muchos de los haitianos habían llegado a Brasil luego del terremoto de 2010. Algunos de los que viajaron a Nogales, Sonora, formaron parte de la construcción de los estadios para el Mundial de Futbol 2014 y los Juegos Olímpicos en Río de Janeiro en 2016. “Es gente preparada a nivel ingeniería, a nivel técnico”, explica Sedano.

Pero no sólo Brasil y Estados Unidos le dieron la espalda a los caribeños. El embajador de Haití en México, Guy Lamothe, visitó Hermosillo, Sonora, en noviembre de 2016. Se reunió con la gobernadora Claudia Pavlovich pero no con sus connacionales. Cuando más cerca estuvo de los migrantes, se mantuvo lejos.

En el bodegón donde habitan los haitianos se pueden ver las colchonetas cubiertas con sábanas y cobijas. Ropa amontonada. Algunas sillas y mesas. Unos prefieren estar acostados. Las mujeres lavan la ropa. Los niños corren como niños por todos lados. Lloran como niños por todos lados. Sonríen como niños por todos lados. Otros, los jóvenes, leen diccionarios en español. Pero la principal actividad es navegar en las redes sociales e Internet. La mayoría pasa el tiempo pegado al celular.

A través de este aparato pidieron una copia de su acta de nacimiento o pasaporte para tramitar las visas de trabajo con el Instituto Nacional de Migración (INM). Por medio del WhatsApp les enviaron la imagen y el trámite comenzó.

Sus esperanzas se secan en uno de los desiertos más grandes de México: el de Sonora.

El uso del celular es una de las principales actividades de los haitianos. Lo utilizan para entretenerse y para comunicarse con sus familiares. (Foto Julio González)

Si fuera ladrón tuviera dinero

Bourjolly posa para la cámara. Viste de pantalón café, camisa blanca y corbata. Utiliza un cinturón negro que contrasta con lo claro de sus prendas. Tiene el bigote negro delineado y la barba le cubre solo la piocha. Su cabello chino y a rape es más oscuro que su piel morena. Tiene manos de basquetbolista: grandes y pesadas.

La foto que capturó la cámara le sirve como imagen de perfil en su WhatsApp. Le recuerda a sus días en Brasil cuando había trabajo y no se sentía perseguido. En cosa de unos meses su suerte –dictada por políticos– lo hizo cruzar 10 países.

Ahora viste con ropa que otros no quieren tener en su guardarropa y han regalado. Ninguna de su talla. Prefiere que las prendas le queden holgadas que apretadas. Bourjolly es quien lidera el grupo de migrantes haitianos en Nogales y quien me recibe en el bodegón.

Antes caminé sobre el cemento con forma rectangular. Es una cancha de basquetbol con una canasta sobre el piso. Es el patio de juegos de niños y adultos. Matar el tiempo de manera real o virtual es un reto diario. Hoy no es la excepción.

Mi visita interrumpe la rutina. Acomodan unas sillas y una mesa –de esas que regalan las cerveceras. Bourjolly y yo nos sentamos. Una docena de haitianos de pie nos rodean. Sus ojos nos miran fijamente. Bourjolly mide sus palabras. Sus 40 años en el mundo, un terremoto, una primera migración al país amazónico, sus días en Brasil y el cruce de 10 países (a pie y en camión) lo hacen desconfiar de mí.

Pasan unos minutos para que se desborden las palabras de su boca. Su español apenas se entiende. Ahora tiene las riendas de la conversación.

“Vinimos para conseguir un futuro mejor y vivir en Estados Unidos… si uno fuera ladrón, tuviera dinero. En Haití hay pocas oportunidades. No hay trabajo”.

“Cada uno de nosotros tiene un pensamiento, tenemos un corazón. Los pensamientos que uno tiene no es fácil. Hay algunos que no vienen con sus padres ni con familiares”.

“Brasil nos abrió sus puertas pero ya no”.

“Caminamos mucho a pie días: tres o cuatro. No fue fácil”.

“Nosotros queremos trabajar para tener mejor vida”.

La vida en el bodegón es rutinaria: se levantan apenas sale el sol. Hacen la limpieza. Se cocinan. Juegan dominó. Barren la terraza y la cancha. “Tenemos mucho tiempo para pensar”, dice Bourjolly. Aunque más bien se les ve “conectados” al celular que a su vez está enchufado a la corriente para no perder la carga de energía.

¿Por qué no regresar a Haití?, pregunto.

“En Haití hay crisis política. No hay presidente estable después del temblor y las inundaciones. No hay trabajo”.

“Hay más tranquilidad en México. Aquí pudimos viajar en camión”.

El hombre con el celular en la mano es Bourjolly, el líder del grupo, espera obtener un permiso para trabajar en México. (Foto: Julio González)

Refugiarse en un país en guerra no es opción

Una opción que algunos haitianos pensaban era solicitar refugio a México. Un país que “está muy afectado por su ubicación geográfica y la dinámica migratoria ha cambiado en los últimos años”, explica el representante del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en México, Mark Manly.

“Lo que estamos viendo es a personas provenientes de Honduras, El Salvador y Guatemala que están huyendo. Cada vez son más familias las que están llegando. Están viendo a México no como país de tránsito sino como país destino y en ese sentido ha aumentado el número de solicitudes”.

Por otra parte, algunas maquiladoras están interesados en emplearlos. Los haitianos son personas preparadas y hablan varios idiomas. Pudieran tener un sueldo de entre mil 200 y cuatro mil pesos semanales, según Hipólito Sedano, quien cabildea con las autoridades para que esto suceda.

“Un haitiano necesita para poder vivir y mandar dinero, 12 mil pesos mensuales, al menos. Sin embargo, no todos tienen esas condiciones. Los sueldos en México no son los mejores el mundo, pero lo que sí hemos revisado es que una vez que estén trabajando, puedan traer a su familia a Nogales”, explica el empresario.

El representante del ACNUR en México descarta que puedan acceder a permisos como refugiados.

“Un refugiado es alguien que viene huyendo de la persecución de conflictos armados, violencia, de violaciones de derechos Humanos; hay ciertas condiciones jurídicas que hay que cumplir. Entonces, muchas de las personas de origen haitiano que están llegando no vienen huyendo de estas circunstancias, sino más bien de otras.

“Sabemos que algunos sí tienen residencia en Brasil y por lo tanto la respuesta a esa población es poco distinta a la respuesta que se requiera para personas que huyen de persecución, violación masiva de derechos humanos, conflictos armados, violencia generalizada y que en número creciente están solicitando la condición de refugiado en México”.

“Para una persona que tiene el perfil de refugiado es mucho más seguro si solicitan la condición de refugiado en el sur del país, de forma que estén amparados por la legislación mexicana y por un documento mientras están esperando la decisión y luego la residencia permanente. En el caso de que sean reconocidos con el amparo de la ley la gente se evita riesgos para no viajar por zonas peligrosas del país y en algún caso poder acudir a las instancias correspondientes”.

Una opción más que se esfuma.

Escasa como agua en el desierto

Desesperaron. A cinco meses de que el bodegón sirviera de hogar para los haitianos, son apenas 11 los que aún conservan la esperanza de que el INM les dé permiso para trabajar en México.

El gobierno por su parte les ha negado el permiso a muchos. “Nosotros enviamos las copias de sus pasaportes pero no fue suficiente, dijeron que habían mentido (al ingresar a México dijeron que eran africanos) y con ese argumento les negaron las visas”, explica Sedano. Otros se fueron a Mexicali y a Tijuana.

“Buscamos opción en Canadá para enviarlos a trabajar allá y estamos en ese proceso. Por otra parte, una planta maquiladora en Nogales nos pidió apoyo para solicitar ellos a Gobernación –a través del INM–, permisos de trabajo para los 11. Están interesados en contratarlos. Sólo dios sabe si alguno podrá prosperar o bien si estos haitianos se quedarán ilegales en algún momento en México”.

Para los haitianos en el bodegón de la colonia Jardines de la Montaña en Nogales, Sonora, la esperanza se seca en la frontera y ni un diluvio tiene tanta fuerza como para cambiar de rumbo los planes de la realidad.

Una mujer haitiana lava la ropa en una mañana nublada y fría en Nogales, Sonora. (Foto Julio González)
Julio González
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Reportero // Caminante //escribe la columna "Sepa la bola" // Profesor.

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