El idealismo simbólico de la barbería

||¿Qué significados se esconden entre un corte de pelo?

| Por Gerson Gómez |

A Marcos Montemayor

El patrimonio tradicional en perspectiva al filo cortante de una navaja, con su banda para sacar brillo, para afilar, para dejarla a punto, para no herir la carne, para prodigar la esperanza de la fidelidad del consumidor.

La rasuradora eléctrica, el sillón alto donde descansa la humanidad entera. Mientras infatigable atlas, el peluquero, acerca los implementos y los va colocando con la precisión del cirujano antes de comenzar la intervención. La anestesia para el manejo del invitado son las cervezas heladas Superior, una por cliente, dos si se retrasa la antesala.

—¿Una cervecita?

A las barberías, los viajantes consumidores, críticos descarnados de las estéticas unisex, han regresado atenuando las comparaciones; desde la memoria, alientan la difusión al gran público del renacimiento de lo arcaico.

Glorifican el tiempo de espera hojeando las revistas para varones, insípidas en el contenido intelectual, muy prosperas en lo visual, en el catálogo privilegiado de los cuerpos femeninos a medio desandar de ropas.

En el casco histórico del sobrepuesto, los suplementos sobre política estrujan las posibilidades de relajación. Nada disponible entre el revistero de GQ, Maxim, Revista H. De aquellos fascículos con ensayos de firmas elegantes del Impacto, de pensamiento complejo de Contenido o de actualidad en el advenimiento de acechante de la inventiva del Muy Interesante.

A la barbería se asiste como a la cantina: a desahogar las heridas del liberalismo en el culto a lo hipster. Para divulgar los alcances estratosféricos de los críticos de la moda, en los movimientos del mercado de los deportistas de alto rendimiento en los equipos europeos.

Colorado soy

Me cansé de andarles haciendo los logos, de diseñar a destajo en agencias ínfimas. De andar correteando a los clientes de la firma. Pedirles el depósito a tiempo. Sacar para los gastos mínimos. Sostener la oficina. Estar al corriente en los pagos de los recibos de los servicios.

A la verga. Los mandé a la chingada. Despejé mi escritorio. En una hoja de maquina escribí con rojo y en mayúsculas: RENUNCIO.

Di el portazo y me fui caminando en línea recta por la avenida Vasconcelos. Me subí en el camión para el Centro. Venía pensando. ¿Ahora qué voy a hacer? Todo el camino riendo. Como si estuviera loco.

Bajé del transporte y pasó un señor de la tercera edad vendiendo BonIce. Le compré uno de mora azul, mi favorito. Fue una epifanía. Estoy seguro. Levanté la vista y estaba el letrero de “Se renta”. Un local por el rumbo del Barrio Antiguo. Ideal para comenzar de cero. Entré a preguntar. De la penumbra se asomó el rentero. Estoy seguro que le caí bien desde la primera mirada. Sería por mi color de piel, por venir vestido con la ropa de oficina o por lo distintivo de mi cabello rojo. Debajo de la camisa la mitad de mi brazo derecho está tatuado con colores y figuras psycho.

Sólo pidió un mes de renta por adelantado. Sin fiador o referencias.

—Nos vamos a llevar bien. Inspiras confianza ¿Qué vas a poner?

—Una barbería, le respondí resuelto. Soy egresado de la carrera de Artes Visuales. Voy a combinar la feelanceada con el diseño de cabello para caballeros.

No tenía la menor idea de cómo cortar el pelo. Con los ahorros del banco compré en Mercado Libre todo lo necesario. Entré a YouTube, a los tutoriales. ¿Sí sabes cómo? hay varios cursos completos con maestros de la moda en cortes de última generación. Explicados a detalle.

—Tienes de plazo tres meses. Si no te haces de un nombre o de clientes, esa va a ser la señal para regresar a la oficina y olvidarte para siempre del sueño etéreo del autoempleo.

Ya voy para tres años. Dando servicio. Abro después de mediodía y cierro a las ocho de la noche. Todavía agarro jales de diseño, sólo para no perder el pulso. Me mantiene vigente y competitivo.

La sagrada comunión

La sociedad de las convicciones profundas ha pedido el servicio completo. El hábito de la moda incluye el corte a ras, medida dos, con pasado de paños calientes sobre el rostro, dilatación de poros y mascarilla de carbón activado. Delineado de barba para el respetado docente de la racionalidad y de la complejidad. Loción astringente y aspirado de residuos.

El fermentado comportamiento pragmático de quien meticuloso, el oficiante, va depurando con navaja la superficie, hasta dejarla blanca, suave y tersa.

En la barbería se ilustra el sectarismo exaltado de la hazaña. La conspiración de miradas sin parpadeo, el espejo refrenda la escritura del corte en ángulo 360, mientras lo transmite online, en la página de Facebook.

Santo y seña del proceso, la explicación detallada de la práctica, del sitio, en el recuento de la autonomía y la búsqueda del estilo definido. A eso se asiste, no se corta el cabello, sino se consulta a un especialista, un solidario externo, con el añadido en la imposición catártica, en el culto fútil de la banalidad.


Agradecemos a El Barrio Antiguo por compartir este trabajo.

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