Javier Juárez Woo, biólogo y pianista (1953-2018)

Conocí a Javier Juárez Woo hace muchos años por conducto de nuestro mutuo amigo Julio Haro. Javier, biólogo que había estudiado piano y que era amante de la música, participó como corista en aquel disco del grupo El Personal (“No me Hallo”) del que Julio y yo formábamos parte. También recuerdo que cantó en un par de conciertos del grupo. No se consideraba propiamente “cantante” y en sus participaciones se notaba cierta timidez, aunque no lo hacía nada mal y se le notaba su talento y buen gusto musical. Tenía notable sentido del humor, le chocaba la vulgaridad en cualquiera de sus formas y todos lo conocíamos por el sobrenombre (¿quién se lo puso? ¿Julio? ¿Meche Cárdenas?) de “Javi Bú”.

Una pésima noticia circuló a principios de este nuevo año: Javier murió el 5 de enero a consecuencia, me cuentan, de una mezcla de enfermedad con mala atención hospitalaria. Estaba a punto de cumplir 65 años.

Nos veíamos muy poco, y casi siempre de manera casual me enteraba yo de algunos de sus trabajos: hace algunos años, aprovechando sus conocimientos de biología, fue curador en el Museo de Paleontología de Guadalajara y, más recientemente, maestro en la ECRO, la Escuela de Restauración y Conservación de Occidente. El contacto con él era virtual gracias a nuestra amistad en facebook.

Hace poco más de un año publiqué en esa red social un video y algunas fotos de la pianista y maestra emérita de la UdeG Leonor Montijo, luego de una entrevista que le hice en su casa. Javier comentó en la publicación que había sido su alumno. Mi entrevista con la maestra era parte de un proyecto de texto acerca de ella, así que se me ocurrió pedirle a Javier que me escribiera algo de su relación -un tanto conflictiva, después lo supe- con doña Leonor. Javier me envió un delicioso texto donde me contaba más ampliamente acerca de su frustrada carrera como pianista. Decidí incorporar parte del texto a la crónica (que aparecerá próximamente en un libro aún en proceso) sobre la maestra y hoy quiero compartirlo completo con los hipotéticos lectores, como un pequeño recuerdo de Javier:

La semana pasada, Alfredo Sánchez publicó unas fotografías de la entrevista que le hicieron a la Maestra Leonor Montijo. Como fue la última profesora de piano que he tenido, decidí hacer esta breve historia de mi abrupta, dilatadísima e infructuosa formación pianística.

Desde que tengo memoria, en mi casa siempre hubo un piano. El primero fue un gigantesco piano vertical, negro, que parecía el dintel de una puerta en algún palacio renacentista, una cosa excesiva. El piano fue adquirido para que mi hermana, Rebeca, estudiara lo que le enseñaban las monjas de su colegio. Ella se aplicaba con entusiasmo, aunque al parecer en los exámenes públicos le entraba “miedo escénico”: empezaba muy bien, luego venía una parte digamos que escabrosa, pero eso sí, el final y la reverencia siempre eran impecables. Yo, por mi parte, tecleaba alguna cancioncilla o tonada, en fin…

Cuando estaba iniciando la secundaria, pedí a mis padres que me inscribieran en la Escuela Superior de Música de Áurea Corona. Para mi suerte me tocó que la mismísima Mtra. Corona fuera mi profesora; de ella recibí mis primeras notas. Áurea tenía fama de exigente y severa, corría la leyenda de que daba regletazos para corregir la posición de las manos y todo eso, pero como yo recibía la clase a las 7:00 am, ella estaba fresca y dichosa. Vivía en la planta alta de la Escuela y recuerdo que su aparición era precedida por una irrespirable nube de Esteé Lauder. Con ella estudié la “tripleta” usual: Beyer, Bürgmuller y Lemoine. Iba muy bien, aprovechado e interesado, lamentablemente, así como progresaba en el piano, mis calificaciones de la secundaria se iban al inframundo. De manera que hubo que posponer mi carrera musical.
Años después, quizá por la confianza y porque éramos un poco parientes políticos, le pedí a  la Maestra Amelia García de León que me aceptara como alumno. Así fue, pero como éramos chismosones, mucho del tiempo que debió dedicarse a las escalas y ejercicios se fue en cotilleos. Amelia decidió que mis oídos estaban “anquilosados” con armonías propias de los métodos que había estudiado antes, de manera que decidió que había que deconstruir aquello, ¿cómo?, estudiando, en mi caso, Mikrokosmos I, II y III de Bartok. Esa fue una de las grandes revelaciones de mi formación: nuevos sonidos, nuevos intervalos y ritmos, disonancias, en fin… no recuerdo el porqué, pero en algún momento ya no se pudo seguir con las clases… nueva interrupción.

Muchos años más tarde, regresé a la Escuela Superior de Áurea Corona, para tomar clase con la Maestra Leonor Montijo. Nada más llegar a la primera sesión, la maestra me interrogó sobre mis anteriores profesores, al enterarse de que habían sido cinco, comentó: ¡Malo!, tener tantos profesores nunca es bueno (¿?). Pues de ahí pal real: mi postura, mi cuenta del tiempo, mi solfeo, mi incapacidad para ejecutar “pianísimo”, todo eso me fue achacado. Además, después de haber tocado Bach, algún Schumann y así, me puso una sonata “facile” de Clementi, o sea una degradación. Las cosas se hicieron tan tensas que pensé que en algún momento le iba a faltar al respeto y hasta allí quedó.

Creo que ya no tendré tiempo de volver a recibir clases, de manera que todo aquel talento se irá a la goma, ni modo.

Adiós Javier, que tengas buen viaje y que de alguna manera logres reencontrate con el piano.

Alfredo Sánchez
Acerca de Alfredo Sánchez 50 Artículos
Músico // periodista // hombre de la radio

1 Comment

  1. Segunda referencia en estos días de su persona… no tuve la fortuna de conocerlo… gracias por tu narrativa, cálida, siempre interesante.

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*