Jerry González y el círculo de fuego

|Por Enrique Helguera|

Llegó a Madrid, inaugurando el nuevo siglo y profundamente impactado por haber presenciado en directo la caída de las torres gemelas de Nueva York. Durante los diecisiete años que permaneció entre nosotros, siempre lo vi ensimismado, encorvado sobre si mismo, resguardado bajo el ala de su sombrero y unas gafas implacablemente negras, y como envuelto en una nube de humo con irisaciones de otras sustancias. Jerry González deambulaba siempre en un espacio esférico, entre el jazz, la tradición afrocubana y el flamenco. Hace unos meses, a los 69 años, desde su apartamento de Lavapiés, se desvaneció en el círculo de fuego.

Nacido en 1949 en Manhattan, este gran trompetista, fliscornista, y percusionista de raíces puertorriqueñas, provenía de una familia con fuerte tradición musical, pues su padre, Jerry Gonzaléz Sr., era un cantante y director de bandas que frecuentaba el Palladium en la época de Machito y sus Afrocubans, con quienes su hijo tocaría mucho tiempo después. Desde que tenía cuatro años vivió en el Bronx latino, donde escuchaba la inagotable banda sonora de la calle y se fraguó su destino, en medio de descargas con bandas locales y la fascinación por el quinteto de Cal Tjader, del que formaba parte su ídolo, el percusionista Mongo Santamaría. Pero del barrio pasó a la escuela y completó una sólida formación musical en el New York College of Music y la Universidad de Nueva York.

Comenzó su trayectoria en el mejor laboratorio musical de la época, tocando las congas en la orquesta de Dizzy Gillespie, quien exploraba la síntesis entre el jazz y la música latina: una droga perfecta. De allí salió una de sus primera grabaciones con las congas: “Portrait of Jenny”(1970).

Al año siguiente entró en la orquesta de otro de los grandes, el pianista Eddie Palmieri y, de allí, junto con su hermano, el bajista Andy González, dio el salto al Conjunto Libre del timbalero, también de ascendencia puertorriqueña, Manny Oquendo. Y asi trancurrieron los años 70, durante los cuales tuvo tiempo para sus primeros experimentos creativos con el Conjunto Anabacoa (que tomada el nombre de un son de Arsenio Rodríguez), que luego se convertiría en la Grupo Experimental Folclórico Nuevayorquino, numeroso colectivo por el que desfilaron, entre muchos músicos de primer nivel, el trompetista Alfredo  “Chocolate” Armenteros y un joven Rubén Blades. Dos únicos discos “Concepts of unity”( 1974) y “Lo dice todo” (1975) y un concepto musical original: un torbellino de descargas cubanas y viento tropical suspendido entre las redes del latin jazz, en el mismo momento en que triunfaba el concepto de salsa de la factoría Fania. Continuando en esa senda exploradora grabó en 1979 su primer disco solista con el sintomático y fantasioso título “Yo ya me curé”,

En 1980 formó la Fort Apache Band, nombre que tiene su origen en esa metáfora cinematográfica del oeste inventada por John Ford en 1948, que luego retomaría Hollywood para una superproducción que tituló “Fort Apache: The Bronx”, protagonizada por Paul Newman. Fort Apache era el mote que tenía la aislada comisaría de la calle Simpson, en el distrito del Bronx, rodeada de un territorio salvajemente hostil donde se desarrollaba la acción. Como dijo Andy González en una entrevista, el nombre se lo pusieron como un acto de protesta contra esta película, que mostraba siempre a los puertorriqueños, bajo una luz siniestra como si todos fueran delincuentes, drogadictos o prostitutas: “Eran estereotipos contra los que queríamos luchar. Queríamos demostrar que también el arte podía salir del barrio”.

Para definir lo que era esa banda de trayectoria irregular y oscilante, con formaciones en movimientn perpetuo, es mejor dejar al propio Jerry, quien, en una entrevista al New York Times , decía: “Esto es música de Nueva York. Tocamos música influida por todo lo que experimentamos acá. Tocamos Mongo Santamaría, John Coltrane y James Brown, todo al mismo tiempo.”

Esta banda tuvo un éxito considerable en Europa en donde se grabaron dos discos de sus actuaciones en directo, “The river is deep” (1982) y “Obatalá” (1988), aunque el hito fundmamental sería la grabación en estudio ese mismo año del soberbio disco “Rumba para Monk”, que tendía puentes y pasadizos entre la música afrocubana y la sabiduría sincopada del genial pianista que atravesó el bebop y el hard bop hasta llegar al jazz modal. Este disco obtuvo el premio de la Academia Francesa de Jazz al mejor trabajo del año.

Foto: Cortesía del Facebook de Jerry González.

Durante esta década Jerry simultanéo su trabajo con inifintas colaboraciones y su participación en las orquestas de Tito Puente, Mc Coy Tiner y en la del contrabajista Jaco Pastorius, quien a su vez  era un entusiasta del Conjunto Libre de Manny Oquendo, con quien había actuado en varias ocasiones.

La Fort Apache Band, reducida a sexteto, seguiría sacando discos intermitentemente durante dos décadas y recibiendo encomiables críticas y numerosísimos premios, con discos como “Moliendo café” (1985) , “Crossroads” (1994) y “Pensativo” (1995), estos dos últimos con sendas nominaciones a los premios Grammy. Ya en este siglo merece la pena destacar el intenso e inmenso homenaje a Art Blakey en su “Rumba Buhaina” (2005), cuyo título proviene del nombre que el baterista adoptó en la temprana época de su conversión al islam.

Como dijo un crítico estadounidense, el vanguardismo de Jerry González consistió en dar un sentido más profundo al jazz latino, ya que si, al principio, el esquema básico era la improvisación del solista de jazz sobre la base de la sección rítmica latina, el consiguió, gracias a su enrome talento como percusionista, introducir la flexibilidad jazzística en dicha sección rítmica.

Fue su presencia en el documental “Calle 54” de Fernando Trueba, junto a Chico O’Farrill, Tito Puente, Gato Baribieri, Bebo Valdés y muchos otros, lo que le abrió las puertas y los corazones de España y, huyendo de esa densa nube de humo, polvo y destrucción que generó en su país el 11-S, encontró un espacio de claridad y sosiego bajo el cielo protector de Madrid. Y para su curiosidad instintiva y afán de exploración musical, el paso de la rumba latina a la rumba flamenca fue fácil, pues todo la escena jazzística española llevaba años dialogando y entreverando ambas tradiciones con el jazz.

Su flexibilidad le permitó incorporarse con naturalidad en la escena local y trabajar con artistas tan diversos como Martirio, Andrés Calamaro, Enrique Morente y Paco de Lucia así como montar un grupo llamado Los piratas del flamenco con el cantaor Diego el Cigala, el gutiarrista Niño Josele y el percusionista Israel Suárez “Piraña”. Un disco espléndido y novedoso, titulado “Jerry González y los piratas del flamenco” (2012), sin bajo, piano ni batería, y con cortes que apuntaban en todas direcciones: “Pirata de Lucía”, “Monk soniquete” o “Gitanos de la cava”. Este disco fue nominado a los premios Grammy y obtuvo el premio de la crítica de jazz neoyorquina al mejor álbum de jazz latino. En una entrevista a EL PAIS poco después de su publicación, Jerry González confesaba: “Jazz, guaguancó y flamenco, todo está ahí y, en un paso, podemos tocar tanto Charlie Parker o Duke Ellintgton como flamenco con rumba o flamenco clásico, o interpretar a Thelonious Monk por bulerías. El futuro del jazz está en el mestizaje siempre que nazca de forma natural”.

Otra de sus formaciones en Madrid fue El comando de la clave, junto a los cubanos Alain Pérez al bajo, Jaiver Massó “Caramelo” al piano y Kiki Ferrer a la batería, con discos tan notables como “ Avísale a mi contrario que aquí estoy yo” (2010), en el que la canción del título, original de Ignacio Piñero, toma aires flamencos en la voz de Diego el Cigala. Otras muestras de su paso por España fueron el imaginativo y luminoso disco  “A primera vista” (2002) un dúo con el pianista argentino Federico Lehner, así como su último disco solista junto a Miguel Blanco Big Band: “A tribute to the Fort Apache Band” que, en cierta manera, cerraba un círculo.

Con una forma de tocar a medio camino entre la energía de Dizzy Gillespie, la intuición de Miles Davis y el lirismo Chet Baker, la sonoridad de Jerry González destilaba una inconfundible melancolía tropical, cálida y vibrante, que podía crecer hasta la incandescencia. Tras una apariencia de cierta fragilidad o vulnerabilidad, había una serenidad, una fueza interior que se apoyaba en una creatividad sin límites para la improvisación, una destreza rítmica descomunal y una versatilidad estilística que le permitía traspasar los géneros con una naturalidad pasmosa.

El título “Fire dance” que le puso Jerry González a uno de los discos de la Fort Apache Band hace más de veinte años –un electrizante concierto en directo en el Blues Alleys de Washington D.C.– resume lo que era para este incansable perseguidor la esencia de la música: la danza del fuego.

 

Enrique Helguera de la Villa

Abogado, periodista y crítico musical, nació en CDMX, y desde los 60 radica en Madrid donde vivió en blanco y negro la última década del franquismo y en technicolor y con lentes 3D todo lo acontecido después. Es colaborador de Letras Libres y de múltiples revistas españolas. Desde 2008 explora la inabarcable galaxia musical en el programa dominical Sonideros, (Radio 3, Radio Nacional de España).


Agradecemos a la revista Enlace Funk por compartir este trabajo.

Escribe el primer comentario

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*