Kraftwerk pop art

Kraftwerk

|Por Beto Sigala|

Hace poco encontré en Youtube el documental Krafwerk pop art (2017) y dejé mi vida de oficinista promedio durante una hora para conocer más de los orígenes de esta agrupación que en la década de los setenta se inspiró en el rock experimental para crear una “odisea” musical, un performance salido de teclados, procesado en ordenadores mediante tiras de parcheo con posibilidades infinitas.

Cuando terminé de ver el documental me acordé muy bien de las palabras de un amigo (músico y melómano) que echó por tierra mi gusto por este proyecto de electrónica en una conversación trivial.

– ¿Cómo te fue en el concierto de Radiohead?

-Bien, estuvo chido.

¿Quién les abrió?

-Una mamada que se llama Krafwerk.

-¿Neta, Krafwerk, y no te latió?.

-No, para nada me latió, cuatro pendejos con sus laptops, me aburrieron un chingo.

Me quedé pensando en la decepción que significó para mi amigo rockero ver un performance de Krafwerk por primera vez en su vida. Para él fue algo muy lejano al rock, tan ambiental y programado e indigno de formar parte de un recital de rock, ser un preámbulo para Radiohead. Y es que la música de esta agrupación alemana no es como para hacer un aquelarre y para muchos puede resultar tan fría como una buena tarjeta de sonido que reproduce comandos entrelazados con loops y secuencias y emulaciones de piano o voces que suenan como si fuesen emitidas por robots antropomorfos. Entendí a mi amigo, porque tal vez el acto de Krafwerk y su discurso vanguardista pierden fuerza en una realidad como la de ahora, en la que estamos incrustados en la postmodernidad y es difícil sorprenderse con algo que hace cuarenta años significó la máxima innovación en la música y hoy es tan accesible como tener una compu, un software para mezclar y conocer de la psicología musical.

Hoy, en 2017, empachado de los smartphones y el desequilibrio mental de este presente, la obra de Kratfwerk se presenta como un relicto de una época más inocente y con oídos más receptivos a lo novedoso. En 1974 el año del debut de Autobahn, una parte de Europa, incluido el propio David Bowie, quedaron en shock después de escuchar un sonido proveniente del futuro, tal como si las máquinas se hubieran apoderado al fin de la humanidad para tomar control con su inteligencia artificial del planeta. El rock había tenido su génesis en los campos de algodón y gracias a la música campirana y al jazz; los Beatles abanderaron esa revolución orgánica durante mucho tiempo, hasta que la tecnología alemana al servicio de Ralf Hüter y Florian Schneider, proveyeron para conectar complejas interfaces a los primeros sintetizadores y un vocoder que deformaba la voz en un artificio. Eso y las urbes súper pobladas y el “triunfo” de la civilización, dieron origen a ese universo tan ramificado que conocemos hoy como música electrónica.

En Krafwerk permanecía ese elemento beatlemaniático de la melodía asequible, el arte pop y la corbata delgada que evita que se desborde la rebeldía en su totalidad. Sin embargo, la inspiración de los alemanes era tan distinta y tan lejana a los guitarrazos, que no buscaba llevarte a la catarsis y que al contrario, provocaba en sus primeros escuchas estados de trance preciosistas, así como si los ciborgs fueran finalmente cediendo ante los circuitos que se apoderan de sus venas y un micro procesador disparara la dopamina en lo que queda de su cerebro.

Kraftwerk

Usando a la ciencia ficción como si fuese una ventana hacia el futuro, quizás el panorama de las sociedades modernas siempre nos llevaba a pensar en la tecnología como un ente perceptible en las conciencias y los intereses humanos. Los robots al servicio de las ideas, un mundo utópico y ordenado, los replicantes siendo nuestros compañeros, la comodidad, el progreso, la corrección de todos los errores que cometimos en el pasado hasta llegar a la modernidad de la civilización humana. La música de Kraftwerk, junto con el cine y la literatura de ciencia ficción, de alguna forma nos condujeron mediante una píldora roja a este presente inundado de informática, redes de comunicación e inmediatez y a la escasez de sentido común que se transforma gradualmente en una distopía.

Ahora, después de darle vueltas y vueltas al asunto, a mi amigo le sigue pareciendo ridículo el acto de Kraftwerk y los intereses musicales de él tienen que ver mucho más con el rock; “We are the robots” le parece soporífera y hace poco volvimos a discutir sobre lo mismo –casi nos agarramos a chingadazos– porque yo he seguido porfiando durante años en comprender ese fenómeno que comenzó hace más de cuarenta años en un país lejano de Europa y cuya música es una experiencia similar a la de observar un mural rupestre que nos ayuda a comprender a la humanidad en su interés por innovar y modificar sus entornos gracias a la progresión de las máquinas.

No está demás mencionar que esa revolución impulsada por Krafwerk en los setenta fue la semilla del synth pop (algunos monstruos de los ochenta como Depeche mode, OMD, Gary Numan, Human League y otras muchas banda británicas, simplemente fueron instantáneos seguidores de la corriente iniciada en Düsseldfor, Alemania) pero también muchos punks adoptaron los sintetizadores como su renovado estandarte para crear híbridos como el postpunk y el dark wave. Los DJ’s del otro lado del charco, específicamente en ciudades como Detroit, Chicago y Nueva York, descubrieron y programaban a Kraftwerk en la misma rotación de música que se escuchaba a Parliament-Funkadelic o a Donna Summer. Muchos músicos negros prestaron atención a ese sonido, lo hicieron suyo, sentían una presencia de funk en él y lo reinterpretaron en sus tornamesas para hacer los primeros tracks de rap.

Tal vez el mundo no termine mañana, ni nos vayamos todos de un “plumazo” y se corrijan nuestros males en un nuevo orden mediante el avance tecnológico, sin embargo, es innegable que la mayoría estamos inmersos en un mundo virtual que se hace más grande y es cada vez más aterrador. Kraftwerk fue la primera banda sonora de toda esa confusión tecnológica. Y como se trata en el documental, su obra recobra fuerza por la claridad del mensaje, porque sus discos no caducan y han resistido a la llegada de la era digital. Kraftwerk pop art, es un material didáctico imperdible para cualquiera que se precie de ser melómano.

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