De la continuidad de las cosas

Avelino Sordo Vilchis

Hará cosa de un par de meses llegó a mis manos un ejemplar de la “edición especial” (así dice en la portada) de la Gaceta Municipal, dedicada a fray Antonio Alcalde, que en aquel momento quedó sepultada en un impreciso punto de mi escritorio. Días después lo reencontré y darle la primera (h)ojeada fue como aventurarme en el túnel del tiempo: de golpe me recordó cómo se hacían las revistas gubernamentales hace ¿más de treinta años?, parafraseando un clásico. En lo personal prefiero ubicarlo en algún punto de las décadas de los cuarenta y cincuenta del siglo pasado, durante los momentos más altos de la dictadura perfecta, cuando el PRI se encargaba —sin fisuras ni espacio para la duda— de mantenernos en la luminosa senda de la revolución retórica.

Y temprano madrugó la madrugada, como dijo Miguel Hernández: al llegar a la página 5 (erróneamente foliada como 3) nos topamos con la fotografía y el texto —compendio de los lugares comunes que se estilan en estos casos— del presidente municipal y, al cambiar de página, aparecen la foto y el “mensaje” de una regidora de la que hasta ese momento ignorábamos su existencia, rebosante de aportaciones entusiastas y cursis al ya de por sí colmado catálogo de obviedades. Se trata de los típicos textos de quienes nada tiene qué decir, pero que de todos modos lo dicen, pues se sienten dueños del balón, y parecen no darse cuenta que al momento de incluir sus piensos, convirtieron en basura la publicación, aún antes de que conociera los beneficios de la imprenta.

Haciendo a un lado su variopinto (en cuanto a temas y calidad) contenido, el continente resulta todo un tratado de lo que no se debe hacer editorialmente hablando. Algunos pequeños botones de muestra: la tipografía fue elegida como acatando las indicaciones de un manual de imagen publicitaria y no pensando que con ella se iba a componer material de lectura, para lo que no funciona por las características de su trazo, su legibilidad y su comportamiento al formar los párrafos. Tampoco supieron elegir tamaño e interlineado. Por otra parte, la imprimieron en un papel brilloso, como si buscaran hacer lo más incómoda posible su lectura. En suma, es claro que no se trata de un trabajo profesional, sino de uno hecho por algún proveedor a modo, como de costumbre.

La Gaceta Municipal dedicada a fray Antonio Alcalde, está hecha con la falta de rigor característico de los malos gobiernos, sin importar si son de hace tres, seis, nueve, doce o “más de treinta años”. Es un apresurado ¿homenaje? que busca, más que honrar o estudiar o comprender al personaje y su obra, salir del paso y sumar una actividad más al próximo informe, y fue tan desganado y gris, que ni siquiera alcanzó el calificativo de “cumplidor”. En suma, se trata de una actividad más que ostenta la denominación de origen de lo hecho por nuestros malos políticos: realizado con prisa, sin rigor, para atender a la coyuntura y sin mostrar un mínimo de respeto o curiosidad por el homenajeado o por los especialistas a los que se involucra en estos casos.

A Alcalde (y a muchos otros verdaderos y, por lo mismo, incómodos grandes hombres) los tapatíos le quedamos a deber. Y gacho. Le debemos, entre muchísimas cosas más, un buen libro (tanto de continente y como de contenido), que vaya más allá de las apresuradas compilaciones dictadas por la prisa, donde se refritean los textos de siempre, reproduciendo al infinito y más allá los mismos errores, omisiones y lugares comunes, cuando hay tantos errores, omisiones y lugares comunes por cometer. (Es lamentable, por ejemplo, que Alcalde no fuera atractivo para nuestros grandes muralistas que —parafraseando a Cardoza y Aragón— son tres: José, Clemente y Orozco, quien no trabajó el tema en ninguno de los cuatro murales que realizó en la ciudad. Y así.)

Y si bien en algún momento llegué a pensar que la “edición especial” de la Gaceta Municipal dedicada a fray Antonio Alcalde podría pasar como expresión de la impostada nostalgia del alfarismo que nos asegura que el secreto de la felicidad está en recuperar el paraíso perdido en la Guadalajara de hace “más de treinta años”, lo cierto es que se trata, más bien, de una contundente prueba de que tal nostalgia es un recurso publicitario más, y que, para desgracia de quienes habitamos esta parte del mundo, tenemos un gobierno de idéntica baja calidad que los que lo antecedieron, sin importar si fueron los de hace tres o seis o nueve o doce años o “más treinta años”…

Se llama continuidad y significa más de lo mismo.

Avelino Sordo Vilchis
Acerca de Avelino Sordo Vilchis 21 Artículos
Editor // promotor cultural // ex sibarita

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