La Democracia Perfecta

Democracia

| Por Roberto Castelán |

Iba a iniciar el mes de la patria del año 1999, cuando el escritor Mario Vargas Llosa temible crítico de las dictaduras latinoamericanas espetó, ante el asombro del poeta Octavio Paz y sus invitados: “México es la dictadura perfecta. La dictadura perfecta no es el comunismo. No es la URSS. No es Fidel Castro. La dictadura perfecta es México”. El silencio se hizo más profundo y el escritor invitado al Coloquio de Invierno organizado con la consigna de hablar mal de las terribles dictaduras de los países del este, continúo describiendo al mayor engaño político de Latinoamérica: una dictadura cuya perfección consistía en lo bien hecho de su disfraz de democracia.

No es la dictadura de un hombre sino la de un partido, los mecanismos de la democracia están al servicio de la continuidad de ese partido y así, poco a poco, con elocuencia, fue desprendiendo y exhibiendo ante el asombro del público cada una de las piezas de ese costoso disfraz.

Eran los lejanos tiempos de los hombres fuertes, el país aún vivía bajo la influencia de lo que Don Daniel Cosio Villegas llamó: “una Monarquía Absoluta Sexenal y Hereditaria por Línea Transversal”. Los triunfos electorales del partido en el poder, obtenidos con amplios márgenes porcentuales frente a sus competidores, no dejaban ninguna duda sobre las preferencias de los ciudadanos quienes asistían a las urnas henchidos de patriotismo a refrendar la continuidad de las promesas con las que México transitaba hacia el progreso.

El partido en el poder festejaba sus indiscutibles triunfos electorales por medio de grandes muestras de apoyo de los obreros, los campesinos y las clases populares quienes aprovechaban la menor oportunidad para ostentar en grandes mantas su agradecimiento al presidente, el guía sexenal encargado de mantener vigente los principios de la Monarquía Absoluta Sexenal.

Pero los tiempos cambian y hoy suenan extrañas y lejanas las palabras de Vargas Llosa, México no es más una dictadura perfecta, el país abandonó el monarquismo sexenal y entró de lleno a la época de las democracias. Lo hizo tan bien, con tal energía que ahora, a 18 años del Coloquio de Invierno, México se transformó en una Democracia Perfecta.

Atrás quedaron los tiempos del “carro completo”, que era como se le conocía a los abrumadores triunfos en todos los puestos de elección popular en los que contendían los candidatos del partido en el poder. Atrás quedaron los abultados porcentajes de sufragios requeridos para un triunfo contundente, atrás quedó la soberbia de los triunfadores y las vergonzosas muestras de agradecimiento de los electores.

En la Democracia Perfecta si el triunfo es contundente, los porcentajes elevados, la satisfacción del ganador se hace evidente y los electores muestran su agradecimiento, es porque el ciudadano sabe valorar las bondades de este sistema político y está dispuesto a defenderlo con su vida para que no regresen las oscuras épocas políticas de partido único y hombres providenciales sexenales.

Se equivocan quienes pregonan que la historia tiende a repetirse, ni en México, ni en Jalisco, ni en Guadalajara volveremos a subirnos al “carro completo”.

El paso está dado, sigamos construyendo la Democracia Perfecta.

Roberto CastelánRoberto Castelán Rueda
Profesor jubilado, doctor en historia y lector
de medios impresos a punto de extinción.

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