La (dis)continuidad de los parques

Avelino Sordo Vilchis

Pensé que había encontrado una buena metáfora para ilustrar la trascendencia de las estaciones de radio cultural: cómo es que una sola emisora, sin estridencias y con información y música de cierta calidad, enriquece exponencialmente un cuadrante congestionado de sitios donde los locutores estiman que mientras más griten más razón tienen; donde programan música —así le dicen— que es un insulto a los oídos y la mayor parte del tiempo transmiten anuncios que, majaderos, nos conminan a comprar cualquier porquería. Así que imaginé las estaciones de radio cultural cumpliendo una función similar a la de los parques: esos espacios que ofrecen al caminante un remanso de tranquilidad y frescor en medio del caos y el sofocón citadinos.

De momento la metáfora me pareció muy acertada. Incluso hasta hubo quienes la celebraron. Sin embargo, la realidad acostumbra acomodar las cosas en su sitio. Y es que la alegoría funciona sólo si la sociedad considera los parques como algo trascendental para su ciudad. Y ahí es donde la puerca torció el rabo, pues, si bien es cierto que la metáfora conecta perfectamente con la mentalidad de los habitantes de Berlín, Viena, Londres, París, Nueva York, San Francisco o quizá la texana Falfurrias —y en un descuido hasta Calcuta o Bagdad— es claro que en Guadalajara la conexión es poco menos que imposible: basta con observar el lugar que ocupan en su lista de prioridades los parques para percatarnos de ello.

Para nuestra clase política, los parques —en general los espacios públicos— son baldíos, espacios inútiles que están ahí nada más para ver qué genialidad se les ocurre. Por lo menos esa es la tendencia de las últimas tres o cuatro décadas. Y de nada sirve que desde hace mucho tiempo sea ampliamente conocido el déficit de áreas verdes de la zona metropolitana de Guadalajara (la OMS recomienda 9m3 por habitante y con trabajo completamos poco más de 2 y mal distribuidos), pues ningún gobierno —sea municipal, estatal o federal— de ningún color se ha planteado con un mínimo de seriedad un programa para reducir tan escandaloso déficit. (La última gran área verde incorporada a la ciudad fue el Parque Metropolitano, en 1993.)

Pero su omisión no se limita a negarle a la ciudad el indispensable incremento de sus áreas verdes, pues además no desperdician cualquier oportunidad para atentar contra las pocas que aún nos quedan. ¿Alguien recuerda —por ejemplo— los frondosos árboles que, junto al Cuitláhuac con dismetría de extremidades, habitaban en el parque frente el Expiatorio, sacrificados para dar paso a un estacionamiento? O, ya que estamos en los delirios de grandeza, ¿porqué autorizaron levantar los estrafalarios e inútiles muros que cambiaron radicalmente la fisonomía del Parque Revolución? ¿O porqué se les hizo tan fácil mutilar los parques Ávila Camacho y Metropolitano para construir futuros elefantes blancos con el pretexto de los Panamericanos?

Y no se trata de un problema que se pueda atribuir a algún partido político. No. En realidad el cáncer se extiende mucho más, tomando carácter de mal sistémico, que en realidad involucra a las élites del estado (políticas, empresariales, religiosas, sociales…). Y para muestra un par de botones: la amputación —a petición expresa— del parque de Huentitán para el insensato proyecto de museo Gugenheim-Sacaremos ese Buey de la Barranca. O la inaudita necedad de cercenar el Parque Alcalde para que en una zona donde la infraestructura urbana está colapsada, se construyera un acuario privado. Y encima tuvimos el ridículo espectáculo de los tricolores y los naranjas que, orgullosos, se disputaban el crédito de quién mutiló el parque.

Es tan consistente y sistemático el ataque a nuestras áreas verdes que sólo puede ser resultado de una política deliberada. Y para muestra tenemos el histórico Parque Morelos, al que continúan administrando la más cruel y lenta agonía, en aras de un malogrado proyecto; o el parque de Mexicaltzingo, condenado a un destino similar al del Expiatorio, o el patrimonial Jardín Botánico, al que pretenden adosarle un jacalón que ni siquiera es digno de un depósito de chatarra. Y no son los únicos casos. Así que, sin importar el costo, el gobierno que dice estar haciendo la «revolución» (Hugo Luna, dixit), parece buscar algo muy evidente:

Que su impronta quede, indeleble, en el proceso de degradación de Guadalajara.

Avelino Sordo Vilchis
Acerca de Avelino Sordo Vilchis 17 Artículos
Editor // promotor cultural // ex sibarita

2 Comments

  1. Basta conocer el Centro de Zacatecas para entender cabalmente lo patético que ha sido el papel de los gobiernos estatales y municipales en la conservación del patrimonio de Guadalajara. Comparado con el de Zacatecas, el Centro de Guadalajara parece el de Guamuchil, sin ánimo de ofender a la tierra de Pedrito Infante. ¿Pero qué tal la salud del negocio inmobiliario?

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