La fantástica historia de la misteriosa mujer que me heredó su closet

La imaginación llena siempre el espacio de la desinformación. Eso es lo que ocurrirá en las últimas líneas de esta narración. El único dato más o menos fiable aquí es que ocurrió de nuevo; después de casi ocho meses volví a toparme con la misma mujer, es decir con su indumentaria.

“¡Hay un costal de ropa de la que te gusta, si no vienes hoy lo tiro!”, es más o menos siempre la invitación de mi amiga Triz, la encargada del bazar. En esos casos dejo reuniones, compromisos y niños con calentura. Me llama la misma motivación que le movía los pies a Indiana Jones.

Mi respiración se torna rápida. Comienza a crujirme el cuello. Me mientan la madre los conductores que notan mi distracción en las avenidas.

En General son alarmas falsas. Compro dos o tres cosas para que Triz no me saque de su directorio y me reclamo por haber dejado al niño con calentura —es una metáfora—.

Triz me llamó hace dos semanas, peta vez era cierto. Sólo que a partir de aquí comienzan a alterarse la realidad y la imaginación.

Realidad: en abril de 2017 Triz me guardó un costal. Cuando lo abrí, respiré el olor del cedro. Lo que había adentro me hizo llorar. Era el closet de una mujer. En unos minutos vi cómo su cuerpo pasó de ser el de una delgadísima adolescente, en los años 50 del siglo XX, al de una mujer madura, ancha, en los años 80.

Entre esos dos periodos, su ropa de los años 70 era especialmente bella, porque iba del estilo hippie al glam exquisito.

Me medí todo ese decenio como embrujada. Parecía que yo había usado esas mismas prendas, en realidad confeccionadas cuando nací. Todas me quedaron pintadas.

Realidad: me quedé con un vestido hippie y decidí vender el resto: me arrepiento cada que se va algo de ese magnífico closet.

Plan con maña, tengo en la casa un vestido azul grisáceo estampado con aves del diseñador Jack Mulqueen, cuyo estudio, en la Séptima Avenida de Nueva York, fue muy famosa entre los años 70 y los 80 —por cierto, Mulqueen fue acusado de plagio—. El vestido se arrugó y me lo traje disque para plancharlo. No me he animado porque corro el riesgo de venderlo.

Hace unas semanas recibí la misma invitación que siempre hace Triz: que tiene un costal, que si no voy ahorita mismo mejor me olvide de él, que hay otra persona a la que puede llamar ahorita mismo… Nada se parece más al ofrecimiento de una noticia exclusiva.

Aquí comienza el plano de las suposiciones: se trata de la segunda parte del closet de aquella mujer. Tengo algunas sospechas, porque esta parte no huele a cedro, sino a 40 años de estar ahí.

Realidad: en esta parte del closet están las blusas de faldas que vendí, las faldas de blusas que ya no tengo. Hay un vestido rojo idéntico al que se quedó mi amiga Diana, dos o tres hippies, algunas piezas glam.

A la dueña original, la imagino como una señora que debió ser joven y hermosa en los años 70. De buen gusto. Consentida. Acumuladora; muchas de las ropas tienen etiqueta de nuevas. Por el cuidado que tienen, algunas personas no creen que sean vintage.

¿Quién era ella? ¿Tenía un almacén y un día lo cerró? ¿Dónde estuvo toda esta ropa tantos años? ¿Por qué me quedan como pintados los pantalones que debió usar cuando tenía justo mi edad? ¿Por qué me la heredó a mí? Le pedí a Triz que me pusiera el contacto con el hombre que llevó esa ropa y prometí llevar más, pero el hombre no ha vuelto.

Los psicoanalistas no creen en la casualidad. Yo tampoco. Creo que andaba buscando y encontré. Hallé la segunda parte de ese magnífico closet, para Volver Vintage. El próximo sábado 8 de diciembre, una parte de esta historia estará en la tercera edición del Vintage Ceremony.


Agradecemos a Volver vintage y memoria por compartir este contenido.

Vanesa Robles
Acerca de Vanesa Robles 26 Artículos
Soy Vanesa Robles // La casualidad me hizo nacer en Guadalajara, México // La vida me hizo periodista, y la elección me hizo pobre y feliz.

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