“La forma del agua”

La forma del agua

|Por Ernesto Diezmartínez|

Al inicio de La forma del agua (The Shape of Water, EU-Canadá, 2017), décimo largometraje del tapatío internacionalizado Guillermo del Toro, la voz en off narrativa nos menciona que la historia que a continuación veremos tiene como personaje central a una “princesa sin voz”, mientras la elegante cámara de Dan Laustsen navega -nada, más bien- por los pasillos y las habitaciones de un departamento inundado.
Por el tono con el que narrador inicia la historia, por la alusión a la tal “princesa sin voz” y porque se trata de una película no solo dirigida sino escrita por Guillermo del Toro, es obvio que estamos ante un cuento de hadas en el que hay, en efecto, una princesa, una historia de amor, un monstruo y hasta un secuestro, aunque todo esto no sucede ni está ordenado de una forma muy tradicional que digamos.

Baltimore, inicios de los años 60. Eliza (Sally Hawkins), una mujer solitaria, huérfana y muda que vive en un pequeño departamento arriba de un viejo cine sin clientes, se despierta todas las mañanas para bañarse, masturbarse y prepararse un huevo cocido que se comerá más tarde en la hora del almuerzo. Eliza trabaja limpiando los pisos, las paredes y los baños de un misterioso centro de investigación militar, en donde cierto día llega un “producto” harto valioso capturado en algún lugar del Amazonas: se trata, nada menos, de El monstruo de la Laguna Negra (Arnold, 1954) o, en todo caso, de un pariente muy cercano, pues la criatura no solo es idéntica a la del clásico fantástico y de horror sino que, incluso, hay algún diálogo en esta cinta que nos remite claramente al filme de los años 50.

Sin embargo, tratándose de Guillermo del Toro y de sus simpatías por los monstruos, ya sabemos que la criatura anfibia sin nombre (Doug Jones, ¿quién más?) no es ninguna amenaza, sino que el auténtico peligro es el agente de seguridad Strickland (Michael Shannon) que tortura por puro placer a ese ser “considerado un Dios”. Eliza, quien limpia el lugar donde guardan a la criatura, empieza a convivir con ella, le comparte sus huevos cocidos, baila mientras trapea el piso y hasta pone musiquita para levantar el ánimo. La bella y la bestia, dirá usted, aunque a decir verdad en esta historia de amor no hay bestia alguna, a no ser Strickland.

La forma del agua es la película más abiertamente romántica de Guillermo del Toro. Como nos advertía la voz en off narrativa inicial –del vecino gay de Eliza, el viejo dibujante desplazado Giles (Richard Jenkins)– el planteamiento es el de un elemental cuento de hadas. Sin embargo, del Toro y su actriz evitan toda cursilería disneyana: la “princesa sin voz” no es precisamente recatada –ya vimos lo que hace mientras está en la tina–, tampoco es modosita –se enfrenta desafiante a Strickland a través del lenguaje de señas– y su relación con la criatura no es de manita sudada sino completamente carnal –o acuática, pues.

Para ser francos, prefiero la oscuridad de las obras maestras El espinazo del diablo (2001) y El laberinto del Fauno (2006) y es cierto que hay algunos momentos de La forma del agua que parecen provenir del mero capricho del cineasta –esa imagen de la criatura escapándose al cine para ver alguna película bíblica– y que hay otras escenas demasiado obvias dramáticamente hablando, como cuando Giles cambia de parecer sobre ayudar o no a Eliza cuando su joven objeto del deseo no solamente lo rechaza, sino que muestra ser un tipo desagradable y racista.

Sin embargo, estas y otras objeciones terminaron diluyéndose no solo ante el poder de la imaginación visual del cineasta –apoyado por un impecable diseño de producción de Paul D. Austerberry en el cual domina el color verde del líquido en el que vive la criatura- sino, sobre todo, por los irresistibles arrebatos romántico–musicales que se permite del Toro por vez primera.

En especial, hay un momento en el que la película derrumbó todas mis defensas: cuando Eliza se imagina a sí misma y a su acuático enamorado en un escenario de algún clásico de Ginger y Fred (en concreto, Siga a la flota/Sandrich/1936),  radiantes, perfectos y sofisticados. Si no todos podemos ser Ginger ni Fred, todos merecemos soñarlo. Entiendo perfectamente a del Toro.

CinevértigoErnesto Diezmartínez
Crítico de cine de Reforma, Noroeste y otros
lugares más… Miembro de FIPRESCI

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