La generación del fracaso

Avelino Sordo Vilchis

Habrá quienes piensen que el ejercicio requeriría de un esfuerzo de memoria para establecer si antes las cosas sucedían de manera distinta, por lo menos lo suficiente como para evitar que nos acusaran de rendirnos ante el generalizador y facilón “todo tiempo pasado fue mejor”. Sin embargo, no hay necesidad, puesto que tenemos claro que desde el principio de los tiempos y en todos las épocas imaginables, lo que caracteriza a los políticos fue, es y será su desvergüenza y las excepciones —que las hay, aunque demasiado pocas— apenas sirven para confirmar la regla. Y es que, siguiendo a Enrique Santos Dicépolo, si bien el mundo fue, es y será una porquería, lo cierto es que en los años que corren, vivimos un despliege de maldad insolente, pocas veces antes visto.

Desde hace demasiados años el signo de nuestra clase gobernante es el fracaso. Nos hemos especializado en elegir vivales que en el discurso aseguran se esforzarán para que la gente viva mejor, que su meta es construir un mundo más habitable, pero que en los hechos solo demuestran que su talento y, lo principal, sus intenciones, son algo muy distinto: la distancia entre lo dicho y lo hecho es insalvable. La paradoja es que nuestra incipiente democracia le sirvió a esta generación para encumbrar a los peores, a los oportunistas, a los inmorales. Así, el concepto democracia para ellos se reduce a la acumulación de promesas que no es necesario cumplir, pues prometer no es empeñar la palabra, sino una herramienta más para hacerse del poder. Lo demás no importa.

Han pasado ya bastantes años desde que nuestras élites no resuelven algún problema importante. Y peor aún: en su torpe andar van creando nuevos y más complejos, así que llevamos lustros instalados en la paradoja de que los encargados de resolver los problemas —a quienes pagamos para que lo hagan— se especializan en crearlos. Porque para ellos solo es cuestión de escalar y sobrevivir; de no tocar intereses ni hacer olas; de complacer a quienes los pueden ayudar a seguir escalando y sobreviviendo. ¿Y los ciudadanos y sus problemas? Que se jodan. Así, lo que prevalece son las ocurrencias, los temas de moda tratados por encimita para aparentar que trabajan. Y que la maquinaria siga funcionando, pues —de nuevo Discépolo— el que no roba es un gil.

El color perdió por completo su importancia: ahora nos venden a los políticos no por sus principios (fue así que el clásico grouchazo “si no le gustan estos, tengo otros”, pasó a engrosar las filas del más chato costumbrismo) o ideología, sino con argumentos (de alguna manera debemos llamarlos) tales como que se trata de alguien que garantiza la eficiencia al gobernar. ¡Carajo! si precisamente ese es el problema: su absoluta y demostradísima ineficiencia. Y en cuanto a niveles, resulta que hoy en día se encuentran enquistados en todas partes y acaparan desde los más modestos cargos municipales, hasta los más altos del gobierno federal, y, además, avanzan inexorablemente llenando todos los espacios, al tiempo que desplazan a quienes no responden a su lógica, a sus intereses.

Las obras mayores, aquellas que significan un gran esfuerzo social y financiero, en el discurso se emprenden para resolver alguno de nuestros grandes problemas, pero en realidad son expresión de alguna ocurrencia, cuya verdadera intención queda oculta bajo una gruesa capa de razones sociales y técnicas. Obras como la presa El Zapotillo —que entre otras cosas implica la aniquilación de tres pueblos— o la línea tres del tren ligero —el más grande (e irreversible) atentado urbano en la historia de Guadalajara— fueron impuestas a rajatabla por funcionarios federales —cual tlatoanis aztecas— a unos gobiernos locales sumisos, complacientes y hasta agradecidos, aún cuando no exista la mínima garantía de que resolverán el problema que se supone deben resolver.

En la primera, a estas alturas el argumento más sólido que ofrecen los tlatoanis y su séquito para refutar los múltiples y atendibles cuestionamientos, se reduce a la cantidad de recursos ya gastados en el esperpento, más que a verdaderas razones técnicas. Similar es el caso de la villa panamericana, obra que sin hipérbole equivale a instalar el escusado exactamente encima del (y conectado al) aljibe. O también están las obras hijas de la corrección política y la moda: las ciclopistas, que después de una febril actividad de varios años y millones de pesos, resultó que ninguna se conecta con la otra, creando infinidad de rutas inconexas por diferentes rumbos de la ciudad.

Estas cosas ocurren gracias a la generación del fracaso.

Avelino Sordo Vilchis
Acerca de Avelino Sordo Vilchis 17 Artículos
Editor // promotor cultural // ex sibarita

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