La gravedad dejó a Don Memo sin poder caminar

|Por Mauricio Ferrer|

Todos los viernes, don Memo, ya entrado en los 70, cargaba con una bolsa llena de cacahuates y chicharrones, que había comprado en un tianguis de la cabecera municipal de Zapopan.

“¿Gusta unos cacahuates, unos chicharrones?”, preguntaba el hombre de piel oscura, bigote negro tupido, una sonrisa honesta, y una amabilidad única y especial, a todo el que pasara cerca de su escritorio.

“Ándele, están recién saliditos”. Uno respondía que no que muchas gracias, sólo por falsa cortesía, porque al final te rendías ante esa botana. Los chicharrones de don Memo eran los mejores de la comarca. Sabrosos, y con la Valentina que sacaba de su cajón, eran un  manjar porcino.

A veces compraba birote. Y lo mismo: lo compartía con quien se le cruzara. Qué bárbaro: una delicia ese pan que, según la historia, fue creado por una familia francesa de apellido Birrott, en el tiempo que Maximiliano. Don Memo era el emperador del birote del rumbo; un pan cuyo sabor radicaba sólo en el calor de su interior. Al abrirlo, humeaba; un vapor que emite la salida reciente del horno de la panadería, una que sólo él conocía y que nunca compartió la ubicación (al menos conmigo).

Don Memo siempre usaba una tejana. Nunca, pero nunca se la quitaba; iba al baño con ella, bien puesta en su cabeza. Apenas una vez lo vi sin aquel accesorio tipo vaquero. Tenía poco cabello, negro como la obsidiana.

Me daba ternura. Me recordaba a mi abuelo paterno, José, un campesino que araba la tierra de su rancho en Comalcalco, en Tabasco, y al que se le pegaban al antebrazo, como becerro a la vaca, decenas de mosquitos, a los cuales espantaba con mover el brazo.

“Pues me quedé sin mover como…”, ya no recuerdo cuántos años me dijo. Cuando me contó la historia me carcajeaba. Él ya se reía de ese episodio de su vida.

La cosa estuvo así: don Memo era un jovenzuelo; ya tenía un montón de hijos. Llegó por la noche a su casa; una jornada de trabajo larga y dura. Se quitó los zapatos y, con todo y la ropa de la chamba, se acostó sobre la cama, en una posición algo incómoda, pero satisfactoria para él: la cabeza le colgaba de aquel lecho.

Pasaron las horas de sueño. Cuando la luz del sol se metió por su ventana, su esposa fue a despertarlo. “Dale Memo, que tienes que ir a trabajar”, le dijo, y ella se fue a despedir a los hijos que salían de casa rumbo a la escuela.

Memo abrió los ojos. Quiso levantarse. Su cuerpo era pesado y no pudo moverlo. Quiso gritar, tampoco. Su lengua se trababa y las palabras no le salían de la boca. Su mujer llegó de nuevo al cuarto e insistió a que saliera de la casa. “¡Un médico!”, fue lo único que él pudo decir.

Para no hacerla larga, de aquel sueño profundo, Memo despertó en una pesadilla: un coágulo provocado por la gravedad. La sangre irrigada a su cabeza, colgante durante ocho horas de placer en la cama, se la cobró. Memo ya no hablaba, ya no caminaba a raíz de eso.

Los médicos no le pronosticaron buen futuro. Pero él dijo, “ni madres”. Comenzó con la rehabilitación. Al año ya caminaba, quizá no al 100 por ciento. También ya articulaba algunas palabras y frases. Durante ese tiempo, la esposa lo cuidaba como a otro hijo, y se hacía cargo de los gastos caseros.

–Ya cuando me sentí mejor, dije, ya vuelvo a trabajar, ya no voy con los doctores- me dijo

–¿Por qué? Todavía no estabas bien- le comenté.

–N’ombre, mientras estaba así, uno de los doctores empezó a coquetearle a mi esposa. Le decía que yo no iba a quedar bien, que pensara mejor en alguien más. Dije, no ni madres, y me fui a trabajar y a estar con ella– comentó.

Yo me imaginaba toda la historia y reía, y al mismo tiempo, pensaba sobre la mala suerte de don Memo. Él, por supuesto, ya se tomaba todo a broma de aquel suceso ocurrido hacía más de 40 años. Desde entonces, cuando duermo, procuro que mi cabeza esté bien puesta en la almohada.

Don Memo se jubiló hace unos días. Se despidió de cada uno de sus compañeros de trabajo con una sonrisa viva. Me agradeció, pero en realidad yo le agradezco más, el que me hubiera compartido sus anécdotas y su profesionalismo durante casi dos años.

Ya en la comodidad de su casa, don Memo sigue levantándose muy temprano.

“Buenos días a todos, que tengan buen día”, saluda en el grupo de whatsapp del trabajo.

Todos le contestamos.

“Buenos días don Memo, muchas gracias”.

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