La historia de unos patines accidentados

Los primeros y únicos patines que tuve en la vida son producto de dos accidentes.

El primero ocurrió el 15 de agosto de 1981. Una volcadura de coche provocó que mi madre perdiera, para siempre, la movilidad de gran parte de su cuerpo y al principio permaneciera en un hospital durante casi medio año.

Este hecho me dio la libertad de hacer cosas que los niños de mi edad no hacían —tenía ocho años—. Por ejemplo, podía ir a la escuela caminando sola, volver a la hora que quisiera y pasar tardes y tardes en la casa de unos amigos, usando sus patines, pues yo no tenía unos.

Qué curioso, mi mamá pensaba que uno tenía grandes probabilidades de quedarse cuadripléjico con una caída de patines. Su cuadriplejia me enseñó que no es para tanto.

La historia es que, como en aquel momento yo era mi propia madre, me sentí fascinada por los patines ajenos. Le pasó igual a mi hermana Iliana.

Todos los días, al salir de la escuela, visitábamos a nuestros amigos Horacio, Azucena y Alba y cada una usaba un solo patín. Sólo uno, pues nomás había un par disponible. Cuando caía la noche regresábamos a casa, hablando de patines y al siguiente día volvíamos a visitar a nuestros amigos Horacio, Azucena y Alba, donde volvíamos a calzarnos un solo patín, sólo uno…

Nuestro deseo de Navidad de 1981 fue predecible. El 25 de diciembre nos levantamos felices, seguras de lo encontraríamos al pie del árbol. Pero no. Nadie nos había comprado unos patines: mi padre estaba en crisis, igual que el resto del país y empobrecido por la situación de salud de mi madre.

La situación coincidió con que las visitas diarias a la casa de nuestros amigos rindieron frutos: dejamos de ser bienvenidas. En síntesis, nos quedamos sin amigos, sin sus patines y sin unos propios.

Pero éramos niñas muy independientes, muy pronto en nuestras vida y pronto hallamos una solución: el talco. Cada tarde derramábamos talco en el piso de nuestra habitación, nos poníamos unos calcetines y trasformábamos el espacio en una pista de patinaje.

Para entonces mi madre había vuelto a casa, pero nosotras ya estábamos empoderadas. Nos importaba bien poco su miedo a nuestro deseo de patinar.

Los fines de semana siempre estábamos cansadas. No dije que además de ser niñas independientes éramos niñas amas de casa. Pero mis padres, de origen campesino, no comprendían, y siguen igual, el concepto de descanso. Cada domingo, muy temprano, mi padre llegaba a la cama y nos jalaba con suavidad de los pies, para arrancarnos del sueño. Nosotras jugábamos a asirnos de los barrotes de la cabecera y él a deslizarnos hacia el lado contrario.

Así ocurrió el segundo accidente. No recuerdo la fecha exacta, pero fue a principios de 1982. Mi padre se fue de espaldas en un piso resbalosísimo, al que la noche anterior habíamos hecho una pista de patinaje, con mucho, mucho, mucho talco.

Recuerdo que desde el piso mi progenitor se enojó y maldijo, con su frase preferida ¡Con ochenta mil chingadas!

Al día siguiente nos subió en el coche y nos llevó a comprar unos patines a un almacén llamado Blanco, que ya no existe. Estaba en la calzada Independencia y Herrera y Cairo, en el centro de Guadalajara. Recuerdo clarito haber visto lo patines, en un contenedor de la entrada de la gran tienda. Y recuerdo la frase histórica de mi padre: “Agarren unos grandes, porque no les voy a comprar otros en su chingada vida”.

A los nueve de edad, yo me compré unos del número 25 y mi hermana Iliana, un año menos que yo, agarró unos del 24. Quizás pensó que toda vida sería una talla más pequeña que yo, pero falló en el cálculo, pues es del 26.

Los míos me quedan todavía. Tienen cuatro ruedas y una forma estilo zapatos deportivos de bota. Son azul rey, con tres franjas en ambos costados —amarilla, naranja y roja, de adelante hacia atrás—. Bellísimos. Tienen los bordes y las cintas originales rojas. Sus llantas son amarillas y el del pie derecho todavía tiene su freno, amarillo.

Creo que los patines de mi hermana Iliana tenían otros colores. Se perdieron en las prestadas.

Mis patines, en cambio, pasaron por mis pies; los de mis prima Grisel, los de mi hermana Edna, y los de mis primos Érick y Yara, a quien le llevo unos ocho años. Nadie se quedó cuadripléjico por usarlos.

Aunque hace un cuarto de siglo que no me los pongo, siguen a mi lado. Para que me crean voy a exhibirlos en Volver Vintage. No los vendo: sería como vender mis recuerdos, que tienen infancia, pobreza y bonanza.


Agradecemos a Volver vintage y memoria por compartir este contenido.

Vanesa Robles
Acerca de Vanesa Robles 27 Artículos
Soy Vanesa Robles // La casualidad me hizo nacer en Guadalajara, México // La vida me hizo periodista, y la elección me hizo pobre y feliz.

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