La moda de los festivales

Están de moda los festivales musicales grandotes, masivos. Este 2017 la lista es larga en México: el Vive Latino, el Ceremonia, el Vaivén, el Roxy, el Anagrama, el Machaca, el Revolution, el Corona, el Pal Norte, el Coordenada, más los que se acumulen en los siguientes cinco minutos. Son oportunidades para ver y escuchar a buenos músicos, a otros que nomás son exitosos y a algunos que tratan de abrirse brecha y aprovechar el escaparate de estar juntos pero no revueltos con los consagrados. Hay de todo, pues en cada uno el cartel -o line up, como se suele decir- es muy amplio. O sea que para ver al artista que más nos interesa -el “headliner”, como también se usa definirlo- tenemos que escuchar, y a veces “soportar”, a muchos otros por quienes no pagaríamos la entrada. En los festivales, además, hay que lidiar con ciertas incomodidades: largas filas para conseguir una cerveza tibia o para desaguarla, el polvo que se nos mete por ojos y nariz (he escuchado al respecto historias espeluznantes de aquel concierto de Björk hace unos años cerca de Guadalajara), la escasez de lugar donde sentarse, el precio de los pocos “alimentos” que se expenden, en fin.

Se supone que quien asiste a uno de esos largos festivales no solamente va a escuchar música sino a participar de una “experiencia” más amplia: ver amigos, cotorrear con ellos, comer y beber, caminar de un escenario a otro, comprar alguna camiseta o algo más del “merchandaising”, etc.

No niego que haya ingredientes que hacen muy atractivos los festivales, pero creo que ya quedó claro que no soy fan de ellos, acaso por un asunto generacional. Y si bien en alguna época de mi vida hasta intenté asistir al de Avándaro, me emocioné con el de Woodstock y he visto videos de Glastonburry pensando “qué ganas de haber estado ahí”, la verdad es que hoy prefiero ir a un teatro a ver solamente al artista que me interesa en la comodidad de una butaca.

Pero hay otros temas que me inquietan al respecto: parecería que ahora los festivales son la única posibilidad para ver a un artista que nos interesa. En otro tipo de foros son cada vez más escasas esas oportunidades, además de que los precios suelen ser altos. Algunos comentaristas han referido recientemente su preocupación por los foros chicos y medianos, pues la gente cada vez está menos dispuesta a asistir a ellos y pagar por ver a un solo artista (a menos de que se trate de algún fenómeno mediático de venta asegurada). Se ha sabido de varios conciertos que se cancelan porque la venta no iba bien y la empresa decidió no arriesgarse. Y aunque hay casos exitosos en Guadalajara como el del Teatro Diana o el Auditorio Telmex (que, hay que decirlo, basan buena parte de su éxito en la programación de artistas consagrados y de éxito comercial asegurado), también hay otros como el Palcco que no logran convocar suficiente público para sus conciertos. Y foros más pequeños de la ciudad como Palíndromo, Vivian Bluementhal, Independencia o C3 a veces batallan para llevar suficiente público a sus espectáculos.

Estos temas parecen pertinentes sobre todo ahora que se anuncia la inminente inauguración del nuevo Conjunto de Artes Escénicas de la UdeG, donde se plantea la apertura de “una gran sala de conciertos para ópera y ballet, otras dos salas de música y otros tres teatros más”, entre otras promesas.

¿Cuál es el futuro de los foros medianos y pequeños que me parecen esenciales para el desarrollo de los artistas y su contacto más cercano con el público? No lo sé, parece claro que muchos factores, entre ellos el de los festivales masivos, están generando un cambio en el modo en que las nuevas generaciones se acercan a la música, la escuchan y la consumen.

¿Será que el fenómeno de los festivalotes llegó para quedarse?

Alfredo Sánchez
Acerca de Alfredo Sánchez 50 Artículos
Músico // periodista // hombre de la radio

Escribe el primer comentario

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*