La muerte del periodista

Me educaron para asumir que voy a morir en la línea. Me hicieron creer que descansar es de poco honor, porque para ganar más hay que ser media canalla. Media canalla por lo menos. Me hice periodista en los años 90 del siglo pasado, en el diario Siglo 21.

Amigos, parejas, parientes y psicólogos intentaron persuadirme de que en la vida hay otras opciones, además de la manía de andar mirando a los otros, preguntándoles, leyendo. Intentando entender. Muriendo en la línea.

Narré el caso de la monja que le hace pensar a su rebaño que está enfermo de sida. Cuando nadie sabía, crucé la frontera Sur de México en una balsa y los traficantes de personas me apedrearon. En un hotel de la 5 de Febrero vi a una madre amamantar a su bebé, mientras olfateaba pegamento. Me separé del amor de la juventud. Presentí que el agua pútrida del canal del Ahogado se desbordaría sobre las casas cercanas. Conocí el aliento de los maras, mientras me susurraban que iban violarme, en una prisión de Tapachula. Me paralicé de miedo en Ciudad Juárez, donde comenzó la epidemia nacional de asesinatos de mujeres. Me separé de otra pareja. Comí con las presas de Puente Grande. Lloré el gas lacrimógeno el 28 de mayo. Jugué futbol con unos niños que vivían en un hueco del túnel subterráneo de la avenida Hidalgo. Sentí que me ahogaba mientras escuché a los padres de los jóvenes asesinados en Lagos de Moreno.

Quería morir en la línea mientras –pensé– hacía una pequeñísimo hoyo. Soñaba que en muchos años, el hoyo sería el principio de una grieta que comenzaría a mover una pared.

Perdí mi trabajo y entendí que empleo fijo empezó a sonar rancio.

Una pluma saca a otra pluma.

Nunca tuve más dinero para llegar a una monja, cruzar la frontera, escribir sobre una madre de 15 años que amamanta su bebé mientras huele pegamento, recorrer la Cuenca del Ahogado durante semanas, enfrentar a un mara. Ir a Juárez o a cualquier otra.

No es que antes hubiese tenido miles, de pesos, no. Muchos de esos viajes los pagábamos entre mi gran amigo Mario Mercuri y yo. Sabíamos que, por lo menos, de regreso nos esperaría una quincena medio raquítica. Se acabó.

Ya no estoy de acuerdo con mi amigo Pedro Mellado, uno de los periodistas más generosos y honestos que conozco. Un hombre incorruptible, que cree que debemos morir en la línea. ¿Morir para qué? ¿En manos de quién?

Los periodistas muertos no escriben. Los periodistas pobres no siempre pueden ser independientes.

Como van las cosas, en Guadalajara –a diferencia de otras ciudades del país donde las balas mandan—, es probable de los periodistas mueran en la línea, incluso aunque no mueran. Una gran parte de ellos carece de seguridad social: no tiene derecho a enfermarse ni a una casa ni a una pensión ni a que sus hijos tengan derechos. Sus jornadas de trabajo pueden extenderse 10 horas, o más. Sus semanas no son inglesas. Sus sueldos son débiles y fallecen los días de descanso.

Morirán. No los asesinarán como asesinaron el lunes el sinaloense Javier Valdez. La enfermedad de los periodistas vivos es lenta y contagiosa. Silencio: así se llama. Hay una pequeña grieta que lo puede romper.

Vanesa Robles
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Soy Vanesa Robles // La casualidad me hizo nacer en Guadalajara, México // La vida me hizo periodista, y la elección me hizo pobre y feliz.

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