La pasión como combustible

Ya fuera como narradora, guionista o directora de cine, la escritora francesa Marguerite Duras (1914-1996) –que nació en Indochina (hoy Vietnam) y cuyo verdadero nombre fue Marguerite Germaine Marie Donnadieu– gozó hacia el fin de sus días una fama renovada gracias al éxito de sus últimas novelas y las películas que en ellas se basaron, pero para quienes conocen algo de su larga vida queda claro que se trata de una figura emblemática del pasado siglo y sus visibles conflictos, aunque también un ser humano excepcional que enfrentó numerosas vicisitudes y alegrías en lo personal, una existencia cargada de sucesos con los que nutrió su vasta obra.

Por todo lo anterior, no es extraño que –a pesar de llegar a mis manos con años de retraso– una biografía novelada como Marguerite: intensidad y dolor de una vida (Lumen, 2014), escrita por la mexicana Sofía G. Buzali, me resulte atrayente y, asimismo, un ejemplo de cómo una exploración sobre la vida de una persona puede convertirse en una solvente pieza de ficción en la que conviven de manera acertada los datos historiográficos con la búsqueda expresiva del recuerdo, el dolor y la desesperación ante la enfermedad y la muerte.

La de Buzali no debió ser empresa fácil, se comprende, pero eligió una estructura inteligente (sin ser original) para la temporalidad de los hechos en la novela: dos voces narrativas diferenciadas –incluso en la tipografía– que corresponden, la primera, a lo que ocurre en el presente y es relatado en una tercera persona sin temor de ahondar en lo emocional; y una segunda, la voz de la propia escritora de cara a su situación y el embate de la memoria (en su caso, repleta de tensión, sinsabores y dicha, tanto en lo familiar como en su vida amorosa o profesional).

Esquemáticamente, el libro comienza con el confinamiento de Duras en un hospital tras una congestión alcohólica tras la que decide dejar la bebida; en ese trance y los subsiguientes, la acompañará Yann, el último de sus amantes, quien era 38 años menor que la escritora y se hace cargo de seguir su tratamiento, ayudarle en el trabajo y convertirse en el oído generoso donde resuenen las historias que dan cuenta del complejo (y poblado) pasado de la autora de El amante de China del norte (esto es, la segunda voz en esta novela biográfica).

Una virtud más; como cabría esperar, Buzali se sirve de aquello que puede proporcionar la propia obra de Marguerite Duras, lo cual indica simplemente con comillas (lo advierte al principio del libro) y, creo, con eso basta, porque de lo que se trata es de contar con eficacia y no hacer del oficio un espejo de fanfarronería. Cuántas veces los escritores, por temores de índole legal o un afán desmedido de dejar en claro lo inteligentes que son, acaban malogrando sus proyectos narrativos (no académicos, ojo) con excesivas y sesudas notas cuya aportación es nula y, encima, aburrida.

Así, en las páginas de Marguerite: intensidad y dolor de una vida podemos atestiguar la complicada infancia de Duras en Indochina, educación formal, el descubrimiento del placer y el erotismo, su incursión –ya en París– en el partido comunista, la vida durante la ocupación alemana y la posguerra (donde, al par de sus amores primordiales –Robert Antelme, Dionys Mascolo y Gérard Jarlot– podremos “ver” a gente como François Mitterrand, Edgar Morin, Jorge Semprún, Edith Piaf, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Albert Camus, Marguerite Yourcenar o Jacques Lacan), su gozoso y perjudicial idilio con el sexo y el alcohol, lo mismo que su consagración como figura literaria y de la cinematografía.

Puede decirse que Buzali ha tomado un referente propicio, pocas vidas merecen una atención minuciosa que conduzca nuestro interés por una larga sucesión de anécdotas, eventos de lo cotidiano que marcan el futuro gracias a su dureza; por ello, la Marguerite Duras que dibuja la autora resulta entrañable y nos obliga a reparar en el sufrimiento y la felicidad como polos resultantes de una pesquisa tan imposible como deseable: vivir a tope, con la pasión como combustible.

Finalmente, si los hechos de una vida sustentan el testimonio principal en esta novela, no es menos cierto que la ficción nos acerca a la experiencia del dolor y la extrañeza que demandan un compromiso sensitivo para con el amor (esa mala palabra), las efímeras dichas y la cercanía de un final inminente que nos hace voltear hacia atrás y temer, en más de una ocasión, por una traición de la memoria que resulte injusta. Las páginas de esta novela (muy breve pero también dura y terrible) nos recorren como una corriente de agua contaminada que, a fin de cuentas, purifica.

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