La pobreza normalizada

Pobreza

|Por Paul Alcántar|

Hemos naturalizado a la pobreza. La hemos hecho parte de nuestra cotidianeidad. La avalamos con nuestro lenguaje y como tal ya es parte de nuestra cultura. Es “normal” que existan pobres y que éstos sean el cimiento social. La tenemos tan presente que pasa a través de nuestras miradas: hace mucho que ya no nos fijamos en ella.

Medirla ha sido la constante para justificarla, como si esa fuera la herramienta plausible para liquidarla. La tenemos tan clara en las cifras que éstas son frías y ajenas. Hay muchos pobres y oscilan entre 60 y 70 millones; que las cifras del INEGI son crudas y que el CONEVAL en sus recientes informes ha marcado que la movilidad social para salir de ella no existe. Cifras que ya no nos dicen nada.

La pobreza, pues, desde el enfoque que se mide ha quedado a deber. No ha existido la voluntad para erradicarla, mucho menos para disminuirla gradualmente. Llevamos más de tres décadas analizándola y hemos otorgado la responsabilidad a los economistas y más puros defensores liberales que no sólo ven a las variables financieras como la solución, sino que han reforzado recetas que sí ayudan a la acumulación de la riqueza en élites bien establecidas, dejando de lado la distribución de la misma.

No hay hilo negro qué encontrar. Se sabe de dónde cojean los sistemas económicos. El problema con nuestro país es que quienes toman decisiones no necesariamente colocan el interés común por delante.

Así lo dicen las cifras que Oxfam ha publicado en su informe 2017 sobre las desigualdades en México. Son categóricas. Nuestro país es tan desigual que tenemos a los hombres más ricos de la región en el mismo territorio donde viven 50 millones de pobres. El modelo económico mexicano es tan desigual que los más ricos ganaron 116 mil millones de dólares tan sólo el año pasado. Pero el dato lapidador: 10 mexicanos acumulan lo que el 50% de los más pobres, también connacionales. ¿Cuánto dinero es? No lo puedo imaginar.

Claro que hay responsables y no es el “mercado” el que dictamina sus propias “leyes”. Son decisiones de funcionarios coludidos con intereses claros que no rinden cuentas y que mucho menos asumen un costo público. Los hemos visto pasar, lo mismo han sido secretarios de Estado y después consultores de grandes trasnacionales a los que asesoran para que encuentren esas “fallas del mercado” que colocan el costo a las finanzas públicas  en beneficio de los grandes capitales. Por eso son grandes capitales: porque tienen grandes recursos económicos pero también políticos que amordazan para que las reglas no cambien.

Tiene que ver con políticas públicas que dictaminan organismos y dependencias gubernamentales que han sido controladas por las escuelas de economía más conservadoras y del establishment neoliberal más recalcitrante de los Estados Unidos, pero con un adicional: todo se maneja para beneficiar a los mismos de siempre, sin tocar privilegios y que sea el Estado el que administre las consecuencias fatales.

¿A cuántos secretarios de Hacienda hemos puesto a disposición en los últimos 30 años para cuestionarles qué han hecho con la pobreza y la distribución del dinero público? ¿A cuántos gobernadores del Banco de México hemos llamado a rendir cuentas para que nos explique por qué nuestro país sigue estancado?

No es casualidad que esta visión del capitalismo de compadres, como bien lo define el Nobel de Economía, Gary Becker, forme parte de una política ya instalada en quienes toman decisiones; que la llamada tecnocracia mantiene el control de los mecanismos  para beneficiar a las mismas empresas, para cobrar menos impuestos a los más privilegiados y a que la brecha entre ricos y pobres sea cada vez más amplio.

Por eso es que la lógica de acabar con la pobreza y de acordarse de ella cuando hay coyunturas electorales como ahora no acaba de convencer. Oxfam México ha dado informes concretos de cómo desde la responsabilidad del Estado las desigualdades pueden reducirse con políticas específicas y no con ocurrencias.

Paul AlcántarPaul Alcántar

Hago análisis. Toma la ciudad. Michoacano en Guadalajara.

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