“Es la política, estúpido…”

'Políticos en el salón fumador'. Litografía de G. Pipeshank, 1884. Wellcome Library, Londres.

| Por Roberto Castelán |

La única forma de construir y sostener una democracia es por medio de la política. Cuando su ejercicio se pierde, se pospone o se abandona, se deja libre el camino a formas totalitarias de gobierno dispuestas a destruir o apropiarse, para el caso es lo mismo, de todo el andamiaje institucional sobre el que está sostenida la vida democrática de un país.

En México, la estructura democrática es muy endeble y el ejercicio de la política se dejó en manos de grupos que la transformó en un juego de intereses de poder ajeno por completo a las necesidades de los ciudadanos. Los llamados partidos políticos dejaron de hacer política para dedicarse a repartir, cuidar y explotar espacios de poder institucional, reduciendo el espacio de la ciudadanía a un sencillo esquema de administración de sus necesidades elementales.

Al ciudadano le arrebataron su capacidad de hacer política y lo enfrentaron a oficinas de gestores profesionales de sus necesidades obligándolo a pagar cuotas enormes por sus servicios. Lo que los grupos de poder llaman quehacer político o contiendas políticas, no es otra cosa más que enfrentamientos comerciales programados entre gestores para apropiarse de mercados y clientes con una oferta de servicios que nunca van a cumplir.

La política se convirtió en mercadotecnia. Las ciudades no se gobiernan, se administran. Los políticos no ofrecen principios ni programas políticos, sino una imagen que vende. La función pública perdió su característica de servicio y se convirtió en un lucrativo negocio. Al ciudadano no se le sirve, con él se negocia y los negocios siempre son redituables para quien los hace.

Los políticos son burócratas o empresarios incapaces de hacer política. Reducen el liderazgo social a la gestión de escritorio o a la administración de bienes o intereses particulares. Rehuyen la lucha política, la confrontación de ideas y programas reduciendo el campo de lo político a acuerdos entre grupos, negociaciones debajo de la mesa y pactos electorales. Todo ello a espaldas o encima de los ciudadanos y sus necesidades e intereses.

El ciudadano que reclama se vuelve peligroso. Las reivindicaciones sociales no se atienden, se someten y a su sometimiento le llaman triunfos políticos. Desconocen a su electorado pero le crean necesidades y luego se ofrecen a resolverlas.

Por eso, frente a una crisis profunda el ciudadano rechaza a sus políticos. Los conoce y sabe que son incapaces de enfrentar las circunstancias de la crisis. No se dejan organizar por ellos. No aceptan su liderazgo. Saben que los políticos no son líderes, son burócratas, empresarios o sinverguenzas siempre pertrechados tras un escritorio, pero no líderes sociales. En periodos electorales los ven salir de sus oficinas y recorrer las calles rodeados de asistentes vendiéndose como productos milagrosos cuya fecha de caducidad está marcada el día después de la jornada electoral y por ello saben que una sociedad en crisis no puede confiar, no puede ponerse en las manos de sus vendedores de ilusiones.

Los ciudadanos le perdieron la confianza a los políticos, a la política y eso es muy grave para la democracia. Los políticos se convirtieron en los principales enemigos de la democracia. Los ciudadanos están obligados a hacer política para protegerla.

 

Roberto Castelán Rueda
Profesor jubilado, doctor en historia y lector
de medios impresos a punto de extinción.

Escribe el primer comentario

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*