De la soledad de las palabras

| Por Roberto Estrada |

Este 23 de abril se festeja nuevamente el Día Mundial de Libro, y en nuestra ciudad como en otros lugares, se llevan a cabo lecturas públicas y multitudinarias en voz alta de algún autor, para reconocer la importancia de algunos escritores, pero sobre todo para aparentemente fomentar que haya cada vez más lectores en la población. Pero es de dudar que este ejercicio realmente sirva para tan loables fines, ya que las cifras oficiales sobre los bajos niveles de lectura en el país no mienten.

En muchas ocasiones me tocó acudir a esas lecturas de ágora –ya fuera como reportero o como simple espectador– y si hay algo que caracteriza a quienes acuden ahí, es que simplemente van a pasar el rato solos o con sus amigos, a tomarse una foto, a recibir un regalo por participar leyendo, o peor aún, en el caso de los funcionarios o figuras públicas, a cumplir con un acto protocolario que les dé puntos mediáticamente hablando. Y todo ello son acciones de relumbrón y políticamente correctas –tan sobrevaluado por cierto esto último–, que hacen a quienes asisten, verse y verse bien ante los demás, pero nada más. La pregunta es qué diablos tiene que ver tal cosa con la necesaria reflexión e introspección ante los libros.

En su libro El flautista en el pozo, Charles Simic nos dice que “el mundo es grande, el poeta está solo, y el poema no es más que un fragmento del lenguaje, unos cuantos rasguños de una pluma rodeada por el silencio de una noche. Puede ser que el poeta desee contarnos acerca de su vida. Unas pocas imágenes de un momento fugaz en el que estuvo feliz o excepcionalmente lúcido. El deseo secreto de la poesía es detener el tiempo”.

Es obvio que en este ensayo Simic habla no sólo de los afanes de un autor ante la poesía, sino ante la escritura en general. Se requiere de un cierto preciosismo, primero para estructurar el pensamiento, y luego para darle forma y coherencia en el lenguaje escrito, que sólo se logran en el aislamiento y soledad del escritor.

Para lograr recrear la sensación de esa vivencia del escritor en nosotros mismos, y asimilar cabalmente todo el peso de sus palabras, necesitamos tratar de estar en comunión con él, e indudablemente que el vocerío y el gentío contaminan nuestra percepción. Los lectores debemos ser intérpretes de los textos creados por sus autores, y como tales, no basta reproducirlos oralmente, de manera repetitiva y maquinal, porque pierden su esencia en ese machacar de palabras sin sentido. Se vuelven un pasto arrollado por un ganado que camina sin conciencia.

Por eso, es que al final del día tales eventos de lectura en masa no generan una verdadera y profunda comprensión de la necesidad de leer más, ya que terminan siendo nada más que escaparates que como generalmente sucede en el caso de las redes sociales, sólo sirven para que los usuarios satisfagan su ego de ser vistos por los otros en un caldo de efímera insustancialidad.

En su ensayo “La mente del escritor”, del libro Padre y memoria, Federico Campbell dice refiriéndose a la diferencia entre los escritores de ficción y otros seres humanos que se debe a su “grado de especialización”. Pues el asunto en cuestión “no es la parte formal como en la música o el ajedrez, sino la imaginación. El trabajo del escritor consiste en hacer conexiones de una manera en que no lo había hecho nadie antes. ¿Por qué Chéjov ve una historia donde no la ven otros?”.

Pero para lograr esto, más allá de contar con un talento innato y la obtención de un bagaje cultural adecuado, el escritor, desde muy temprana edad muestra “una notable independencia de espíritu”, que lo lleva a disentir de sus mentores, y a cuestionar  la realidad, dice Campbell. Y para ello, los escritores poseen una virtud: “Les gusta estar solos. Este aliento solitario, esta capacidad de darse cuenta de sí mismos, es propia de los creadores”.


Roberto Estrada
Lector y escritor
Habitante y observador de la condición humana

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