La tierra es de quien la trabaja

Soy una coleccionista nata. El problema es que soy una de las malas, porque ignoro casi todo sobre los seres vivos o inanimados que decido acumular (¿qué es una colección sino eso?). Por desgracia, este último detalle me acerca mucho a narcotraficantes míticos, como el colombiano Pablo Escobar, que hasta tenía un delfín en su haber; gobernantes corruptos, como el ex presidente de México, José López Portillo, y a otros coleccionista con más obsesiones que gustos refinados.

Eso es: colecciono para escaparme de la realidad, cuando me comienza a gritar altisonancias en la cara. Por eso, se nota que mis colecciones son actos desesperados. Manías obsesivo-compulsivas, más que una búsqueda continuada y congruente de la belleza.

Así, desde hace 20 años y en distintas temporadas, según la calidad histórica de mis carencias afectivas, me he hecho de libros viejos –no antiguos–, plantas exóticas –muchas de las cuales no supieron valorar mis cuidados, las malagradecidas–; artesanías del mundo –que permanecen medias rotas, guardadas en una caja de huevos–, y chácharas varias: latas de sardina, juegos de mesa incompletos, tabletas medicinales… Cuando Antonio quiere mandar mis colecciones a la chingada, le digo la verdad; algún día seré artista contemporánea famosísima y él verá cómo, en mis obras aclamadas, todos mis objetos conservados tendrán un valor millonario.

Confieso que sin ser nacionalista, excepto cuando estoy borracha en otro país, también colecciono monedas: mexicanas y recientes; es decir, que en lugar de valer más, cada día valen menos. Lo diré ya: comencé a coleccionar las caras de los héroes y heroínas nacionales, en las monedas de cinco pesos que se imprimieron en 2010, durante el bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución mexicanas, dos historias oficiales en las que ni creo tanto.

¿Por qué empecé a juntarlas? Ni yo me lo explico, tomando en cuenta que soy parte de ese grueso de la población que a veces vacía las alcancías de sus hijos para ajustar para el camión. Por eso, el milagro es que no sólo las junté, sino que, además, no me las gasté. Habrá sido que la circulación de esos dineros coincidió con una decepción muy fuerte.

Es importante decir que decidí no coleccionar toda la serie –lo cual, insisto, me hace una pésima coleccionista–, sino sólo a los héroes y las heroínas que me caían bien. Tampoco tengo muy clara la razón de mis simpatías y mis aversiones. Por ejemplo, no me quedé con Venustiano Carranza ni con Álvaro Obregón, pero sí con Vicente Guerrero, Leona Vicario, Ricardo Flores Magón y Pancho Villa, entre otro puñado de personajes, muchos de los cuales parecen diez o quince años más viejos que en sus retratos oficiales, por la mugre de cientos de dedos impresa en sus caras y las abolladuras: una desventaja de que el rostro de uno ande circulando de mano en mano, con fines lucrativos.

A quien nunca pude conseguir en mucho tiempo fue a Zapata. No sé si Zapata me cae bien o mal, pero fue mi obsesión en cuanto descubrí que es el héroe nacional más amado por sus prójimos. Durante meses y meses supliqué a todos mis amigos comerciantes que en cuanto les cayera un Zapata, me hicieran el favor. Nunca ocurrió

Hace seis meses, cuando yo ya había pasado a la colección de latas de sardinas, mi amigo Beto, propietario de la tienda La Mermelada, en la calle Barra de Navidad, sacó de un cajón mi otrora buscadísima moneda del héroe revolucionario y me la regaló.

Lo malo que es ya había pasado mi compulsión por las monedas. Así, mi Zapata estuvo en el cajón de la cómoda hasta que Antonio –y se atreve a negarlo–, necesitó para el camión y vació las arcas domésticas.

Mi obsesión volvió la misma tarde que, buscando otra cosa, descubrí que mi moneda de Zapata había regresado a la circulación vulgar que la transformaba en dinero maldito.

Ninguno de mis amigos ha vuelto a ver al héroe impreso en cinco pesos o, si lo han visto, me han tirado a loca con ese tema.

Pero ayer lo encontré. No en mi cajón ni junto con sus amigos, los otros héroes nacionales que permanecen en otro cajón, sino en un puesto de chácharas, afuera del Registro Civil del Estado. Si no me hubiera emocionado tanto, no habría puesto una cara de Hannibal Lecter y el ambulante no hubiese detectado mi fascinación por el objeto.

Pero el hubiera no existe.

El comerciante, chimuelo, para más señas, me quiso vender a Zapata en 50 pesos, en días de asalto las arcas que mis hijos esconden de mí, sin éxito.

Zapata se quedó en el piso y el puestero se quedó con las ganas. Mientras iba en el camión, no pude evitar un pensamiento obsesivo: la tierra es de quien la trabaja. Estoy más segura que nunca que, con tantos objetos coleccionados, algún día seré una famosa artista contemporánea. Ese día olvidaré a Zapata, lo juro.

Vanesa Robles
Acerca de Vanesa Robles 19 Artículos
Soy Vanesa Robles // La casualidad me hizo nacer en Guadalajara, México // La vida me hizo periodista, y la elección me hizo pobre y feliz.

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