La UdeG en tiempos de López Obrador: se aceptan apuestas

|Por Juan José Doñán|

Quédese para otra ocasión la tentadora historia de “el periodiquito y el gobernadorzote”, una historia de la que, por lo demás, aún no se conoce el desenlace, para centrarnos en lo que sucedió el lunes de esta semana por el rumbo de Zapopan, donde Ricardo Villanueva fue investido como nuevo rector general de la Universidad de Guadalajara, con ausencias tan significativas como de la quien fuera su jefe y su principal promotor político en la pasada zafra sexenal: el exalcalde y exgobernador Aristóteles Sandoval, a cuyas órdenes estuvo Villanueva durante varios años, antes de que el ahora borrado Sandoval lo promoviera también como candidato del PRI a la presidencia municipal de Guadalajara. Por lo visto para el nuevo rector de la UdeG, que quien sabe si a estas alturas del juego se siga identificando con el tricolor, su lema favorito es aquello de “Ya lo pasado, pasado. No me interesa”.

No menos significativas fueron algunas presencias que se pudieron ver en el conjunto de teatros que porta el nombre de conocido consorcio bancario del norte de España. Porque seguramente algo habrá querido decir que el representante del gobierno federal, en la toma de posesión del nuevo rector general de la UdeG, haya sido un funcionario de tercer nivel, un subsecretario de la SEP, quien retóricamente sólo vino a cumplir con el protocolo oficial y no dijo nada de sustancia ni tampoco se comprometió a algo específico con quienes, desde el pasado 1º de abril, quedaron al frente de la segunda universidad más numerosa del país, más allá de asegurar que el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador es “respetuoso de la autonomía universitaria”. Y cuando a un acto oficial de esta naturaleza viene, ahora sí que literalmente “el secretario del secretario”, no se entiende sino como un gesto de desdén, muy cercano al desaire, sólo para cuidar las formas.

Por supuesto que el desdén no es tanto para Ricardo Villanueva, el debutante rector de la UdeG, sino en todo caso para lo que él susodicho representa: la transitoria gerencia de quien realmente maneja y ha manejado a su antojo, durante tres décadas, ¡y contando!, a la universidad pública de Jalisco: el grupo político que encabeza el ex rector Raúl Padilla, quien personalmente ha fungido como cacique de la institución, aun cuando un agradecido intelectual mexicano, incurriendo en el humor involuntario, lo haya definido como  “un cacique bueno”.

Resulta que ese presunto cacique bueno o ese ogro filantrópico universitario, junto con sus aliados (dentro y también fuera del campus de la UdeG) ha desarrollado, a lo largo de 30 años, un abierto activismo político y ha podido realizar también todo tipo de negocios, bajo el ventajoso cielo protector de una universidad que se sostiene con el dinero de los contribuyentes. En el campo del businesscrudo y duro, la cúpula padillista ha hecho negociaciones, de manera opaca, discrecional y sin ninguna licitación de por medio, lo mismo con un conocido consorcio telefónico que con corporaciones bancarias y con otra clase de empresas, de cuyas eventuales ganancias ninguna utilidad ha obtenido la comunidad universitaria de la UdeG.

Y por lo que hace al ámbito político partidista, hace veintitantos años la nomenklatura que regentea a esa casa de estudios se adueñó del PRD Jalisco, una franquicia partidista que ahora está al borde de la quiebra, motivo por el que, durante los pasados comicios electorales, Padilla y asociados optaron por establecer una alianza con el emecista Enrique Alfaro, quien ganó la gubernatura de Jalisco (aunque no precisamente por el apoyo de la huestes padillistas) y también con el panista Ricardo Anaya, que resultó perdedor en las elecciones presidenciales y a cuya campaña el ex rector Raúl Padilla se sumó, personalmente en persona, como dizque perito en materia cultural.

Un resultado de esa alianza política pareciera ser lo que se vio el lunes de esta semana, en el área de los Belenes, durante la toma de posesión de Ricardo Villanueva como rector general de la UdeG: por un lado, la presencia de la primera autoridad de Jalisco, en la persona del gobernador Enrique Alfaro y, por el otro, a un funcionario federal de medio pelo, con la representación de la presidencia de la república… Como queriendo decir, al  estilo AMLO:

“La mafia del poder que controla a la Universidad de Guadalajara, que abiertamente hizo campaña contra nosotros en las pasadas elecciones, no nos tiene tan contentos, y los negocios presuntamente culturales que se hacen en la institución con dinero del erario dejarán de tener el respaldo –particularmente económico– del gobierno federal como ya quedó demostrado con el reciente anuncio de la suspensión del patrocinio que el Fondo de Cultura Económica venía dando, desde hace 25 años, al Premio FIL de Literatura y a otras actividades de la Feria Internacional del Libro”.

Lo que está por verse es si el gobernador Enrique Alfaro y los alcaldes emecistas de la Zona Metropolitana de Guadalajara –por ahora aliados de los mandarines y las mandarinas de la UdeG y patrocinadores cautivos de los proyectos y las empresas culturales y seudoculturales que regentea el exrector Raúl Padilla– van a aportar también los recursos económicos que, por lo visto, ya no saldrían del gobierno federal. Ahora si que como se estila en los casinos: se aceptan apuestas.

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