La utopía de David Byrne

No creo exagerar si digo que los espectáculos en vivo tendrán un antes y un después luego del que presenta David Byrne por estos días. Su agotadora gira 2018 consta de unos 114 conciertos, comenzó el 3 de marzo en New Jersey y terminará el 6 de octubre en Dallas luego de recorrer escenarios de E.U, Canadá, Europa, México, Brasil, Argentina y Uruguay.

El exlíder de los Talking Heads llegó al capitalino Teatro Metropolitan el 3 de abril y los asistentes gozamos de una experiencia insólita basada en las ideas escénicas de Byrne. También presentó un show un poco recortado en el festival Corona Capital en Guadalajara.

Me imagino el mandamiento de DB para su innovadora propuesta escénica: que mis músicos no estén atados en el escenario; que tengan movilidad. Para ello hay que evitar cualquier obstáculo: ni tarimas, ni plataformas, ni amplificadores, pedaleras, cables, bases, atriles o monitores. Un escenario desnudo donde todos puedan caminar, bailar y sentirse libres.

Seguro de su idea, DB pasó a convencer a su equipo y se logró resolver cada aspecto técnico involucrado.

Ya se sabe que Byrne ha sido un personaje polifacético que lo mismo está interesado en la pintura que en las bicicletas; igual escribió un esclarecedor libro acerca del “funcionamiento” de la música y sus recovecos, que fundó la disquera Luaka Bop para promover a artistas de distintos puntos del planeta de la talla de Susana Baca, Tom Zé, Alice Coltrane, Zap Mama o Os Mutantes; y claro, fue uno de los iniciadores del new wave neoyorquino con los Talkings Heads, banda que clausuró a fines de los ochenta para emprender eclécticos proyectos de solista y colaboraciones varias aquí y allá. Pero también ha sido un experimentador que se ha dejado tocar por la electrónica, el afrobeat o la música latina; fue pionero con Brian Eno en la utilización de sampleos, ha tocado con Caetano Veloso, Fatboy Slim o St. Vincent; ganó un Oscar por la música de El Último Emperador, compuso para la coreógrafa Twyla Tharp, etc. etc.

Cuando terminó en el Metropolitan el set abridor del Instituto Mexicano del Sonido, los miembros del staff procedieron a quitar batería, amplificadores, tarimas y demás. Todos esperábamos que instalaran el equipo de Byrne, pero solamente pasaban un gran mechudo para dejar el suelo impecablemente trapeado. Después colocaron en el centro una mesita con un objeto encima -más tarde comprendimos que era una simulación de un cráneo humano- iluminada con una luz cenital. Nada más, ni un aparato ni un cable. Sonaban cantos de pajaritos y sonidos de lluvia. Más tarde, David Byrne apareció vestido de impecable traje gris, se sentó a la mesa y con el cráneo en la mano cantó Here, una de su nuevo disco American Utopia:

Aquí son muchos sonidos que tu cerebro debe comprender / Aquí el sonido se organiza en cosas que tienen algún sentido.

Los músicos fueron apareciendo a través de la cortina de delgadas cadenas que delimitaba el escenario. Vestían trajes también grises y además iban descalzos como él, “haciendo tierra”. No había batería pero la ejecución estuvo a cargo de varios músicos que se dividían las funciones como en las marching bands: uno toca el bombo, otro el contratiempo y la tarola, otros el resto de tambores y percusiones, y lo hacen mientras caminan, bailan y ejecutan las coreografías creadas por Annie B. Parson. Guitarra, bajo y teclado son inalámbricos y hay dos coristas que contrastan en voz y apariencia: ella negra, él pelirrojo.

El concierto no da tregua, se alternan canciones de los Talking Heads en arreglos nuevos con temas del nuevo disco de DB y una que otra versión a canciones de otros, pero todo comparte una unidad sónica y una intensidad que crece cada vez más, acaso gracias a la movilidad escénica de los músicos y a la potencia rítmica que se depliega. Byrne hace lo suyo: usa impecablemente su voz un tanto neurótica, a veces toca una guitarra y colabora en el movimiento coreográfico de los músicos que lo acompañan, once en total pero que aparecen en distintas combinaciones numéricas.

Hay momentos climáticos, por supuesto: las canciones de los Talking Heads -I Zimbra, Slippery People, This Must Be The Place, Once in a Lifetime, Born under Presure y las dos que cierran el set: Blind y Burning Down the House, elección lógica para el cierre.

Pero las nuevas no desmerecen y son el pretexto para entender el momento actual de DB, su Utopía Americana que habla de balas, bailes, gasolina y que es, por un lado, una invitación a entrar en la nueva casa del compositor y, por el otro, el recordatorio de que cada día de vida es un milagro.

Luego de los dos encores de rigor (Dancing Together y The Great Curve), y ante la insistencia eufórica del público compuesto en su mayoría por cuarentones hacia arriba, se anima a tocar uno más que resulta una oportuna toma de posición social: Hell You Talmbout, de Janelle Monàe, canción que nombra a afroamericanos muertos en casos de violencia racial y que fue adaptada a México con la frase “¡Diga su nombre!”, lo cual se podría interpretar como una invitación para que no olvidemos a las personas desaparecidas, tristemente abundantes en nuestro país.

En suma, un gran y gozoso espectáculo que nos muestra que David Byrne, a sus 65 años, sigue vigente, creativo e innovador.

Alfredo Sánchez
Acerca de Alfredo Sánchez 50 Artículos
Músico // periodista // hombre de la radio

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