Como en la vida real

No creo en lo subliminal. Me parece que la idea de que existen mensajes ocultos tras todos los anuncios que vemos y las marcas que consumimos, es lo mismo que poner un casete de Maná de atrás para adelante, con la intención de oír al diablo de mejor manera que como se oye de adelante para atrás.

En cambio creo en lo evidente. En la formación de públicos a fuerza de la repetición. De esa forma, cuando estudiamos la primaria muchos aprendimos que no debíamos movernos de nuestro mesa-banco, ni cuando era necesario para orinar, mucho menos para protestar. Por ejemplo, reconozco el trabajo de los mercadólogos: los profesionales a los que les pagan para que nosotros consumamos marcas, después de verlas todas las bardas, edificios, tiendotas, tienditas y hasta en el cielo de las ciudades —en cambio nos quejemos de los niños que jamás aprendieron a quedarse sentados y se volvieron grafiteros—.

El tema es que existe una marca mexicana, dirigida a la infancia de 26 ciudades del mundo, entre ellas dos mexicanas —dicen, en el futuro cercano también en Guadalajara—, donde estos profesionales de los mensajes de marca pusieron todo su empeño. Lee quedó de lujo. Se ensañaron.

Se trata de un lugar de diversiones muy bien posicionado entre los niños, según el lenguaje que usa la publicidad. No sé de dónde lo conoció mi hijo Matías. Tras dos años de insistencia, me convenció de llevarlo a la Ciudad de México, donde está el parque.

Esperen. Lo de parque hay que leerlo con cuidado, porque en realidad se trata de un galerón cerrado dentro de un centro comercial cerrado en una de las zonas más exclusivas de la Ciudad de México.

Adentro de todos los adentros hay un mundo raro. Los niños juegan a ser grandes, como lo hacen muchas veces. Lo terrorífico es que juegan a ser grandes igual que nosotros lo somos: consumiendo de manera neurótica; formando parte de una panda de obreros, que deben pagar y sentirse orgullosos por trabajar en una trasnacional; entendiendo, a fuerza de repetición que el lenguaje del dinero es el que consigue las cosas.

Ahí, en la oscuridad del espacio, la infancia se comunica gracias a la mejor red, corre coches de carreras que llevan las llantas del buen año, trabaja en las cajas del supermercado más grande del mundo, pilota el avión de tal compañía, arman la hamburguesa de la caja feliz, resguarda y traslada el dinero a través del primer servicio privado que se nos viene a la memoria. Vestidos de policía municipal, los niños y las niñas cuidan el dinero de ese servicio privado. Hacen un helado de la marca del corazón. Ponen el relleno cremosito adentro de los gansos… pero antes que todo, obtienen dinero y tarjetas de crédito en el banco tal.

No me la van a creer: los padres de familia suspiran y sonríen ante la situación. Sus hijos están aprendiendo a ser grandes.

Quizás entre todos, hay un oficio que se libra, el de: Periodista. Lo malo es niños y las niñas juegan a trabajar en un diario mexicano que todas las mañanas es conservador y todas las tardes pública hombres sin cabeza y mujeres sin ropa. Es una lástima; quizás los periodistas que se promueven en el parque estarán pagados por las marcas que se promueven alrededor. Me pregunto si por lo menos ganan bien y están fuera de peligro en ese mundo ficticio donde el mercado manda. Sí, ahí también.

Vanesa Robles
Acerca de Vanesa Robles 19 Artículos
Soy Vanesa Robles // La casualidad me hizo nacer en Guadalajara, México // La vida me hizo periodista, y la elección me hizo pobre y feliz.

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