Lágrimas en el encore y todo

|Por Adriana López-Acosta|

La última vez que estuve en la Ciudad de México, fue un jueves durante 14 horas, y solo para ver a Vestusta Morla presentar su disco Mismo sitio, distinto lugar. Y en una semana en la que sería mejor que me quedara atada a mi escritorio y en absoluta sobriedad. Volé de ida y vuelta y dormí tres horas para regresar al cierre de edición de la revista en la que trabajo. Tenía pendientes de sobra, mi gata enferma y mi corazón recién hecho pedazos. A mi padre, del otro lado del teléfono, reprochando mi irresponsabilidad; y a mi estado de cuenta, juzgando mis malas decisiones financieras.

Pero no dudé un segundo en hacerlo y lo haría otra vez. Amo a esa banda lo suficiente como para dejar el resto de mi vida colgando, solo para pararme durante 120 minutos en la absoluta soledad que 2 mil personas en la oscuridad mirando al mismo escenario pueden darte. Nada más existe. Ni la chica ebria delante de mí que quiere reclamar espacio en los confines del Plaza Condesa, ni el humo del maldito vaporizador que insiste en ponerse de moda.

El amor a la música provoca esos lugares comunes. Invita a cometer esas irracionalidades románticas. En los años sesenta, había quienes seguían el camión de su banda favorita para ver absolutamente toda su gira; ahora, levantamos los celulares al son que cualquier vocalista nos indique que sigamos. Vetusta Morla me inspira a ser la versión más cliché de mí misma, lágrimas en el encore y todo. La primera vez que los vi, compré el boleto en la taquilla media hora antes, como hacían nuestros padres antes de la tiranía de Ticketmaster. Es refrescante poder tener una banda así.

El nombre de Vetusta Morla proviene de una tortuga más anciana que el tiempo mismo de La historia interminable, novela de Michael Ende, y es uno de los personajes menos esperanzadores.

Ahora, combinemos un libro entrañable y enseñanzas quizá demasiado traumáticas para la infancia, y nombremos así una banda cuyas letras pueden ser tan, pero tan confusas, que podrías argumentar que son demasiado profundas para el público común, o que ese sexteto de hijos de la Madre Patria solo quiere verle la cara a los modernitos; y ambas posturas serían válidas. A la banda no le gusta explicar qué significan. Al igual que a la tortuga no le interesa mucho darle direcciones a Atreyu.

“Copenhague” podría ser una versión positiva o negativa de quemar las naves. ¿Acaso “Cuarteles de invierno” habla sobre superar una muerte cercana? Y que alguien por favor me diga a qué carajos se refiere Pucho cuando canta quién iba a decir / que sin carbón / no hay reyes magos en “Los días raros”.

Y al final de cuentas, a quién le importa; si las tres veces que los he visto en vivo, Vetusta Morla cierra con esa canción y no hay un solo pulmón en reposo en la sala; todo mundo se deshace en alaridos medianamente afinados, oprimiendo su mano sobre el pecho mientras piensan en sus propias heridas, momentáneamente olvidadas en los siete minutos que dura esa maldita bestia de canción.

Y esa canción es un lugar común, de veras. De principio a fin. La progresión de notas, los coros finales y el remate que no suelta durante cuatro vueltas enteras. Y a eso vamos. A eso viajamos a otra ciudad de pisa y corre, revendemos en la entrada el boleto que habíamos comprado para la pareja que nos dejó, compramos una cerveza doble y nos paramos en el centro de la sala, en absoluta soledad. A escuchar las canciones que creemos entender y suponemos que hablan de nosotres. A ser un cliché, en conjunto.

Adriana López-Acosta 

es música, periodista y llorona profesional.

 

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