¡Las aguas!

Luego de un larguísimo estiaje, durante el cual los tapatíos ejercimos nuestro favorito deporte de la queja, llegaron las lluvias. Desmemoriados como somos, solemos olvidar la magnitud de las aguas que suelen caer –sí, siempre llueve así en Guadalajara– y ahora nos quejamos, cómo no, de las tormentas. Pero no es para menos: si bien el agua suele caer en abundancia durante el verano, también es cierto que las inundaciones son cada vez peores, producto de factores múltiples que, aun sin ser ni de lejos experto, me atrevo a conjeturar: el nulo diseño urbano, la displicencia de las autoridades de todos los colores, las malas costumbres de quienes tiran su basura en cualquier lado, la expansión sin control de la “mancha urbana”, el exceso de pavimentos y, claro, la corrupción que ha permitido y sigue permitiendo construcciones donde los servicios no son suficientes. Total, el de atrás paga. El caso es que si hemos tenido la mala suerte de andar en la calle mientras el cielo se viene abajo, habremos experimentado un pedacito del infierno. Y si nos quedamos en casa, también: el agua es cabrona, se mete por donde uno ni se imagina y lo inunda todo. Las escenas de estos días son de no creerse: coches bajo el agua en grandes avenidas, túneles y glorietas, campos granizados que recuerdan paisajes canadienses en invierno, memes que nos hacen sonreír con montajes de góndolas venecianas en las calles de Guadalajara. Y reportes múltiples de aquellos a quienes el agua se les ha metido, implacable, en sus viviendas.

Yo llegué a la ciudad en 1970 y uno de mis recuerdos más vívidos –y temibles– es el de las tormentas y los rugidos que las suelen acompañar: truenos imponentes y descargas eléctricas luego de las cuales todo queda a oscuras. Recuerdo que cuando venían familiares de visita en verano el terror se apoderaba de ellos al escuchar aquellos feroces sonidos naturales. Muchas veces me tocó quedar atrapado, en un auto, dentro de un camión urbano o bajo algún techito frágil, durante una tormenta que, por fortuna, suelen ser breves en estos rumbos.

Sin embargo –una más de las innumerables paradojas de estas tierras–, hay crisis de agua en la ciudad y la región. Tanto así, que se ha insistido en hacer una gran presa para captar agua y satisfacer nuestra demanda. Una presa que, por cierto, hará que se inunden tres poblados que, si se cumplen los vaticinios, desaparecerán del mapa y sus habitantes se tendrán que ir a comenzar de nuevo quién sabe dónde.

El tema ha sido objeto de un repugnante manoseo político de unos y otros: promesas de que no, cambios de opinión y ahora resulta que sí; otro que brinca para decir que nones, que de ningún modo se permitirá; otro más que revira y dice que no hay de otra, que el bien mayoritario, que los estudios técnicos, que el futuro bla bla bla… y mientras tanto, ahí están los pobladores de Temaca, Acasijo y Palmarejo firmes, negándose a perder sus pueblos. Y ahí están los habitantes de Los Altos, anticipando la seca desgracia que se les viene.

Es difícil predecir el desenlace. Uno sabe poco de esos temas y, sin embargo, no puede sino pensar: ¿y tanta agua que cae no se podría aprovechar de algún modo? Han pasado tantos años de discusiones más o menos estériles y esa agua se sigue desperdiciando. Se sigue yendo, literalmente, al caño.

El viernes fui al Teatro Degollado y entre los músicos que acompañaron a Leiden, apreciable cantante y compositora de nuestra ciudad que presentó su nuevo disco, estaba el percusionista Héctor Aguilar quien, al frente de su tinglado de instrumentos, colocó un modesto pero significativo letrero: “Temaca Vive”, decía. Y algunos de quienes alcanzamos a leerlo pensamos: sí, ojalá viva, ojalá no lo condenen a morir sumergido en esas aguas que dizque serán nuestro futuro.

Alfredo Sánchez
Acerca de Alfredo Sánchez 32 Artículos
Músico // periodista // hombre de la radio

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