Las semillas del dragón

Desde la erudición y la experiencia de la práctica terapéutica que se unen en el ejercicio reflexivo y la escritura, el ensayista y psicólogo James Hillman publicó hace unos años Un terrible amor por la guerra (Sexto Piso, 2010), un libro que –sin concesiones– busca elucidar y comprender la naturaleza del conflicto bélico no sólo como fenómeno sino, además, como fuerza primaria y esencial de la condición humana.

Así, Hillman parte de la afirmación de Emanuel Lévinas que reza “el ser se revela a sí mismo como guerra” –derivada de la sentencia heracliteana que refiere a la conflagración como “origen de todo”–, y su propósito central no parece ser otro que apostar por la posibilidad de ahondar y dilucidar a fondo el combate armado (para lo cual, se deduce, se debe “ir más allá” de lo que hacen otros destacados pensadores que abogan por la imposibilidad de su comprensión, como Susan Sontag, por ejemplo) para lo cual, como herramienta, la psicología se torna esencial en su indagación de las profundidades del mito y la religión.

De este modo, aunque la cuestión paradójica surge al identificar la “inhumanidad” de la guerra (ya sea ideada, promovida, ejecutada o padecida por los seres humanos), la cuestión se extiende al hecho de conceder autonomía al fenómeno, una “vida propia” no sujeta al control de las personas, existente “para sí” solamente; de ahí que, en este afán por comprenderla, sea imperioso para el autor acudir al mito y “trascendentalismo” narrativo que, desde la antigüedad, persigue definirnos y describirnos.

En este punto, es de lo más ilustrativo cómo Hillman entrecruza los datos de su vida personal –sin experiencia directa con lo bélico, hay que decirlo– con las referencias a las distintas y múltiples tradiciones míticas de Occidente, lo que da como resultado que establezca una relación (lógica e inevitable) de la guerra con la religión (en especial, con el monoteísmo), de manera que el cristianismo se convierte en un tema de revisión fundamental y obligada.

Pero la cualidad más notable de este largo ensayo estriba en su capacidad perturbadora. Hillman no concede y, lejos de eso, instaura la inevitabilidad de la guerra, que “debe ser aceptada con amorosa imaginación si ha de ser comprendida” pues, señala, el “amor” como tal, no es respuesta ante ella; además, la serie de testimonios que consigna (procedentes de textos de diferentes tradiciones, géneros, disciplinas y perspectivas) destaca esto con una contundencia terrible, buscando sus pruebas originarias en la mitología griega –la relación Ares-Afrodita es aquí central– que se prolonga en la tradición poética de Occidente (y si no, entonces, ¿por qué resulta tan evidente cuando se nos recuerda un verso –potentísimo– de un poema de Blake?).

Es, precisamente, en esa “psicología arquetípica” donde las respuestas (siempre parciales) de Hillman –no en balde su tesis doctoral se basa en el trabajo de C. G. Jung– se ubican y entrelazan. Es la fe (que “postula la realidad de sus objetos” –gracias, Husserl–) la que nos lleva a la guerra y, por tanto, la “transforma en religión”. En este sentido, no sólo porque la guerra nos determina y forma parte de nosotros es que nos conmina el autor (siguiendo a Heráclito, Lévinas y otros) a dar seguimiento a sus argumentaciones, no para desilusionarnos (la esperanza, se sabe, es una deidad voluble) sino para, como indica el investigador que debería ser nuestra responsabilidad, “escarbar bajo la sábana de la hipocresía para desvelar las semillas del dragón”.

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