Lenguajes

En el principio fue el ojo. Después irrumpió la palabra, que no necesariamente alcanzó para describir lo que pertenece al reino de la mirada. La palabra es uno de los más grandes inventos de la humanidad: gracias a ella podemos encontrar una explicación o hacer una descripción de casi cualquier cosa. El «casi» significa que tiene sus límites. El problema es que luego nos invade una imperiosa necesidad —o tal vez debería decir necedad— de encontrar definiciones verbales de asuntos imposibles de aprehender por medio de la palabra y terminamos en un laberinto sin salida, haciendo mala literatura, en nuestro afán por buscar una explicación «más formal» del arte, por ejemplo.

 Ahí tenemos el caso del prestigiadísimo Michel Focault que, al intentar una lectura verbal —una explicación por medio de palabras— de Las Meninas de Diego Velázquez, apuntó que se trata de «un vacío esencial: la desaparición imprescindible de su fundamento, de la persona a que se asemeja y de la persona a cuyos ojos es sólo una semejanza». Sin embargo, y a pesar del respeto que sin duda me merece don Focault, lo que veo en Las Meninas es un magnífico retrato de la infanta Margarita y por más que le busco, encuentro muchos elementos más, pero ningún «vacío esencial» y tampoco veo algo como «la desaparición imprescindible de su fundamento». Buen arte, mala literatura.

Martin Heidegger escribió a mediados de la década de los treinta del siglo pasado, el aclamadísimo ensayo «El origen de la obra de arte», donde a partir de una pintura de Vincent van Gogh que muestra un par de gastados zapatos, asegura que: «Por la oscura abertura del interior cálido de los zapatos asoma el atareado paso de la campesina. En la pesadez tiesa y tosca del calzado se encuentra la tenacidad acumulada de su lenta, penosa marcha a lo largo de los extensos y siempre uniformes surcos barridos por el viento crudo. […] En los zapatos vibra el silente llamado de la tierra […] y su inexplicable autorrechazo dentro de la desolación dormida del campo invernal». ¡Cáspita!

Digo, no vayan ustedes a pensar que Van Gogh simplemente pintó un par de zapatos gastados. Impreciso, Heidegger nunca señaló cuál de los ocho cuadros de zapatos que realizó Van Gogh inspiró sus delirios líricos. Por otra parte, existen testimonios que explican la fascinación del pintor por los zapatos viejos, que trataba como si fueran naturalezas muertas. Paul Gaugin consigna que Van Gogh le dijo: «Siendo un joven pastor, un día fui a Bélgica […] a predicar el Evangelio en las fábricas, no como se me había enseñado, sino como yo mismo lo entendía. Estos zapatos, como ves, soportaron valientemente las fatigas de aquel viaje». ¿Y dónde quedó la campesina, Martin?

Una de las obras maestras que Paul Gaugin pintó durante su primera estancia en Tahití, es Espíritu de la muerte vigilante, en la que su «esposa» tahitiana de trece años yace desnuda en la cama. Si bien el cuadro está lleno de posibilidades eróticas, a decir del propio Gaugin, la emotividad buscada —y sin duda encontrada— era el miedo. A contrapelo, la académica inglesa Griselda Pollock encontró en el cuadro suficiente evidencia como para realizar un juicio sumario contra el pintor, bajo las acusaciones de racista, sexista, machista, misógino, explotador, fetichista y no sé cuántos calificativos de esa naturaleza más. Y, claro, lo declaró culpable hasta la médula de todos y cada uno de los delitos. ¿Y el arte, profesora?

Y así. El intento de abordar el arte con palabras genera zonas oscuras. Y, principalmente, mala literatura. Es un problema del lenguaje y los límites en que se mueve: hay lenguaje visual y lenguaje verbal (como lo hay también musical, por ejemplo). Y cada uno tiene su propio campo de acción. Si alguno de mis siete amables lectores está interesado en estos asuntos que a veces tengo la impresión que a nadie interesan, les recomiendo el documentado, divertido y esclarecedor libro, publicado por el Fondo de Cultura Económica, La profanación del arte de Roger Kimball, de donde salieron la mayoría de los ejemplos citados y que contiene muchos más.

En el principio fue el ojo. Después el verbo. Y, más adelante, los rolleros.

Avelino Sordo Vilchis
Acerca de Avelino Sordo Vilchis 7 Artículos
Editor // promotor cultural // ex sibarita

2 Comments

  1. y posiblemente entre el ojo y la palabra estan las manos como lenguaje gesticular,las manos hablan,dicen, crean y transforman, por supuesto junto con los demás sentidos… y si creo aveces muchas los que escriben o tratan de explicar el arte, se regodeanen su florido lenguaje.

  2. Hola, si ya tienes siete yo soy el octavo, contento de seguirte escuchando, o leyendo; interesante reflexión que me deja pensando, no sólo en las explicaciones sino en las críticas de cualquier arte.

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