Perdidos en la traducción

Esta historia bien puede comenzar en 1912, cuando Wilfred Voynich, realizó un viaje de negocios a Italia. El químico farmacéutico de origen lituano, cuyo nombre original era Wilfryd Wojnicz, había escapado hacía más de 20 años de la implacable represión zarista, refugiándose en Londres. Ahí conoció a una activista de origen irlandés llamada Ethel, quinta hija del matemático y filósofo George Boole, con quien se casó. Además de otras actividades más alimenticias, el matrimonio dedicó muchas energías a redactar panfletos contra la despiadada tiranía zarista y a traducir al inglés los textos de Marx y Engels. En esas andaba, cuando Voynich se introdujo en el mundo de los libros y manuscritos antiguos, campo en el que destacaría.

Para 1912, Voynich ya era uno de los más reputados libreros de viejo de Londres. Así fue que durante una visita a la biblioteca del Colegio de Villa Mondragone en Frascati, cerca de Roma, se encontró entre la pila de volúmenes que los jesuitas le ofrecían, un librito (medía 16 x 23 centímetros y tenía poco más de 200 páginas) escrito a mano con unos caracteres y en un idioma desconocidos, ilustrado con dibujos de plantas, estrellas, mapas y figuras femeninas desnudas, entre otras cosas. Por supuesto que lo compró. De regreso a Londres mandó hacer fotografías de cada una de sus páginas, que envió a los más prestigiados linguistas del mundo para que identificaran la lengua y los caracteres en que fue escrito. Ninguno pudo.

La historia podría comenzar mucho antes, en 1612, cuando murió Rodolfo II, rey de Hungría y de Bohemia y emperador del Sacro Imperio Románico Germánico, pues el primer registro que se tiene del librito que compró 300 años después don Voynich, está en el inventario de los bienes de la “Cámara de Maravillas” que Rodolfo tenía en su castillo de Praga. El bipolar miembro de la casa Habsburgo, era poseedor de una enorme colección de libros y manuscritos, y se interesaba en las ciencias y las artes; fue protector de gente brillante como Johannes Kepler, Tycho Brahe, Giordano Bruno y Arcimboldo, pero también de algunos vivales como el ocultista y astrólogo John Dee y el alquimista y médium Edward Kelley.

A lo largo del siglo que siguió a la muerte del emperador, el manuscrito cambió de manos en repetidas ocasiones. De ese periplo existen algunos testimonios documentales —principalmente cartas— que dan cuenta de los más o menos constantes, aunque infructuosos, esfuerzos por descifrarlo, hasta que de plano se perdió de vista (se conjetura que se encontraba resguardado en la biblioteca de la ahora Pontificia Universidad Gregoriana), para reaparecer 200 años más adelante en Villa Mondragone. El libro es conocido como el “Manuscrito Voynich”, en honor a quien lo compró e intentó –utilizando todos los recursos a los que pudo echar mano– descifrarlo hasta su muerte, en 1930, cuando pasó a manos de su viuda, Ethel.

En 1961, Ethel se lo vendió al anticuario Hans Peter Kraus, quien ocho años después lo donó a la biblioteca de la Universidad de Yale, que actualmente lo conserva. Hay cientos de teorías y conjeturas acerca del libro, su manufactura y su contenido. Algunas son harto delirantes, como la que asegura que es un tratado de herbolaria mexica. Otra afirma que está escrito en un lenguaje “natural” exótico —llamado sin ánimo irónico “voynichés”— y como prueba de ello se aportan los estudios de estructura de las palabras y textos, y estadísticos a los que se ha sometido el manuscrito. O que se trata de un idioma oral al que el escribano le inventó un alfabeto; o que es una mezcla de varios; o, bien, que está escrito en una lengua «artificial».

También se dice que es un código cifrado, sólo que nadie, aún los equipos de expertos más experimentados, ha podido desentrañar el significado de uno solo de los 160 mil glifos que contiene el manuscrito. Y, muy lejos aún de agotar todas las teorías, está la que señala que se trata de un engaño, montado por algún vivales tipo Edward Kelley, para sacarle un billete a Rodolfo II, que plantea el problema de que con seguridad resultaría incosteable por elaborado. Sin embargo, y como de costumbre, Hollywood tiene la respuesta: debían contratar —como los militares en la nominada a mejor película, Arrival— a la doctora Louise Banks.

Es cosa de ver con qué facilidad descifró el lenguaje de los extraterrestres.

Avelino Sordo Vilchis
Acerca de Avelino Sordo Vilchis 7 Artículos
Editor // promotor cultural // ex sibarita

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