De la lluvia y su ausencia

Me negué a prender el ventilador las semanas pasadas. No sólo por masoquista; yo diría que por realista. Quería preguntarme cuándo iba a llover; extrañar el agua. Con los días, la añoranza se volvió una duda taladrante: ¿Y si no llueve en 2017? ¿Y si no llueve en los próximos años? ¿Y si no llueve ya nunca? ¿Y si… nunca jamás?

A mi lado, mis conocidos, amigos y familiares encendían el aire acondicionado y le mentaban la madre al pinche calor.

Cuando yo les confesaba mi angustia por la falta de lluvia, me miraban como se mira a una histérica y le subían al aire, para resolver el miedo. ¿Por qué tanto argüende?, preguntaban sin preguntar.

Les explico.

La lluvia, ustedes deben saber, contiene agua. Agua muy contaminada por el humo de los coches los primeros días y contaminada simple después, pero agua al fin.

Las plantas terrestres –lección de segundo de primaria– necesitan tres o cuatro cosillas para nacer, vivir y reproducirse: agua, sol, oxígeno y, en algunos casos, tierra. Las personas nos alimentamos de plantas, aunque no seamos vegetarianas: el pasto que deberían comer las vacas es una gramínea, y la gramínea es una planta, etcétera, etcétera.

Por otro lado, está el agua como un valor propio. Una parte de la que cae debería caer e infiltrarse en el subsuelo –debería, pero está el pavimento–, en lugar de acabar revuelta, en los ríos, con los desechos industriales y estomacales de millones de personas. Los ríos deberían estar limpios –otra vez–, y, al mismo tiempo, debería existir un inventario de las aguas subterráneas, que son con las que en realidad contamos cuando Chapala baja su recaudación.

En todo eso pensaba yo, y todo eso le explicaba yo a todos los que antes me miraban como a una histérica, mismos que después me veían todavía peor.

Casi todos. En algunos encontraba esa mirada de desamparo, igual que la mía. En los que han vivido de cerca el campo –sí, sí, ahí donde se produce casi toda nuestra comida. A estos le contaba, incluso, que en la antigua escuela de medicina encontré una ficha histórica, en la que se explica que el Hospital Civil Fray Antonio Alcalde nació tres las epidemias y mortandad que llegaron a Guadalajara tras una sequía.

Esa es mi preocupación en el fondo: que el mal tiempo se extienda sin remedio, por lo menos un año y tengamos que ver las consecuencias para extrañar la lluvia. Pero, y esta es peor, que la gente alrededor luzca más agobiada por sus axilas sudadas que por la vida misma.

Vanesa Robles
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Soy Vanesa Robles // La casualidad me hizo nacer en Guadalajara, México // La vida me hizo periodista, y la elección me hizo pobre y feliz.

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