Los extraños caminos de la eficacia

Publicada de manera póstuma –lo mismo que Cuatro muertos por capítulo (Ediciones B, 2013)–, la novela El delfín de Kowalsky (ISIC/UAS/FCE, 2015), del escritor sinaloense César López Cuadras (1951-2013), representa una apuesta del autor por “torcer” un poco la expectativa que cualquier lector pudiera o no tener respecto de lo que se ha dado en llamar “narconarrativa” y que, por lo menos en su obra, muestra en cada libro signos de transformación que la revitalizan.

Lo anterior, claro, no significa que se abandonen tópicos esenciales o motivos de sobra conocidos y desarrollados en la literatura –por ejemplo, la búsqueda del padre ausente–, pero ahora la sátira toma las riendas para establecer un universo de sucesos en el que cada capítulo pone en cuestión lo anterior, o lo lleva a un punto en el que una situación ridícula se ve superada por la siguiente; además, el variado registro formal produce una serie de “engaños” que no encuentran su resolución antes del final y mucho de lo que se llega a suponer en esta historia culmina como algo inesperado.

Se trata, aquí, de tres historias entreveradas (que aluden a otras menores); primero, el título proviene de los problemas que le genera al profesor universitario Apolonio Kowalsky una acusación por narcotráfico pues, dedicado a la investigación biológica en comunidades de delfines en la costa del Pacífico, se le imputa que los utiliza para el trasiego de droga a los Estados Unidos, en especial al líder de la manada que es objeto de su investigación y monitoreo, un cetáceo bautizado como el Pechocho (que se erigirá no sólo como “víctima” del conflicto y será defendido por las buenas conciencias de Los Mochis sino, además, la Procuraduría terminará volviéndolo –efectivamente– adicto a la cocaína).

Las cosas no pueden ir peor para Kowalsky que, asediado por la prensa, ve sus declaraciones tergiversadas en el diario más influyente del norte de Sinaloa y mermadas sus posibilidades de salir con bien de la cárcel; con todo, sus conversaciones con un reportero y, después, con el director del periódico, no tienen desperdicio, es ahí donde el papel de los medios de comunicación no sólo queda en entredicho, también se convierte en una clave de humor (muy disfrutable) que permite apreciar situaciones absurdas pero probables que, en el noroeste del país, han sido pan de cada día desde hace décadas.

Asimismo, como némesis del protagonista, regresa al universo narrativo de López Cuadras su mítico profesor Cordobanes, esta vez como docente universitario y columnista local de peso que contribuye –con ahínco– a la catastrófica serie de malos entendidos que persigue hundir más a Kowalsky; como telón de fondo, además de los titulares de prensa, está la historia de un joven notario que da con su padre en Baldwinsville, Nueva York, un hombre de negocios que alguna vez quiso fundar una comunidad “utópica” en la costa norte de Sinaloa con miras a aprovechar la apertura del gobierno de Porfirio Díaz para con los extranjeros que buscaran asentarse y “prosperar” en este país.

Esa es la sección más “formal”, por así decirlo, dentro del libro; una “novela dentro de la novela” donde la vida del “visionario” Mr. Owen nos descubre la historia fundacional de Los Mochis y, de igual manera, una trama de leyenda que le hace develar su carácter verdadero ante su recién descubierta paternidad y renovar sus intenciones de hacer negocios, por segunda ocasión, en nuestro país (por supuesto, estos encuentros entre padre e hijo “suceden” en la década de los años treinta del pasado siglo y remiten a eventos que tuvieron lugar en esa época).

De este modo, puede parecer curioso que López Cuadras haya elegido una estructura básica de intercalación de capítulos para ordenar su novela pero, gracias a esa decisión, operan sus estrategias para “conducir” al lector a donde –todo indica– desea que vaya: al convencimiento de que “descubre” hilos en una trama que sólo en apariencia es clara, aunque la verdad es que cuando uno llega a las últimas páginas ya se encuentra satisfactoriamente “engañado”.

¿Cómo ha operado esta dinámica? Bueno, la mejor manera de exponerlo sin “afectar” el truco es decir que, como narrador experimentado, el autor insiste en la linealidad temporal de sus historias, esto es, la secuencia convencional no se traiciona pero, al mismo tiempo, los relatos convergen en puntos donde cualquier asomo de aparente certeza se torna en un opuesto sorpresivo que, por si fuera poco, se nos cuenta como si fuera lo más normal del mundo.

Así, El delfín de Kowalsky puede ubicarse en el concierto desafinado de la novelística actual mexicana no únicamente como “narconarrativa” –lo que sea que eso signifique– sino, también, como un ejercicio polivalente que rescata para la sátira las posibles lecciones del absurdo cotidiano y, sobre todo, que es probable –todavía– descubrir efectos insospechados dentro de la prosa más tradicional, aquella que pondera las historias por sobre otra cosa (aquí la virtud es conseguir la eficacia de manera “subterránea”, algo que muchos lectores pueden agradecer).

Finalmente, ignoro si esta novela de López Cuadras pueda ser calificada como su “testamento” literario; es probable que no sea lo último de sus archivos y, después de todo, si tomamos en cuenta que la sofisticación narrativa tiene extraños caminos, tanto El delfín de Kowalsky como Cuatro muertos por capítulo demuestran que el escritor de Badiraguato no se durmió en sus laureles y, en sus últimos años, decidió trabajar con voluntad de riesgo.

Lo que nadie podrá negar acerca de El delfín de Kowalsky es que se trata, ante todo, de una novela (muy) divertida que sólo al final revela la calidad del prestidigitador (o “tejedor”, más bien) que la ha concebido, diseñado y escrito. Habrá que esperar lo que el tiempo depare para este libro pero, entretanto, queda sólo apuntar que el Pechocho puede muy bien robar el corazón de algún lector activista que, al conocer el destino final del malogrado cetáceo, encuentre en ello un leve destello de “justicia poética”.

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