Los monos aplaudidores del emperador

Temacapulín

|Por Roberto Castelán|

“Ya sé que aquí no aplauden” dijo desconcertado el emperador cuando después de cerrar su discurso con una amplia sonrisa y los dos brazos extendidos hacia adelante, obtuvo por respuesta un murmullo con ruido de pasos de personas que se aprestaban a abandonar el salón. Pero el eco dejado por la sonoridad de los aplausos estaba ausente. La ausencia pesó tanto en el ánimo del emperador que prometió nunca más volver a exponerse a ese vacío.

Por alguna extraña razón había olvidado a uno de los elementos esenciales para lograr el éxito en los actos políticos: los monos aplaudidores.

Los monos aplaudidores son una especie de simios encorbatados, aunque no necesariamente, cuyo adiestramiento consiste en emitir sonidos, aplausos, bravos y asentar con la cabeza en el momento preciso para contagiar con su emoción a todo el auditorio.

Su entrenamiento inicia aún antes de que aparezcan en la nómina y adquieran su primer traje. A golpes de ensayo y error, de felicitaciones y palmaditas en la espalda, de sonrisas y algunas palabras de aliento, los monos aplaudidores van aprendiendo su oficio, el cual también se hereda.

Le parecerá curioso pero en esta especie también hay niveles, segmentos, clases, ocupan lugares diferentes en la sillería pero actúan de la misma manera. Ahí desaparece cualquier división social. Los hay funcionarios siempre al servicio incondicional del emperador en turno, reconocidos empresarios, profesores, burócratas, vendedores ambulantes, profesionistas varios, periodistas y hasta familiares del sonriente emperador.

Su oficio parece fácil, pero no lo es. Cuando usted los ve ahí sentados, quietos, le pueden parecer distraídos o hasta ausentes, pero en determinado momento que solo los oídos muy entrenados podrían distinguir, aplauden o gritan, asienten o se ríen. A veces no es necesario un sonido, basta un gesto del emperador en turno, por ejemplo, una sonrisa, un brazo elevado, o una pausa para que ellos entren en trance y sin voltear a verse, sin ponerse de acuerdo, comienzan a ejecutar su acto. Si usted no conoce esta especie de monos, le parecerá que su comportamiento es espontáneo y su alegría auténtica. Pero en realidad su profesionalismo responde a años de entrenamiento constante.

Solo ellos saben cuándo y cómo hacer su acto.

Mire, le platico. Una vez, en Jalisco, un emperador alcoholizado subió a la tribuna. Los monos aplaudidores comenzaron a aplaudirle para alentar su borrachera. En un momento, el emperador borracho jalisciense, entornó los rojizos ojos y lanzó un “chinguen a su madre”. En ese momento se desató la euforia, los monos aplaudidores rieron, aplaudieron, saltaron en sus sillas y disfrutaron como nunca las alcoholizadas palabras de su patrón.

En otra ocasión más reciente, también en Jalisco, el emperador que sucedió en el trono al borracho citó a sus amaestrados monos aplaudidores para darle a su pueblo una mala noticia, grave, de esas que no se celebran.

En un momento dado, el emperador jalisciense alzó la voz, alzó un brazo y dirigiéndose a la historia dijo “inundaremos Temacapulín para beneficio de los jaliscienses”, bastó esa frase para que los monos aplaudidores entrarán en un extraño trance y pronto transformaron la solemnidad del acto en una gran fiesta, ante la indignación y el asombro de las personas normales quienes, indignadas, buscaban advertir sobre la gravedad del asunto tratado.

Los monos aplaudidores son indispensables para la democracia y para la política moderna. Sin ellos, el emperador se sentiría desnudo.

Roberto Castelán Rueda
Profesor jubilado, doctor en historia y lector
de medios impresos a punto de extinción.

Escribe el primer comentario

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*