A los muertos, la verdad

| Por  Juan José Doñán |

Según Voltaire, la primera obligación que se tiene con los difuntos es la de no regatearles la verdad. Y el escritor Fernando Del Paso, fallecido en las primeras horas del miércoles de esta semana, en un hospital de Guadalajara, no tendría por qué ser la excepción.

En muchos sentidos, Del Paso fue un buen representante tanto de las virtudes como de las flaquezas de la intelectualidad mexicana, en la definición que Alan Riding hiciera de ella cuando, hacia mediados de los años 80, la presentó como una casta favorecida por nuestro sistema político, una casta que intencionadamente, ante la ancestral escasez de lectores de nuestro país, ha recibido como compensación, toda clase de beneficios por parte de la cúpula gubernamental.

Entre esos variados beneficios gubernamentales estarían, aparte de ediciones oficiales y de la promoción de su obra, becas, premios, ventajosos y cómodos cargos en la administración pública (particularmente en el Servicio Exterior), viajes al extranjero todo pagado, homenajes, etcétera.

Y a cambio de ello, según el mismo Riding, la cúpula o elite de escritores e intelectuales mexicanos no habría tenido más obligación que legitimar a ese sistema político al aceptar como algo merecido ese trato gubernamental privilegiado, aun cuando pudieran hacerle pudieran hacerle críticas desfavorables a su benefactor.

Como intelectual inmerso en la vida política del país, Del Paso no fue –porque no quiso serlo– un espíritu soberanamente libre, es decir, un hombre de ideas capaz de decir públicamente lo que pensaba en privado. Su postura ante los poderes públicos no fue precisamente la de un intelectual crítico, a la manera de Antonio Gramsci, sino la de alguien más bien complaciente, que prefiere guardar silencio ante asuntos que escuecen a la sociedad o establecer un colaboracionismo más o menos disimulado con quienes están al frente de esos poderes.

En esta faceta bastaría con recordar el apoyo que Del Paso brindó al gobierno de Carlos Salinas de Gortari hasta en sus peores excesos. Un ejemplo de ello fue la ocasión en que firmó, junto con otros renombrados intelectuales mexicanos, desplegados de prensa para respaldar medidas gubernamentales como la aprehensión del líder petrolero Joaquín Hernández Galicia, la Quina, a principios de 1989; una aprehensión que, por cierto, fue una mascarada y sobre todo una evidente represalia de Salinas en contra del cacique tamaulipeco por el hecho de no haberlo apoyado a él, sino a su opositor Cuauhtémoc Cárdenas, en las turbias elecciones presidenciales de 1988.

Y como agradecimiento a ese “espontáneo gesto de solidaridad”, el gobierno de Salinas de Gortari echó a andar, con la colaboración de varios cabecillas intelectuales (entre ellos el propio Fernando Del Paso) el llamado Sistema Nacional de Creadores, desde donde se discurrió otorgar becas a perpetuidad a personas que, como Del Paso, fueron ungidas oficialmente como “creadores eméritos”, con una mesada vitalicia de más de quince salarios mínimos. ¿A cambio de qué? A cambio de nada, sólo por ser vos lo que sois.

Venturosamente, la obra literaria de Fernando Del Paso es otra cosa, en particular sus primeras novelas, concebidas con rigor e imaginación, aun cuando por momentos carguen con un vanguardismo demasiado ostentoso, que con frecuencia lastra la narración de sus historias antes que potenciarla.

Ese es el caso de José Trigo, Palinuro de México y, en menor medida, Noticias del Imperio, obras que, por lo demás, acabaron haciendo de Fernando Del Paso un escritor mucho más admirado que leído como podría inferirse de las más bien escasas reediciones que se han hecho de sus libros, tanto los de ficción pero sobre todo los de no ficción.

Sus obras teatrales, varias de ellas extraídas de algunas de sus propias novelas (tal es el caso de Palinuro en la escalera y también de La loca de Miramar), son mucho menos consistentes y no parecen estar llamadas a figurar en la historia del teatro mexicano; tal como ha sucedido con sus versos, que no aparecen en ninguna de las antologías de la poesía mexicana.

En cuanto a su obra ensayística, esta se encuentra igualmente a la zaga de su narrativa. Así, por ejemplo, el libro que publicó sobre el judaísmo, el islam y el pensamiento religioso en el Medio Oriente, muy poco –como poco casi nada– tiene que hacer ante los trabajos de Mircea Eliade o Edward Said.

La faceta de artista visual de Fernando Del Paso es aún menos relevante, al estar marcada por un evidente amateurismo, aun cuando haya tenido en su haber varias exposiciones, como la que llevó por título 2000 caras de cara al 2000, conformada nada menos que por ¡dos mil piezas!, expuestas en el Cabañas precisamente en el año 2000 y cuya calidad artística acabó siendo inversamente proporcional a su cuantía.

Aun cuando a inicios de los 90 Fernando Del Paso decidió establecerse en Guadalajara, donde pasó los últimos 26 años de su vida, no mostró mayor interés por la vida académica, política y cultural de su postrer lugar de residencia, con excepciones como el muy notable libro de memorias de Juan José Arreola, el cual hizo en colaboración con el propio autor de Confabulario.

Invitado a Guadalajara, a principios de la década, por el entonces rector de la UdeG, Raúl Padilla, Fernando Del Paso fungió durante más de un cuarto de siglo como director oficial de la Biblioteca Iberoamericana Octavio Paz –a la que, por cierto, Paz siempre desairó–, aunque en realidad Del Paso sólo haya sido un director meramente nominal, por no decir que fantasmal, sin ninguna responsabilidad específica.

Ejemplo de ello se tuvo a fines del año pasado, cuando un grupo de ladrones irrumpió de noche en la céntrica biblioteca, provocando un pequeño incendio que, sin embargo, causó serios daños en los murales que resguarda ese recinto patrimonial. Y ante ese hecho, el director oficial de la Biblioteca Iberoamericana brilló por su ausencia, sin decir nada al respecto.

En conclusión, no es exagerado afirmar que el recién fallecido Fernando Del Paso, a quien por ello mismo se le debe la verdad, encarnó varias las virtudes y también no pocas de las flaquezas de la intelectualidad mexicana.

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