Los ‘puentes rotos’ de Alfaro

|Por Paul Alcántar|

En su reciente libro Cartas a una joven desencantada con la Democracia, José Woldenberg explica que la democracia es retomada en los discursos de los liderazgos políticos para descalificar a los miembros de su propia clase per se y así legitimar desde su persona la representatividad que ellos tienen de frente al pueblo como si éste fuera un monolito.

A ese pueblo homogéneo, el líder o caudillo lo piensa como aquél que, una vez convencido, le da la puerta abierta para justificar aquellas decisiones que evitan el debate político. Sin embargo, en la democracia ese pueblo no es de un sentimiento único: es tan diverso, profundo y contradictorio que es necesario hacer política y no verlo como una base electoral.

Lo anterior me parece que explica mucho del comportamiento que Enrique Alfaro ha tenido en estos primeros dos meses como gobernador. Hasta ahora no sé cómo ve al pueblo de Jalisco.

Me parece que no le ha quedado claro que la democracia que él entiende, esa que llama participativa o gobernanza, está muy alejada de lo que en campaña presumió como parte de su agenda electoral y que puede ser un elemento que no le permite a su administración quitarse el freno de mano por andar distraído en construir una oposición donde coloca a Andrés Manuel López Obrador como la personificación del adversario de ese pueblo de Jalisco que, insisto, no sé cómo lo define.

Y esto tiene sentido cuando en varios espacios se ha discutido que Alfaro perdió un piso firme en su relación con la sociedad organizada a la que conoce y recluta a algunos de sus integrantes. Se dice que Alfaro ya no es el mismo y que perdió brújulas ideológicas que le daban sentido a su visión de estadista y que ahora se añora tanto en sus formas.

Lo que creo es que Alfaro siempre ha sido el mismo y entiende lo que significa maximizar sus recursos en los momentos que considera cruciales para escalar a otras posiciones. Para ello es muy importante construir adversarios, mantener un pragmatismo sólido que no permitan dudar al momento del golpe político, pero sobre todo, generar condiciones sólidas para formar un grupo político que le deba todo a él y su misericordiosa gracia. Por eso, no hay adversarios internos en Movimiento Ciudadano, por eso la operación de apropiarse del partido en sus direcciones nacionales reafirma que el alfarismo busca colocarse como una fuerza nacional que tendrá que negociar en el futuro electoral.

En esa maximización de recursos, y para crecer, Alfaro aprovechó la efervescencia de una sociedad civil combativa y visible a finales del sexenio de Emilio González, justo cuando ambos tenían frentes abiertos en contra de Raúl Padilla. Sirvió sostenerse de ella, reclutó a liderazgos importantes de la misma y legitimó la consolidación de su proyecto electoral.

El rompimiento comenzó desde la pasada elección

Sin embargo, el rompimiento con esa sociedad civil  empezó, desde mi punto de vista, cuando ganaron los municipios metropolitanos en el 2015 y abandonó progresivamente la sensibilidad de las causas.

Como alcalde de Guadalajara decide no sólo jugar en la pista de la consolidación de su imagen como opositor frente al gobernador Aristóteles Sandoval, sino que hábilmente se mueve en otros dos campos adicionales: por un lado el mecanismo de la ratificación de mandato en 2017 que le ayudó a fortalecer sólo en discurso la democracia participativa y, por el otro, la reconfiguración de sus alianzas con los poderes fácticos de Jalisco, particularmente con el líder de la Universidad de Guadalajara, Raúl Padilla con el que se había peleado en 2010.

En esa fina operación, su alianza con el también llamado grupo Universidad le abrió la posibilidad de entablar una relación más abierta con otras expresiones políticas en otros reflectores, con miras a la coyuntura nacional que tuvo como consecuencia la alianza con el PAN y Ricardo Anaya y que distrajo su atención a los problemas suscitados en los gobiernos municipales que él controlaba; haciendo de la relación con esa sociedad civil un puente cada vez más frágil.

En los tres años de cambios prágmaticos que Alfaro experimentó es difícil que retome lo que alguna vez presumía en otros espacios. Aunque  intentó establecer un nuevo contacto con su eslogan de la Refundación, el concepto le salió como el tiro por la culata. Esa salida para reestablecer contacto con las demandas y movimientos sociales en resistencia ya era una franca ruptura, y la gota que derramó el vaso fue la eliminación del Instituto Jalisciense de las Mujeres, un organismo con muchos significados históricos y simbólicos para la lucha feminista y de los derechos humanos.

Lo que estuvo en juego todo este tiempo, desde que decidieron eliminar esa institución, es la relación tensa, pero abierta, con esas expresiones de la sociedad civil, con las que una vez jugó, y que ahora inciden desde todos los espacios posibles. La forma como desoyen los argumentos hacen del gobernador un personaje que tiene tintes más claros de autoritarismo que perpetúa esta imagen que tenemos del caudillo que considera al pueblo torpe y que, por ende, hay que ir a gobernar.

El albazo que hicieron en el Congreso de Jalisco es la prueba de que la hipótesis es cierta:  Enrique Alfaro sigue distraído con los reflectores nacionales, construyendo adversarios,  pero en lo local su desgaste está llegando mucho antes que la primavera.


Paul Alcántar

Hago análisis. Toma la ciudad. Michoacano en Guadalajara.

1 Comment

  1. Las actitudes y alianzas, de estas algunas claras y otras en “lo oscurito”, que va tejiendo Alfaro, sin duda apuntan a que está, más que nada, buscando constituirse en un candidato “multifuncional” dónde se agrupen los partidos que lucharán por recrear el sistema podrido y decadente contra el cual estamos luchando la mayoría de los mexicanos, y cuya lucha encarna hasta el momento MORENA y nuestro Presidente. Que bueno que Alfaro vaya ya “enseñando el cobre” y esperemos que el actual régimen termine por sentar bases suficientes para que un muñeco de barro como este no signifique ningún peligro.

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