El lugar de Díaz Morales

Díaz Morales

|Por Juan José Doñán|

En este mes se están cumpliendo 25 años de la muerte del arquitecto Ignacio Díaz Morales y es hora de que el autor de la discutida “cruz de plazas” en el centro de Guadalajara aún no acaba de ocupar aún el lugar que merece en la historia moderna de esta ciudad.

Y ello porque mientras sus detractores, que no son pocos, lo han querido presentar como el principal destructor del primer cuadro tapatío, alumnos y discípulos suyos –no todos, vale precisarlo– se han afanado en lo contrario: en recordarlo como un dechado de virtudes, virtudes con las que se habría prodigado en beneficio de Guadalajara, principalmente de la zona más céntrica de la ciudad.

Esta doble imagen antitética e irreconciliable presenta un retrato parcial, por no decir que deformado, de un hombre de luces y de sombras, de un profesional de la arquitectura, aunque no tanto del urbanismo, el cual así como cometió errores monumentales, también tuvo de aciertos que, en justicia, no se le deberían de regatear, sobre todo a estas alturas del tiempo, cuando se ha cumplido ya un cuarto de siglo de su partida de este mundo.

A Ignacio Díaz Morales le tocó actuar en una época en la que el porvenir de una ciudad como Guadalajara podía ser decidido –y de manera irreversible– por una sola persona. Ése fue el caso del gobernador Jesús González Gallo, el Atila particular del patrimonio arquitectónico tapatío y de quien, hace 70 años, Díaz Morales no sólo fue estrechísimo colaborador, sino también un agente copartícipe en el arrasamiento de las manzanas que rodeaban a la catedral tapatía, a fin de abrirle paso al ya mencionado proyecto de la “cruz de plazas”, lo que entre otras cosas significó la demolición no sólo de renombradas fincas patrimoniales, sino de conjuntos urbanos enteros.

El gobernador González Gallo, con la ayuda de personas como Díaz Morales, jugó al pequeño Dios, queriendo hacer una ciudad a su imagen y semejanza, con los resultados que pueden verse en el centro de Guadalajara: una ciudad que, desde fines de los años cuarenta entró en un frenesí “modernizador”, poniendo en práctica, casi siempre con pésima fortuna, la peligrosa “sustitución ventajosa” propalada por Díaz Morales, tal vez inspirado por la transformación urbanística emprendida por el barón de Haussmann en el París de la segunda mitad del siglo XIX. La diferencia es que lo que en la capital francesa fue alegría, en la Guadalajara de hace casi setenta años fue una mala borrachera.

En defensa de Díaz Morales, algunos de sus reivindicadores insisten en que nunca levantó el zapapico contra el templo de la Soledad (edificado donde ahora está la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres) ni contra el palacio de Cañedo (atrás de la Catedral) ni tampoco contra el palacio Episcopal (que se encontraba en el solar donde ahora está la presidencia municipal de Guadalajara). Pero lo que no dicen los diazmoralistas, es que su defendido, que llegó a tener una gran influencia no sólo en el gobierno sino también entre el alto clero, no se opuso a la destrucción de esas nobles y agraciadas fincas ni tampoco a la de muchas otras que fueron igualmente demolidas o mutiladas.

Cruz de plazas

Díaz Morales no se distinguió por ser un defensor del patrimonio arquitectónico de su ciudad, patrimonio que se fue perdiendo masivamente ya sea por el silencio calculado de personas tan influyentes como él y, en más de una ocasión, también por la acción directa de intervenciones suyas como sucedió, por ejemplo, con el mosaico de Roberto Montenegro que durante algunos años lució el tímpano del teatro Degollado.

Al arquitecto de marras no le gustaba esa obra de Montenegro y ello fue motivo suficiente no sólo para que la desmontara –a principio de los años sesenta, con el consentimiento del entonces gobernador Juan Gil Preciado– sino para que dicha obra artística, ya sea por descuido o indolencia, sufriera graves daños y finalmente desapareciera para siempre, lo que, según José Rogelio Álvarez, nunca le perdonaron ni a Díaz Morales ni a Juan Gil Preciado el autor de la obra destruida (el gran pintor tapatío Roberto Montenegro) y quien patrocinó su hechura durante su gestión como gobernador de Jalisco: Agustín Yáñez.

Pero al lado de éstos y otros daños patrimoniales, hay más de una faceta valiosa en la carrera de Díaz Morales. Una de ellas fue la fundación, hacia fines de los años cuarenta, de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara, de donde, entre otras cosas, saldrían algunos verdaderos profesionales del urbanismo, así como de la defensa y la restauración del patrimonio construido de nuestra ciudad. Otra faceta destacable es la que lo presenta, según testimonios de alumnos suyos, como un gran enseñante de la arquitectura y de materias afines.

Como arquitecto, Díaz Morales lo mismo concibió fincas de muy buen ver (especialmente algunas casas habitación) que edificaciones de pocos o nulos atributos estéticos como sería el caso edificio Plaza (enfrente de Palacio de Gobierno) o del templo de San Judas Tadeo, tan faltos de gracia ambos.

A 25 años de la muerte del arquitecto Ignacio Díaz Morales, es preciso presentarlo de cuerpo entero, con sus aciertos y sus errores que, para bien o para mal, vinieron a cambiar para siempre el rostro de Guadalajara.

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