Mal fin

calandrias

|Por Juan José Doñán|

En los días recientes, que fueron del viernes 17 de noviembre al lunes 20 de este mismo mes, no todo mundo tuvo un “buen fin”. Y entre esos excluidos estuvieron los calandrieros de Guadalajara y los vecinos de Colinas de la Normal y Miraflores.  Estos últimos recibieron la desagradable noticia de que les habían cambiado el prometido parque público, en el terreno que ocupó la Federación de Estudiantes de Guadalajara, por el nuevo Planetario.

Vale decir que originalmente ese predio de dos hectáreas fue la donación municipal que, hacia fines de los sesenta, la Inmobiliaria San Pablo entregó al Ayuntamiento Guadalajara, a fin de que se dotara a las mencionadas colonias de espacios públicos, dedicados a la recreación y a la vida comunitaria.

Pero en lugar de ello, la administración municipal de Efraín Urzúa Macías cedió ese terreno al gobierno de Jalisco, que a su vez no sólo se lo entregó para su usufructo a la Federación de Estudiantes de Guadalajara, sino que la Secretaría de Obras Públicas construyó en ese predio las instalaciones de la tristemente célebre FEG como premio por su abierto colaboracionismo con el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz y en contra del movimiento estudiantil de 1968, que terminó con la matanza de Tlatelolco, el 2 de octubre de ese año.

Luego del colapso de la FEG, en 2009 y de la demolición de sus instalaciones, ya en la presente administración estatal, el gobernador Aristóteles Sandoval prometió a los vecinos de la zona convertir ese terreno en un parque público, promesa que el primer mandatario del estado pretende evadir, pues, contra la voluntad de los burlados colonos, ahora se pretende construir ahí la nueva sede del Planetario Severo Díaz.

Otro grupo de ciudadanos burlados e incluso vejados por la autoridad (en este caso por el gobierno de Guadalajara) es el de los calandrieros, particularmente aquellos que pugnan porque no desaparezcan del paisaje tapatío los tradicionales carruajes tirados por caballos.

Y es que, como se sabe, el alcalde Enrique Alfaro, con el respaldo de los regidores tapatíos, con la excepción de los ediles del PRI, discurrió terminar con las típicas calesas tiradas por caballos para sustituirlas por vehículos automotores eléctricos. Y como para que no quedara duda de este descocado proyecto, el gobierno alfarista decidió prohibir de forma terminante, en todo el municipio de Guadalajara, el empleo de caballos de tiro, con el argumento balín de que enganchar equinos a una calesa equivale a un acto de “maltrato animal”. ¡Órale!

Por principio de cuentas, es de destacarse la ignorancia supina de varios funcionarios de Guadalajara, comenzando por la persona encargada de la oficina de dizque Protección Animal, una señora o señorita de apellido Gómez Pozos. Esta persona y otros funcionarios tapatíos pasan por alto que, histórica y aun prehistóricamente, con la domesticación y el trabajo de varias especies animales el ser humano pudo prosperar como especie y construir eso que se llama civilización, incluida la idea del Estado, de la cual ahora forman parte el señor Alfaro y colaboradores que lo acompañan.

También parecieran ignorar los susodichos que no todos los animales domésticos son iguales ni se han empleado para lo mismo. Así, por ejemplo, a diferencia de cánidos y felinos menores (perros y gatos, pues), que actualmente sirven sobre todo de mascotas y como animales de compañía, o de las especies usadas desde tiempos inmemoriales para el consumo humano (bovinos, ovinos, porcinos, caprinos y diversas gallináceas), los caballos y las acémilas como las mulas, además de los bueyes y los camellos, han sido animales de trabajo, aquí y en China y en otros países del lejano y del cercano Oriente.

Eso es lo que parecieran no entender ni el alcalde Enrique Alfaro ni colaboradores suyos como Gómez Pozos, en el caso de las calandrías tiradas por caballos y súbitamente proscritas por un arbitrario decreto municipal. Todos esos funcionarios han venido derramando lágrimas de cocodrilo, aduciendo un falso, o por lo menos indemostrable, maltrato a los equinos que mueven a las tradicionales calandrias de Guadalajara.

Y a la par de este impostado celo animalista, de manera hipócrita y cínica esos funcionarios tapatíos se han hecho de la vista gorda en casos de evidente y flagrante maltrato animal como el que reciben los toros de lidia, que son torturados y posteriormente sacrificados en la llamada “fiesta brava”, o en el caso los palenques, con las peleas de gallos, donde el ave perdedora muere y la ganadora queda inutilizada o herida de gravedad.

Interrogada sobre estos casos de incuestionable maltrato animal, la directora de Protección Animal dio, esta semana, una respuesta que coquetea entre el cinismo y el ridículo, al decir que ni ella ni otros funcionarios tapatíos pueden hacer algo al respecto, porque “el reglamento” se los impide. ¡Ja, ja! O sea, como las corridas toros y las peleas de gallos son cosa de los finolis o de los nuevos ricos, y los circos y las calandrias, les interesan sobre todo las clases populares, la moraleja vuelve a ser aquella de que lo que en el rico es alegría, en el pobre es borrachera, cuando no delincuencia.

Y, por lo tanto, como las élites sociales son poderosas e influyentes, nuestras autoridades se dedican a fastidiar a quienes no forman parte de las fuerzas vivas ni de los poderes fácticos como los injustamente estigmatizados calandrieros, quienes, mal que les pese a varios integrantes de la administración alfarista, gozan del aprecio de la sociedad y se ganan la vida honradamente, paseando e instruyendo a los turistas por calles de Guadalajara y cuidando a sus bestias porque éstas son su medio de sustento, así como del sustento de sus familias.

Esa creciente hostilidad del alcalde de Guadalajara y de funcionarios anticalandrieros llegó al colmo precisamente durante el primer día del “buen fin”, cuando empleados del Ayuntamiento de Guadalajara, valiéndose de la fuerza pública, por no decir que abusando de ella, les incautaron caballos y carrozas a varios calandrieros, fastidiando, de pasada, a las personas que habían contratado su servicio, entre ellos algunos turistas que, de seguro, no se habrán llevado una buena impresión de Guadalajara.

Lo dicho, ni los calandrieros ni los vecinos de Miraflores y Colinas de la Normal tuvieron un “buen fin”, y ello gracias a nuestros, dizque, “servidores públicos”.

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