Matándose en las calles

| Por Roberto Castelán |

¿A los cuántos muertos una situación se convierte en relevante? Por ejemplo: si en Lagos de Moreno en un fin de semana asesinan a siete jóvenes, ¿son muchos? ¿Se puede decir que es un hecho relevante en el Estado? ¿Tiene alguna importancia para alguien?

No, está bien, de acuerdo. Sólo era una pregunta. La ociosidad del jubilado a veces me hace desviar la mirada hacia temas irrelevantes. Apenas un ocioso puede ocuparse de ellos. La contemplación es la madre de todos los vicios y una cruel distorsionadora de la realidad. Perdón. Pueden seguir con lo que estaban haciendo. Demasiados problemas hay en el mundo, demasiadas dificultades encuentra uno para llevar el cotidiano pan a la casa, como para además, preocuparse por los problemas de los otros.

Sólo son muertos, jóvenes de 14, 17, 20 años, asesinados en las banquetas y en los pórticos de sus casas, con el cráneo y el resto del cuerpo destrozados por balas de alto calibre. Algo mal andarían haciendo para morir de esa manera. “Es muy fácil que se confunda eso con que en las calles están matando a personas comunes y corrientes”, como dice el político tapatío de moda.

Me acordé del entrañable César López Cuadras. Cuando veíamos pasar a un camión urbano atestado de pasajeros, dejaba por un momento su cerveza, perdía la mirada en lontananza y sentenciaba solemne: “mira nada más, las agencias de carros llenas, no se les venden, y estos, en lugar de comprarse un carro, prefieren andar trepados hechos bola en el camión. Dijeras, no hay, los carros están escasos, pero ahora te los puedes llevar hasta sin enganche, y míralos. Les gusta sufrir. Quién les entiende” y volvía meditando a su cerveza.

Tan fáciles que son las cosas. Tantas oportunidades que nos brinda la vida, y qué necesidad, qué obstinación por andar sufriendo. Esos jóvenes bien podrían estar inscritos en el Campus Party, pero no, prefirieron hacer otras cosas. Por eso su muerte no es relevante para nadie. Ellos son los únicos responsables. Nosotros somos buenas personas.

Mientras menos relevante consideremos su muerte, menor será nuestro sentimiento de culpa, menor nuestra responsabilidad. ¿Cómo puedo ser responsable por el crecimiento del crimen y por la decisión que tomaron esos jovencitos? ¿Qué tengo yo, persona de bien, que ver con sus muertes?.

“Llo por eso cuido a mis ijos”, se lee en alguno de los comentarios a las notas sobre el crimen. “Eyos ce lo vuscaron”, sentencian las buenas conciencias del pueblo y respiran aliviados. “Están limpiando al puevlo de lacras”, exclaman satisfechos los otros participantes del drama, que se creen simples espectadores. Hasta que son llamados a escena.

La autoridad hace lo que humanamente puede. ¿Están rebasados? No, para nada. Son rachas, periodos. Pero así no son las cosas aquí. La gente puede estar tranquila, ninguna actividad se ha visto interrumpida. No hay necesidad ni de que el municipio limpie la enorme mancha de sangre seca de las banqueta. Para qué. Ni que fueran tantos los muertos.

Lo mejor es desviar la mirada, volver a lo nuestro. A nuestras verdaderas responsabilidades. Pensemos que la ética es una palabra con la que le gusta molestar a los filósofos y vámonos concentrando en el próximo periodo electoral. Eso es lo relevante. No la gente que escogió la calle para que la asesinen.

 

Roberto Castelán Rueda

Profesor jubilado, doctor en historia y lector
de medios impresos a punto de extinción.

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