En memoria de Fernando Carlos Vevia

|Por Juan José Doñán|

El sábado de la semana pasada murió, a los 82 años de edad, uno de los mejores maestros que ha tenido la vida universitaria tapatía en el ámbito de las letras y las humanidades: Fernando Carlos Vevia Romero. Originario de Madrid, llegó a Guadalajara en 1973 y un par de años después comenzó a desarrollar una fructífera labor docente y académica en la Universidad de Guadalajara: primero en la Escuela de Graduados; luego en la desaparecida Facultad de Filosofía y Letras, y finalmente en los departamentos de Letras y Filosofía en el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades.

Con motivo del deceso del maestro Vevia, el miércoles de esta semana hubo un homenaje en memoria suya en el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara, acto en el que se vertieron palabras de elogio sobre su persona, comenzando por las pronunciadas por el propio rector de la UdeG, y se sucedieron igualmente las guardias de honor en torno a la urna que contenía las cenizas del difunto. En esas guardias participaron incluso funcionarios que en otro tiempo llegaron a tratar con desdén y hasta con hostilidad al ilustre desaparecido. Y ello por risibles prejuicios ideológicos. Estamos hablando, desde luego, de otra época, de la última etapa de la Guerra Fría, cuando en ciertos ámbitos universitarios como el tapatío había algo más importante que la competencia intelectual: y ese algo era ser –o al menos declararse– partidario del credo ideológico o político de las autoridades universitarias de ese momento.

Y es que para fines de los años setenta y principios de los ochenta –todavía durante el gobierno de Flavio Romero de Velasco en Jalisco y de Luis Echeverría en el país– la UdeG era una universidad sobreideologizada, con un grupo directivo que se asumía como de ideas socialistas, aliado de la Revolución Cubana, de las guerrillas centroamericanas y que decía compartir el legado del malogrado presidente chileno Salvador Allende, quien algunos meses antes de su asesinato había estado en el campus universitario udegeísta, acompañado por su homólogo mexicano, el mencionado Luis Echeverría.

A raíz del golpe de estado de Augusto Pinochet, en 1973, y de las dictaduras militares que, durante la década de los setenta y con el respaldo del gobierno de los Estados Unidos, padecieron varios países de Sudamérica, algunas universidades públicas mexicanas abrieron sus puertas a maestros y académicos que se habían visto obligados a abandonar su patria. La UdeG, en particular, incorporó a su cuerpo docente a un buen número de esos sudamericanos exiliados –entre los que había profesores competentes y otros no tanto–, a los cuales la cúpula directiva udegeísta les brindó un trato ostensiblemente mejor que el que recibían los mentores de casa y ya no se diga aquellos que procedían de naciones que no eran vistas con mucha simpatía como la España recién salida de la dictadura franquista.

Ésa fue la causa principal por la que, por ese entonces, maestros tan competentes como Rosario Heras de Morfín y Fernando Carlos Vevia apenas si eran tolerados marginalmente en el claustro universitario udegeísta, alegando en su contra cosas tan tontas como que ambos habían trabajado en la España de Franco y, por lo tanto, debían ser franquistas, o que los domingos iban a misa, lo que en opinión de algunos mandos medios y bajos de la universidad pública de Jalisco era algo así como una abominación, pasando por alto el derecho constitucional y universal que todo individuo tiene a la libertad de conciencia, o a creer o no en una religión.

Al paso de los años y a diferencia de sus colegas sudamericanos, quienes terminaron por regresar a sus países de origen, el recién fallecido maestro Vevia se arraigó en Guadalajara, enriqueciendo notablemente con su sabia presencia la vida académica e intelectual de la capital jalisciense, hasta el punto de haberse despedido de este mundo, apenas el pasado 27 de abril, con la pluma en la mano, trabajando en la tierra que escogió parta vivir como el ensayista riguroso y el traductor políglota que siempre fue, especialmente luego de su retiro de las aulas, en las que durante más de tres décadas lució muchas de sus mejores prendas intelectuales.

Con una muy sólida formación filosófica, literaria y lingüística, con el dominio de media docena de idiomas (entre modernos y clásicos), con unas dotes extraordinarias para la enseñanza y una vocación fuera de lo común para desempeñar ese ejercicio, Fernando Carlos Vevia fue, por mucho y durante décadas, el mejor maestro –y también el más riguroso y el más ameno– que pasó por las aulas de la antigua Facultad de Filosofía y Letras, así como por varias de las carreras humanísticas que, a partir de 1993, comenzaron a impartirse en el CUCSH.

Varios de los libros que publicó Fernando Carlos Vevia nacieron de los apuntes y notas que había elaborado para sus clases. Pero aun cuando se trata de apuntes y notas muy valiosos, fueron apenas los andamios para la gran arquitectura intelectual y magisterial que el maestro solía desplegar, de manera por demás elocuente, persuasiva y brillante, en el aula.

Y pensar que durante sus primeros años en Guadalajara tan fino y extraordinario maestro, para quien el conocimiento y la enseñanza eran algo más que motivo de respeto, por no decir algo sagrado, tuvo que ganarse el pan dedicando parte de sus energías a pedir que alumnos de secundaria guardaran silencio. Algo que, haciendo un símil automovilístico, equivaldría a poner un Ferrari a correr en terracería.

Entre las muchas prendas intelectuales y morales de Fernando Carlos Vevia, estuvo su generosidad, su discreción y su gran calidad humana (nunca hablaba mal de nadie), así como su extrema modestia, la cual llegaba hasta el punto de minimizar cualquier mérito o logro propio. Así, por ejemplo, un día buen quienes tuvimos el privilegio de asistir a sus espléndidas clases no enteramos por otra persona que nuestro admirado maestro había formado parte del selecto equipo de filólogos y humanistas que, coordinados por el insigne jesuita Luis Alonso Schökel, tradujo de las lenguas originales la Nueva Biblia Española, la cual fue publicada a principios de los ochenta por la Editorial Cristiandad.

Así de grande y de modesto fue Fernando Carlos Vevia Romero. Descanse en paz.

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