Mentiras y sonrisas

|Por Mauricio Ferrer|

La sonrisa de Ricardo Anaya es el equivalente a la nariz de Pinocho: entre más la ensancha y muestra los dientes, más crecen sus mentiras como la nariz en el personaje creado por el escritor italiano Carlo Collodi, e inmortalizado en los dibujos animados de Disney.

Parece muy falsa la sonrisa del candidato presidencial de la coalición Por México al Frente (PAN-PRD-MC) en cada debate, en cada fotografía, en cada mitin.

Y esa falsedad la ha llevado al extremo: al de la ambición, sin importar por encima de quién tenga que pasar.

En los dos de tres debates presidenciales que se han llevado a cabo, el panista ha esgrimido “pruebas” y “argumentos” que, según él, ponen al descubierto la presunta corrupción de su contrincante de la coalición Juntos haremos historia (Morena-PT-PES), Andrés Manuel López Obrador, quien este 2018 intenta por tercera vez ganar la Presidencia de la República.

Hago aquí un pequeño paréntesis (quizá usted lector me corrija). Desde 2000, cuando se intentó quitarle el fuero al entonces Jefe de Gobierno, no ha habido una investigación, una prueba contundente de actos de corrupción.

Los detractores de AMLO han esgrimido cientos, miles de argumentos. Que Gustavo Ponce (el de Las Vegas, ex secretario de López Obrador en la jefatura de Gobierno), que René Bejarano (el de las ligas y ex secretario particular del tabasqueño), que Eva Cadena (ex candidato de Morena a Las Choapas, Veracruz, que presuntamente recibió 500 mil pesos para la campaña del abanderado presidencial), en fin, varios escándalos en torno a esta figura.

 

Sin embargo, nunca una que lo delate directamente. Nada parecido a la Casa Blanca de Peña Nieto o el presunto lavado de dinero por 54 millones de pesos en el que se ha visto envuelto Anaya, por la compra-venta de un inmueble. Es decir, nunca una acusación directa; todas han sido a su círculo cercano, pero no a él.

López Obrador, sin duda se ha equivocado en marcar una línea tajante con los políticos cercanos que han sido descubiertos en corrupción. Eso no se discute. También ha sido poco transparente en la lana que ha obtenido estos años para vivir. Tampoco se discute, pues creo que hacerlo, sería un buen revés para sus contrincantes.

Que sea un huevón, como dicen los antipejes, no lo creo. Nadie ha recorrido el país de pies a cabeza como él.

Pero de regreso a lo de Anaya. La campaña del panista se ha erigido sobre los cimientos de la desinformación, de la falta de credibilidad en algunos medios de comunicación, del desinterés de un amplio sector de la población por informarse, de las fake news, de la apatía, del clientelismo, de la ambición, del miedo. De la ignorancia. Ha construido su campaña con la manipulación; al estilo del PRI de siempre.

Que alguien le diga que existen ya las redes sociales. Que sus asesores le escriban en sus tarjetitas que desde hace algunos años, la información vuela rápido en la Internet. Que así como se propagan mentiras, también se conocen en fracciones de segundos, minutos, datos reales.

Primero quiso apantallar con que López Obrador, en uno de sus libros, había mencionado que el empresario Alfonso Romo (quien forma parte de la campaña de AMLO), era un corrupto. Falso. Luego presentó un libro propio. Nadie lo ha visto. Y la más reciente, la edición de una portada de la revista Proceso, en la que pretendía atacar a sus contrincantes. Le resultó contraproducente.

Lo bueno de todo esto, es que Ricky Riquín Canallín, ahora Mentirosín, es inspiración para los grandes creadores de memes en las redes sociales.

Nos produce una sonrisa verdadera en el rostro a partir de la suya, falsa.

Mauricio Ferrer trabajó por más de una década en medios de comunicación nacionales y locales.

Hoy es servidor público.

Extraña mucho el sonido del teclado al momento de redactar datos, ideas, historias, pensamientos.

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