Ser mujer, joven y de izquierda en la política mexicana

|Por Claudia Ramírez Ramos*|

A muchos pudiera parecerles este texto un pequeño espacio de catarsis, y tal vez lo sea un poco, pero puedo asegurar que más allá de experiencias individuales o personales tras estas líneas podrán leerse aspectos culturales de nuestro país: quiénes y por qué toman las decisiones públicas, perfiles sociodemográficos de quienes -al parecer de una gran mayoría- son los que deben ejercerla; y el cómo se vive la política mexicana siendo todo lo que según no debes ser para tomar decisiones de interés público en nuestro país.

Hagamos un ejercicio muy sencillo, cuando pensamos en política ¿a qué tipo de persona nos imaginamos ejerciéndola? Estoy dispuesta a apostar que una gran parte de la población se imagina a un hombre blanco, en sus 40’s, de familia acomodada, que muy posiblemente sea económicamente privilegiado y que ha tenido una educación en escuelas privadas o inclusive en el extranjero. Y no, si imaginaste lo mismo no está mal, no eres una mala persona ni tiendes a la generalización estereotípica, imaginas a un personaje así de específico porque simplemente y en su gran gran mayoría son personajes así quienes encontramos en la política mexicana y que son los que verdaderamente toman las decisiones que repercuten en la  población.

¿Y qué pasa cuando eres todo lo contrario a lo que el imaginario colectivo te marca? Imaginemos la política como una obra de teatro, y bajo esta metáfora pensemos en la repartición de los papeles. Existe por default una cuota de género que asegura que un porcentaje establecido de personajes será interpretado por mujeres, el problema cae cuando los papeles protagónicos los ocupan hombres, y a las mujeres les toca un papel no sólo secundario sino que muchas veces hasta escenográfico. Mientras un hombre interpreta un personaje completo y elaborado, a una mujer le toca ser el “árbol #2”. Así bien por una parte el rol de las mujeres en la política; pero, ¿qué pasa cuando no sólo eres mujer sino que también eres joven?

En una obra completamente adultocentrista, donde se piensa que los años son igual a experiencia, si por ser mujer te tocaba ser un árbol, cuando eres mujer y joven te reparten el papel de “Piedra #46”, y si eres mujer, jóven y aparte tu ideología no sólo es progresista sino que choca y compite con aspectos que comparten la mayoría de los actores protagónicos: pues olvídate, te van a mandar de telonera, simplemente no te van a dar derecho de aparecer en el escenario. Pero todo este pesimismo no significa que nunca podrás actuar en la obra, sino que te tocará luchar con más fuerza, con más ímpetu, con muchísima más inteligencia y estrategia de lo que podría tocarle a alguien que por naturaleza reúne todos los requisitos que creen (basado en absolutamente nada) que son básicos para ejercer ese papel.

Pues bueno, eso pasa en la política mexicana y es importante hablar de ello, ponerle nombre a las cosas y llamarlas como deben ser llamadas, este texto en particular habla de una cuestión muy simple: vivimos en un México machista, adultocentrista y con una limitada izquierda, cuya representación está depositada en personajes que son más de un centro derecha que de una izquierda que defienda los derechos humanos y las libertades individuales de los ciudadanos sin que sea el Estado quien decida o no reconocerlos a  cada persona.

¿Qué pasa cuando una mujer, joven y de izquierda vive la política día con día? Bueno, al menos durante los primeros minutos eres invisible en las reuniones en las que apareces por primera vez. Automáticamente creen que es tu primer trabajo o tu primera experiencia y acercamiento con la política. Te juzgan de idealista, de inocente y sobre todo de ignorante. Centran la discusión hablando entre ellos (porque sí, la gran mayoría de las reuniones son abarcadas por este perfil del que hablábamos anteriormente: hombres, pasados de los 40 años y en su gran mayoría conservadores). Te ves obligada a tomar la palabra prácticamente a la fuerza porque ¿ellos cederla? ¡imposible! Te miran con incredulidad, y muchas veces tienden a interrumpirte o corregir hasta la hora. Sin embargo, a medida de que vas hablando y demostrando experiencia e inteligencia, sus semblantes cambian de incredulidad a un deje de enojo: sí, les enfada que alguien que no cumple con sus requisitos sepa algo que tal vez ellos ignoraban.

Con el tiempo, las reuniones van cambiando. Cada vez tienes que interrumpir menos porque tu opinión es respetada, cuestionada; y en muchas ocasiones, después de muchos enfados, se te cede la razón cuando la tienes. Sin embargo, ya entrada la confianza, te enfrentas a demonios diferentes como el machismo, constantemente hay chistes misóginos de los cuales te hacen cómplice en un par de ocasiones, existen coqueteos “inocentes” que caen en el acoso; caricias y saludos que fingen ser amistosos, porque aparentemente si no les recuerdas a su hija, les recuerdas a su esposa.

A lo largo de mi vida profesional, me he encontrado con mujeres que luchan de la misma manera que yo o de manera distinta en el ámbito político. He aprendido muchísimo de cada una de ellas, y al día de hoy puedo asegurar que mis mentoras me han dejado enseñanzas que no hubiera aprendido de cualquier persona. Porque no sólo he aprendido del tecnicismo del ámbito político sino también al trato a las personas involucradas en él: cómo ser tomada en cuenta, cómo y cuándo alzar la voz, mostrar fuerza o delicadeza, el arte de la negociación y, por qué no, también de la manipulación.

Pero no todas mis experiencias con mujeres en la política han sido buenas y perfectas. “Siguen siendo hombres”, me dijo una alguna vez. “A veces tienes que comportarte como hombre para que dejen de verte sólo como una mujer”, me comentaron en otra ocasión. “Con estos cabrones, si tienes que dejarte el bigote para que te tomen en serio, te lo dejas”; por suerte no he tenido que aplicar esta práctica en particular. “Se atraen más moscas con miel que con vinagre”, me repetía una en varias ocasiones.

Muchas personas inclusive aconsejan un comportamiento, a mi parecer errado, para fingir ser todo lo que no eres: pararse en posiciones incómodas para lucir más seria, vestir bajo una gama de colores sombríos y opacos porque a sus ojos usar colores divertidos y alegres es exclusivo de la ignorancia, usar zapatos de tacón en toda ocasión a pesar de su lamentable incomodidad, agravar la voz al hablar de temas fuertes o durante una negociación, posturas poco naturales para demostrar seguridad y poder, tocar el antebrazo durante un saludo, apretar con fuerza la mano del otro durante un estrechamiento, o levantar la voz por encima de tu opositor para que sea tu voz la que termine por ser escuchada. Este tipo de comportamientos generan no sólo incomodidad para aquel quien los hace sino también para gente ajena al escenario político, y lo único que genera verdaderamente es un distanciamiento. No demuestra poder sino prepotencia, no demuestra habilidad sino que termina por aislar a la política y sus personajes de la sociedad.

Pronto dejaré de ser categorizada como “joven”, pero nunca dejaré de ser mujer y sé que en cualquier nueva experiencia en la que entre en el escenario político tendré que luchar por dejar de ser parte de la escenografía para ganarme el papel protagónico. Tendré que seguir luchando más de lo que muchos y muchas han tenido que luchar por algo en su vida entera, y tal vez hasta tenga que sacrificar cuestiones de mi vida personal como he hecho hasta el momento. Al final, estoy dispuesta a ello. Ahora, por lo menos, créanme que no soy una piedra en el escenario ni tampoco soy un árbol; aunque todavía no tengo el protagónico. Lo que sí sé que tengo y tenemos es las capacidades suficientes para que ese papel sea nuestro dentro de poco. Sigo creyendo en una política democrática, justa, amable y solidaria, sigo jugando limpio, alzando la voz cuando es necesario, robando la palabra cuando es necesario, de mi parte la lucha sigue.

Es hora de que creamos y efectuemos una realidad básica, las mujeres no somos de adorno, ni en la casa ni en la política, no somos ni debemos ser vistas como una cuota con la que se debe de cumplir, no somos levanta manos, ni tampoco somos la hija, la esposa o la amante de nadie. Al igual que cualquier otra persona inmersa en la política, somos representantes cuya contribución a lo público es valiosa y fundamental. La política es inherente al ser, independientemente de su sexo, género o identidad sexual así como de nuestra edad: tomémosla como tal.

*Polítóloga, feminista, defensora de Derechos Humanos. Haciendo Wikipolítica en el Congreso del Estado desde el equipo de Pedro Kumamoto.

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