Yo no confío en Musk

Si pudiéramos preguntar a personas que vivieron en el siglo XIX como imaginarían las ciudades en el 2017, muy probablemente enlistarían una serie de visiones futuristas que mejorarían la vida humana.

Hablarían de globos voladores que transportarían humanos y ferrocarriles híperveloces. Los más imaginativos podrían incluso aventurarse en narrar carruajes mecánicos que nos permitirían trasladarnos de un lugar a otro.

Nadie podría haber anticipado que provocaríamos cambios climáticos en el mundo o que sobrepoblaríamos el planeta, o que el aire que respiramos estaría lleno de olores y contaminantes que ni se imaginaban que podían existir. Difícilmente alguien podría hablar de la explotación de hidrocarburos, de las guerras por su control o del riesgo enorme que representaría un desabasto repentino. Ningún habitante del siglo XIX podría estar demasiado tiempo en nuestras ciudades: enloquecería por la cantidad de ruido que debería soportar.

Aun así es fácil imaginar cómo nos metimos en este espiral sin salida. La línea de producción de Henry Ford y la producción en masa, la explotación del aparentemente inagotable petróleo, los empleos generados por la masiva edificación de carreteras en todo el mundo, la economía creciente y la posibilidad de llevar confort y bienestar a amplios sectores de la población se convirtieron en el modelo social dominante en el mundo. Nos embriagamos con un sueño de progreso y confort infinito.

Hasta que aparecimos los pesimistas. El modelo tiene un límite, el agotamiento de recursos y los riesgos ambientales y sociales que implica seguir con un modelo de explotación masiva que sólo ofrece a cambio confort, pero que además provoca otros malestares y cambios que ni sabemos los problemas que podrían ocasionar –como la obesidad o la exposición constante al ruido– tendrían que fomentar una transformación a fondo de la manera en que producimos, nos organizamos y nos vinculamos socialmente.

Muy poco a poco, en todo el mundo han ido apareciendo alternativas en muchos campos de acción, desde la movilidad sustentable y el comercio local, hasta sofisticados mecanismos de producción cooperativa e intrincados sistemas de gobierno colectivistas y participativos. Estos nuevos modelos, frágiles, apenas bosquejan un posible futuro más autónomo y equitativo.

A pesar de ser una minoría, durante la última década hubo un incremento de personas dispuestas a modificar sus hábitos, a renunciar a algunas condiciones de confort y provocar una nueva sociedad más justa paulatinamente.

Pero ahora el mensaje masivo es otro. Una vez más, como en la era Ford, un capitalista disfrazado de héroe vuelve a vendernos la idea de que es posible un futuro lleno de lujos y confort para todos. Las mentes se conectaran con las máquinas y seremos cyborgs, los automóviles serán eléctricos, inteligentes y circularán fuera del tráfico en una intrincada red de túneles subterráneos en las ciudades, la energía será infinita y gratuita, estableceremos colonias humanas en marte y por supuesto acabaremos con todas las enfermedades. Todas mis redes sociales parecen vitorear el nombre de Musk, oh gran salvador.

La tecnología ya nos había ofrecido antes el paraíso y ni imaginábamos lo que ocasionó. Mi pregunta es ¿estamos listos para los posibles colaterales de una segunda gran aventura global tecnológica?

Felipe Reyes
Acerca de Felipe Reyes 16 Artículos
Arquitecto, ciclista y disentidor ocupado en urbanismo y movilidad

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