Esos que nos visten hoy

Un niño camboyano de ocho años pegó las etiquetas de la camiseta que usa mi hijo, Matías, quien también tiene ocho años. Lo hizo en una fábrica textil a la que el niño fue vendido. Ahí trabaja doce horas diarias y los días de descanso son una utopía.

Así son a veces las cosas en Camboya, que ha resultado un paraíso para los productores trasnacionales de indumentaria, por lo barato que resulta producirla y la desprotección de derechos laborales. Necesitamos inversiones extranjeras, se justifican los gobiernos de los países en desarrollo, como México.

En todo el mundo, miles de trabajadores invisibles alimentan la voracidad de una industria que cada vez impone más cambios de temporada y, gracias a ellos, genera 2.4 billones de dólares anuales, según el informe Pronto no habrá mucho que ocultar. La transparencia en la industria de la confección, generado en 2017 por el organismo internacional de derechos humanos Human Rights Watch (HRW).

¿Quién produjo lo que nos pusimos hoy?

La pregunta resurgió en abril de 2013, cuando la vida de casi 1,200 trabajadores de la industria textil se aplastó bajo una fábrica de ocho pisos, en un sitio que era conocido como Rana Plaza, en Dacca, Bangladesh.

Plaza Rana, se supo más tarde, producía prendas en condiciones terribles, que serían distribuidas por compañías como Benetton, Mango y el agrupo Inditex, de Amancio Ortega, uno de los hombres más ricos del mundo y dueño de tiendas como Zara, Pull&Bear, Massimo Dutti, Bershka, Stradivarius, Oysho y Uterqüe.

Si uno esculca un poco más, el panorama es decepcionante porque del desastre participan tiendas que juran responsabilidad social.

Las investigaciones que tras la tragedia han realizado organismos como HRW y Save the Children, han revelado que en el tema de la industria textil, empresas establecidas en países como Bangladesh, India, Birmania, El Salvador y Camboya tienen fama como las peores explotadoras de personas, niños incluidos, con prácticas francas de esclavitud moderna.

Sólo en Nueva Delhi, unos ocho mil niños trabajan —en condiciones nefastas—, documentó en 2015 el informe The Hidden Workforce, que hizo Save the Children.

En realidad, la industria de la confección y hechura de prendas, igual que el resto de la producción masiva de bienes, tiene una historia geográfica y económica. En el decenio entre 1950 y 1960, Japón fue un productor importantísimo de prendas de vestir, que al final resultó muy costoso. Para pagar mano de obra más barata, las grandes fábricas se trasladaron a Corea, Taiwán y Hong Kong. En los años ochenta del siglo XX estos países también se volvieron poco rentables, por lo cual la producción se fue moviendo a Asia, relata Miguel Ángel Angulo Luna, de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en Perú.

Y a poco no, no hay algo más invisible que un trabajador asiático, no importan su edad ni sus condiciones de salud.

“Mientras tus competidores sean chinos o sean vietnamitas o sean bengalíes, que tienen unos costos laborales muy inferiores a los tuyos y una serie de normativas, no puedes competir, porque tienes unos costos muy elevados […] Está montado así, no hay mucho qué pensar”, se encoje de hombros César Laborda, gerente de Iberasia, en una entrevista con La Sexta. El empresario español admite que los salarios mensuales por producir moda en aquel país son de entre 140 dólares, unos 2,660 pesos mexicanos, y 250 dólares, unos 4,750 pesos.

¿Qué hacemos? Juro que no se me ocurre una respuesta clara. Quizás revivir el mercado local, regresarle el trabajo a las costureras de barrio, llevar la ropa usada en buenas condiciones a sitios de recolección… Por lo pronto, saber cómo se manufacturan las prendas que tramos puestas.

¿Qué se les ocurre a ustedes? ¿A quién quieren pagarle su dinero esta temporada?


Agradecemos a volver vintage y memoria por compartir este contenido.

Vanesa Robles
Acerca de Vanesa Robles 25 Artículos
Soy Vanesa Robles // La casualidad me hizo nacer en Guadalajara, México // La vida me hizo periodista, y la elección me hizo pobre y feliz.

1 Comment

  1. Gracias Vanesa por hacernos pensar en eso que creemos que no existe y sabemos que sí… Tristemente, la “moderna” esclavitud está ocurriendo en los niños trabajadores de la industria textil.

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