Nosotros matamos a Javier

¿Qué van a decir de Javier Valdez los que llamaron criminales a los 43 y no vieron el crimen de Estado en su desaparición?

¿Qué van a decir de Javier Valdez los que dicen que los feminicidios no son problemas urgentes o los que marcharon por la intolerancia y por el odio, fingiendo que marchaban por la familia?

¿Qué van a callar de Javier Valdez los que se aplaudieron a sí mismos, pretendiendo que le aplaudían al doctor Mireles cuando salió de la cárcel?

¿Qué dice de nosotros la muerte de Javier Valdez? ¿Qué dice de nuestro país, de nuestra sociedad, de nuestras instituciones políticas, de la situación de vulnerabilidad de los valientes?

¿Qué dice de nosotros lo que decimos y pensamos de Javier ahora que él ya no puede decir ni pensar nada?

Los que no quisieron ver criminalidad en Tlatlaya, los que llaman a los maestros revoltosos, a los estudiantes criminales y a las mujeres asesinadas putas; dirán seguramente que es un caso aislado, que periodista que juega con fuego se quema y que para vivir en paz hay que entender que el cambio está en uno y barrer la banqueta y regar el jardín. Que la paz se construye desde el silencio cómplice del que agacha la cabeza y mira al piso. Dirán eso y se encerrarán en sus cuartos a cerrar los ojos y seguir tragando mierda y negación.

Habrá quienes dirán que se lo merecía por andar hurgando en la basura, otros pondrán en duda su integridad y dirán que andaba en malos pasos. Otros, los encumbrados en el poder, se alegrarán sin decirlo de que haya caído alguien que iluminaba los rincones más oscuros del alma de la patria, poniéndolos en ridículo al exhibir la complicidad de las autoridades con los crímenes más atroces.

En los diarios se publicarán esquelas, en los portales periodísticos como este, notas larguísimas, argumentos sesudos y soliloquios como el mío. Muchos compartirán la plana con las fotos de los 10 gatos más tiernos de la semana, el paseo de Maluma en Andares o el test sobre qué personaje de Harry Potter eres. La muerte es hoy hermana de la frivolidad en un país donde la violencia se ha normalizado al grado de no importar ni valer nada.

A Javier lo matamos todos yo creo, lo mató la impunidad que coronó cada crimen que vino antes de las balas que lo encontraron.

Cada una de las muertes que quedaron sin justicia, ya fuera de periodistas, madres de desaparecidos que se volvieron incómodas a base de preguntar ¿Dónde está mi hijo?, o de ancianos defendiendo su rancho de sicarios o migrantes en San Fernando, pavimentó el camino del sicario que mató a Javier.

Porque para atreverse a tanto hay que tener certezas, las mínimas y aquí, cada fosa clandestina, cada crimen sin resolver es un susurro al oído del siguiente asesino que le dice: no te apures, no pasa nada, no existe investigación en México, nadie te va a buscar, la ley no importa y si te agarran compras al policía y al juez y a todo mundo.

Y es por eso que somos culpables. Porque cada vez que guardamos silencio traicionamos a los muertos y ensanchamos el camino del criminal impune.

No queda ya otra más que gritar, como diría Javier, aunque nos lleve la chingada a todos.

Zul de la Cueva
Acerca de Zul de la Cueva 25 Artículos
Gente vagamunda, inútil y sin provecho. Esponja del vino y gorgojo del pan

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