Novela, cine, poder y sueño…

Hasta hace poco, no tenía la menor idea de quién es el periodista y escritor Ken Kalfus (Nueva York, 1954), nunca le había leído hasta que alguien tuvo a bien regalarme la novela El parpadeo eterno (Tusquets Editores, 2011), una historia –traducida por Ana Herrera– en la que el estadunidense se adentra en las circunstancias pequeñas y azarosas que pueden marcar el destino de una nación o un pueblo enteros, lo mismo que los usos de la tecnología que aprovecha el poder para construir sus muy variadas formas de legitimación.

La historia se desarrolla, primero, en la Rusia todavía zarista y, en una segunda parte, se centra en tres momentos clave durante los primeros años de la naciente Unión Soviética; visto así, no hay mucho de original o sorprendente, pero las virtudes de la novela se encuentran –creo– no tanto en aquello que sucede en derredor como lo que ocurre al interior de sus personajes, todos ellos “forzados” por la Historia con mayúscula a cumplir un rol que les conmina a callar las notorias contradicciones que los consumen.

En la primera parte de la novela (la mejor de todas), tres viajeros llegan a Astapovo para, cada uno a su modo, buscar involucrarse con el evento que les ha llevado a esa lejana estación ferroviaria en la campiña rusa: la agonía de Lev Tolstoi, el célebre y anciano escritor que ha huido de su casa y espera la muerte rodeado de todo tipo de oportunistas (artistas, líderes religiosos, prostitutas, familiares, feligreses, periodistas, políticos, sanadores de toda índole o comerciantes varios).

Estamos en 1910 y, a pesar de lo que consignen los datos historiográficos, Kalfus nos brinda la posibilidad de un encuentro entre un joven camarógrafo ruso, un hombre de ciencia obsesionado con la preservación de cadáveres y un atemorizante miembro del partido bolchevique cuyo nombre no es difícil de adivinar; de este modo, el trío habrá de encontrarse de nuevo unos años después (en 1924), en un temerario ejercicio de imaginación histórica que, sin embargo, no parecerá a sus lectores muy lejano de la posible “verdad” que, como se aclara en estas páginas, se halla “en construcción permanente”.

Ahora bien, lo que falla (o decepciona) un poco en El parpadeo eterno no son sus notables descripciones o el clima de constante zozobra moral que aqueja a los personajes; si algo “estorba” son los eventuales párrafos que brindan “explicaciones” innecesarias respecto a las urgencias materiales de un régimen que comienza a edificarse, que coloca apenas sus cimientos conformados por la sangre, el miedo y la mentira.

Fuera de eso, seguir las andanzas del joven Nikolai Gribshin –primero como incipiente cineasta y luego como funcionario del tétrico Comisariado de Instrucción Cultural– no es menos que revelador, porque el proceso de su “madurez” formativa se aprecia de la mano del cine y su papel como sostén de la propaganda educativa en una era en la que, “con el mundo patas arriba, las historias del pasado se evaporaban y desaparecían directamente en el aire”.

Al final, es otra muerte la que cierra el ciclo narrativo, porque tras el deceso de Lenin (y el ascenso de Stalin al poder absoluto) retorna a escena el profesor Vorobev, aquel médico que ahora podrá ensayar sus novedosos métodos de embalsamamiento con uno de los cadáveres más contemplados de cualquier época. En estos términos, no podemos reprochar a Kalfus la dosis admirable de ingenio que despliega en su novela, acaso sólo lo evidente que se torna cuando las piezas del rompecabezas delatan el desenlace.

Para concluir, El parpadeo eterno puede no ser fácil de encontrar en estos días, pero bien vale la búsqueda pues, al menos en su primera parte, es susceptible de encantar a cualquier lector que se permite soñar con la posibilidad de que la muerte de un notable escritor puede resultar más determinante para la Historia (de nuevo con mayúscula) que muchas revoluciones. Ese es uno de los sueños que la literatura provoca y hace surgir.

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