Nuestras ciudades no deberían contar con estacionamiento gratuito

|Por Rodrigo Díaz|

Hay que metérselo en la cabeza de una buena vez: el estacionamiento gratuito no existe, no es más que una ilusión. Punto. Siempre tiene un costo, y ese costo alguien debe pagarlo.

No hablo de lo que vale la pavimentación, pintura de demarcación y señalización, sino de lo que cuesta ese bien escaso que es el suelo utilizado para posar cuatro ruedas. En las periferias urbanas, de baja densidad y que concentran pocos viajes, el costo de ese suelo generalmente es bajo, pero en zonas que concentran muchos viajes su valor puede ser altísimo, tan alto como para justificar un cobro a quien lo utiliza.

En caso de ofrecerse el estacionamiento de manera gratuita, el valor de su provisión (y el consiguiente costo de oportunidad de no poder ocupar esos metros cuadrados con usos de suelo más rentables) se traspasa a quienes rentan o compran en esos inmuebles, que a su vez lo traspasan a sus consumidores. En otras palabras, el estacionamiento liberado de pago encarece las propiedades y los bienes y servicios que en ellas se ofrecen. Dadas así las cosas, suena justo establecer un cobro por él, pagado por quienes realmente lo utilizan y no por la totalidad de la ciudadanía.

En el caso del estacionamiento en espacios públicos, como la calle, también hay un alto costo de oportunidad para las ciudades, que podrían destinar esos miles de metros cuadrados destinados al goce de unos pocos a usos con mayor rentabilidad social, como ciclovías, parques o aceras más amplias.

 Hay que pensar el estacionamiento como un imán de concreto que atrae automóviles. Esto usualmente no es mayor problema en periferias que generan pocos desplazamientos hacia ellas, pero la provisión masiva de cajones en zonas que concentran una alta cantidad destinos de viaje puede traducirse en altos niveles de congestión vehicular, originada por unos pocos pero sufrida por muchos.

El estacionamiento es un tema de movilidad y desarrollo urbano, no de derechos del consumidor. El estacionamiento no es un servicio básico como el agua potable, el alcantarillado o la luz, cuya provisión el Estado debe garantizar para que la ciudadanía viva de manera digna. Si existe un derecho, es el de la movilidad, no el de conducir un automóvil privado. En este sentido, las políticas públicas deben enfocarse en proveer la accesibilidad a opciones sustentables, como el transporte público, o la circulación a pie o en bicicleta, no en facilitar el uso del modo que presenta los mayores costos económicos, sociales y ambientales a las ciudades. Si nos vamos a enojar por algo, que sea por la mala calidad de las alternativas sustentables, no por el costo de acceder privilegios privados.

Dos maneras de enfrentar el problema: o faltan estacionamientos o sobran autos. Si creemos lo primero, entonces la única solución es proveer más cajones, lo que, como se dijo en un principio, tiene un costo bastante alto, económico, ambiental y también paisajístico (a menos que, claro, el lector encuentre hermoso destinar miles de metros cuadrados de ciudad a amontonar autos). Si, por el contrario, creemos que lo que hay es un exceso de automóviles circulando, entonces parte de la solución irá por el lado de gestionar el espacio donde esos vehículos descansan la mayor parte del tiempo.

En este sentido, cobrar por estacionar ha demostrado ser un poderoso incentivo para un uso más racional del automóvil y para la migración de automovilistas hacia el transporte público, la bicicleta o la caminata. Está ampliamente demostrado que cuando se cobra por estacionar no sólo disminuye el flujo de automóviles hacia un lugar; también se reduce el tráfico lento de vehículos en busca de un cajón, que puede llegar a ser hasta el 30% en zonas que atraen un alto número de viajes. Esto finalmente significa menos congestión, un beneficio para toda la ciudad.

La gestión del estacionamiento no debiera enfocarse como un negocio: la razón de ser de un cobro por estacionar es regular el uso de un bien escaso, no recaudar dinero. Ahora bien, en algunos casos el establecimiento de una tarifa es capaz de generar importantes recursos que pueden ser aprovechados en distintos proyectos de movilidad o espacio público que benefician a toda la ciudad, con lo que se crea un círculo virtuoso en el que los que congestionan más aportan recursos para mejorar las condiciones de movilidad de quienes prefieren el uso de modos sustentables.

No me canso de repetir el ejemplo: The Shard, el edificio más alto de Europa ubicado en pleno corazón de Londres, cuenta con sólo 48 cajones de estacionamiento para las miles de personas que cada día acuden a sus 87 pisos. La mayoría de esos cajones están destinados a labores de carga y descarga o son reservados a personas con discapacidad. Si este edificio proveyera estacionamiento abundante, y además gratuito, el tráfico de la zona donde se emplaza sencillamente colapsaría ante la masiva llegada de vehículos a un solo punto.

La demanda por estacionamiento puede variar a lo largo del día o de la semana. Un sistema de cobro inteligente puede reconocer esto, adaptando la tarifa de acuerdo al comportamiento de la demanda. Si es poca, el estacionamiento puede ser ofrecido de manera gratuita. Si, por el contrario, son muchos los que se pelean por unos pocos cajones, entonces es posible aplicar una tarifa tan alta como para disuadir a un importante número de usuarios, permitiendo que el sistema de estacionamientos funcione a una capacidad óptima. ¿Cuál es esta capacidad?

El profesor Donald Shoup, que ha dedicado una vida a investigar el tema del estacionamiento, estima un nivel de ocupación de un 85%, el que permite que siempre existan algunos cajones disponibles. El sistema SFpark de San Francisco, que Shoup ayudó a desarrollar, funciona bajo este esquema de tarifa flexible que diferencia cobros por ubicación y hora del día. Hasta el momento sus resultados son más que satisfactorios.

“Es que hay cobros abusivos”. Si esta es la preocupación del consumidor, entonces puede hacer lo mismo que yo y la mayoría de la gente hace al encontrarse en una tienda o restaurant que nos parece excesivamente caro: nos abstenemos de consumir allí. Insisto, siempre hay una alternativa al uso del automóvil privado, particularmente en zonas de alta demanda, y esta alternativa generalmente es más económica. En este sentido, el estacionamiento es una de las pocas áreas donde el mercado funciona relativamente bien en la ciudad: si un centro comercial cobra demasiado caro, perderá clientes; por el contrario, si ofrece un servicio demasiado barato –o gratis- deberá recuperar esa pérdida potencial por otras vías, que de una u otra manera el consumidor terminará pagando. Y así volvemos al principio: el estacionamiento gratis sencillamente no existe.


Agradecemos a ArchDaily México por compartir este trabajo.

Rodrigo Díaz (@pedestre)

Chileno chilango

Consultor en desarrollo urbano y movilidad

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