Nuevos medios, ciudadanos indiferentes

Por Roberto Castelán Rueda ||

Con la aparición del “prosumer”, con la reconfiguración de las cadenas de valor de los medios en donde el “empaquetado” se convirtió en una de las funciones mas valiosas –si no la más del proceso–, en donde los grandes consorcios como Google (ahora Alphabet) o el mismo Facebook, que pretende convertirse en la única plataforma de multimedia útil para el ciudadano contemporáneo, sería un poco extraño, o al menos complejo, que los medios tradicionales, impresos o audiovisuales, continuaran exaltando su aporte a la información y por consecuencia a la formación, del ciudadano.

Para sobrevivir hoy a los embates de la tecnología y de los nuevos paradigmas de la comunicación, los antiguos y mas prestigiosos diarios cambian la estructura de sus redacciones, establecen alianzas estratégicas con el fin de ampliar sus contenidos, pero sobre todo, revisan minuciosamente, ponen como prioridad no la “libertad de prensa” o la “libertad de expresión”, sino su plan de negocios.

El antiguo anhelo humano por la libertad de expresión y el derecho a ser informado, quedó contenido, sujeto, dependiente, de las necesidades mas apremiantes de un plan de negocios de la empresa.

En efecto, el ciudadano tiene el derecho, en otros tiempos se diría inalienable, de ser informado, bien informado, pero renunció a él, o lo canjeó por su, también inalienable “derecho a la frivolidad”, su “derecho a exhibir su vida privada” y los medios, gustosamente, buscan, se pelean por satisfacerlo.

Al responder a las exigencias del mercado y a los ritmos y registros de las redes sociales, los medios contribuyen a convertirnos en ciudadanos indiferentes, ajenos a nuestra propia existencia y a las necesidades de los demás. Las sociedades terminan por convertirse en grandes repositorios de ciudadanos irresponsables, carentes de ética.

Los mecanismos que los medios de comunicación y las redes sociales emplean para ello responden a una conversión de los valores anteriores a la irrupción de la sociedad del espectáculo. Por ejemplo:

Los temas políticos son tratados como temas deportivos. Los actos de los políticos son presentados como una contienda en donde prevalecen los gritos de los comentaristas y las mentadas de madre y los malos tratos en las tribunas.

Los temas deportivos son tratados como temas financieros. El “valor” de un jugador en el mercado es más relevante que su desempeño deportivo, o este siempre estará en relación directa con su valor financiero.

Los temas financieros son tratados como temas religiosos. Las devaluaciones, inflaciones, los flujos de capital, la pérdida de valor adquisitivo son tratados como si no fueran hechos humanos. Su explicación siempre va a depender de un imponderable, como un acto divino.

Los temas culturales son tratados (cuando se tocan) como temas de espectáculos. Las empresas culturales convirtieron a las expresiones artísticas y culturales de todo tipo en espectáculos recreativos cuyo único objetivo es el rendimiento financiero.

Los temas de espectáculos son tocados como temas vitales, humanos. En plena sociedad del espectáculo, nuestros medios contribuyen a orientar a nuestras vidas como el gran espectáculo de la sociedad. El fin de la vida privada garantiza el reconocimiento social. Como los personajes del espectáculo, los ciudadanos exponen sus bodas, sus divorcios, sus problemas de salud, económicos o de drogas, al escrutinio del gran público. Y por último:

Los temas humanos son tratados como nota roja. Los desaparecidos, los asesinados, la indefensión de los ciudadanos terminan convertidos en un tema de nota roja y el grave problema de la seguridad nacional es tratado como un asunto completamente ajeno al entendimiento del ciudadano.

 

Roberto Castelán Rueda
Profesor jubilado, doctor en historia y lector
de medios impresos a punto de extinción.

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