Orgullo y prejuicio… y sangre… y mala suerte

El 2 de octubre de 1949 tampoco se olvida. Ninfa Robles se desangró durante su duodécimo parto. Tenía 36 años de edad y le quedaban vivos nueve chiquillos, entre ellos una recién nacida, a la que le pusieron un nombre original: Ninfa.

Sin saberlo, Ninfa grande fue la progenitora de una generación de baby boomers mexicanos, como se llama a los que nacieron alrededor de la Segunda Guerra Mundial, cuando a las parejas les dio por tener hijos y más hijos.

Vivía en La Mazata, Jalisco, un rancho minero del municipio de Etzatlán, que para entonces ya había agotado la plata y entrado en una decadencia económica.

Quizás mientras se desangraba, Ninfa Robles, mi abuela materna para mayores detalles, empezó a sospechar que la mala suerte existe.

Varios partos antes habían tenido que traer a un médico de otro rancho, ante la postración de doña Bibiana, partera mítica de La Mazata. La experimentada mujer se quedaba corta cuando su clienta asidua se comenzaba a desangrar después de dar a luz, lo cual ocurría cada dos años. Cada vez, el médico –nadie se acuerda del nombre ni lugar residencia– advertía: ni un hijo más. Cada vez se repetía la historia.

Para no variar, el 2 de octubre de 1949 Ninfa Robles se comenzó a desangrar y hubo que traer al médico. Dicen que el hombre se impresionó cuando vio la carnicería en la que se había transformado aquel último parto. Eso dicen, pero debe ser mentira; los galenos están acostumbrados a ver sangre y alrededor de los años 50 muchas mujeres morían de parto (2.8 por cada mil nacidos, según el Anuario estadístico de aquella época). En general, la esperanza de vida de los mexicanos era de un poco menos de 50 años.

Lo que sí debe ser cierto es que el médico de quien nadie recuerda el nombre debió sentirse mal aquel día. Cuando intentaba parar la hemorragia, cayó sobre Ninfa Robles, muerto por un infarto fulminante. Los hombres rodaron el cadáver y lo dejaron a un lado. Las mujeres intentaron hasta lo imposible que, ya se sabe, no fue posible. La madre de nueve entró en un sueño profundo hasta que murió.

Quizás tanta mala suerte no fue más que la imposibilidad histórica o la negación de los avances científicos que ha salvado millones de vidas. Uno es el uso de un método anticonceptivo para no embarazarse. Otro, el parto asistido por un médico. Uno más, la práctica de una cesárea, para salvar la vida de la madre y al bebé. Es seguro que casi 70 años después, miles de mexicanas pobres o ignorantes enfrenten las mismas carencias.

En la contraparte, la Organización Mundial de la Salud advierte el aumento indiscriminado de cesáreas innecesarias –y habría que creerle–, mientras algunos grupos de mujeres exigen el derecho a parir en su casa… sin la presencia de un médico y apoyadas por una partera, a la que llaman dula.

Ante males radicales soluciones radicales, han de pensar.

Una de estas mujeres, a la que estimo bien, casi se murió de lo mismo que Ninfa Robles en su primer parto; estuvo cinco días en terapia intensiva. Hace nada decidió que el alumbramiento de su segundo hijo sería en su cuarto y sin médicos. No vive en una comunidad rural de acceso difícil, sino aquí, en Guadalajara, en una calle alrededor de la avenida Chapultepec.

Me hizo recordar a mi familia materna.

Mi tío Salvador, el hijo más grande de la desdichada mujer que murió sin sangre después de que el médico que llegó tarde –porque no lo llamaron– se infartó y le cayó encima, criticaba de las mujeres de hoy. En claros ataques de machismo, repetía cada rato que las mujeres son muy delicadas, que antes cuando un bebé venía en mala posición, lo acomodaban y traían al mundo las manos de doña Bibiana, con aquellas uñotas, aquellos dedos anillados, aquellas muñecas emperifolladas… Se le olvidaba que por sí sola, una partera experimentada no pudo salvar a su propia madre ni a muchas otras mujeres de La Mazata.

Vanesa Robles
Acerca de Vanesa Robles 11 Artículos
Soy Vanesa Robles // La casualidad me hizo nacer en Guadalajara, México // La vida me hizo periodista, y la elección me hizo pobre y feliz.

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