Otras víctimas del hampa

Amo Torres
Foto @AntonioVelazco_

|Por Juan José Doñán|

Con la noticia, aun cuando no sea precisamente una novedad, de que no sólo los seres vivos son víctimas del crimen nuestro de cada día, sino también los fieles e infieles difuntos, incluidos próceres y personajes relevantes, cuyas efigies están representadas en la estatuaria pública de ésta y otras ciudades.

El crimen organizado o el desorganizado o tal vez ambos se han ensañado de un tiempo acá en contra de cosas y bienes comunitarios que se hallan en la vía pública, en la medida en que éstos puedan ser vendibles o aprovechables, así se trate de cables de cobre (ha habido incluso quienes se han atrevido a desmantelar transformadores eléctricos) o tapas metálicas de alcantarillas, esculturas de bronce, herrería en general, así como otro tipo de componentes de distintos materiales.

Ni siquiera las tumbas de los panteones se encuentran a salvo, de donde los émulos de Alí Babá han cargado con elementos decorativos en mármol o en cualquier otro material, siempre y cuando se puedan o aprovechar.

Esta alta marea delictiva y la cual, muy lejos de ir a la baja, ha seguido subiendo exponencialmente, se debe no sólo a la multiplicación de los hijos de Caco (una de las deidades mitológicas de los ladrones), sino también a la mala vigilancia –o a la falta de ella– por parte de agentes policiacos, así como al hecho de que las zonas con la mayor incidencia de este tipo de delitos sean precisamente aquellas que, apenas cae la noche, se encuentran semidespobladas, o sin el “semi”, como sería el caso del primer cuadro de Guadalajara y demarcaciones aledañas, cuando dichas zonas se convierten en punto menos, o sin el “punto”, que el escenario ideal para el crimen perfecto, pues nadie se da cuenta de la fechoría y si remotamente alguien pudiera atestiguar el hecho, sería muy difícil que se atreviera a hacer algo para impedirlo.

El robo en la estatuaria pública y en el mobiliario urbano se ha vuelto tan frecuente que bien podría ser clasificado ya como un género delincuencial aparte, hasta el punto de poder sumarse a otros delitos bien tipificados como el robo de automóviles, el asalto a mano armada, el robo a casa habitación, el robo de autopartes, etcétera.

Dado que en el caso de la estatuaria y del mobiliario urbanos, que tienen en común encontrarse en la vía pública, las víctimas no son personas en lo individual, sino la sociedad en su conjunto, y como el objetivo preferente de los malhechores de esta clase son esculturas dedicadas a equis personaje histórico o alegórico, bien podría llamarse a esta modalidad “robo a la estatuaria pública”, una modalidad que en los meses recientes ha sido, en efecto, una de las más practicadas por los ladrones callejeros, cuyo récord delictivo forma ya una muy larga lista de robos en el primer cuadro tapatío.

Entre las múltiples piezas desaparecidas, se encuentran las figuras de los obreros que durante décadas formaron parte del poco agraciado conjunto escultórico de la glorieta de Alcalde y Circunvalación (para mayores señas, enfrente de la Secretaría de Vialidad); el sable que empuñaba la estatua del caudillo insurgente José Antonio el Amo Torres, enfrente del Mercado Corona y apenas a cuadra y media de la Presidencia Municipal de Guadalajara; muchas de las letras metálicas que identifican a las estatuas que se encuentran en la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, a un costado de la misma Presidencia Municipal de Guadalajara, donde se supone que hay una guardia permanente; una buena parte de la herrería en bronce que hace más de medio siglo diseñó José Chávez Morado para enmarcar la escultura decimonónica de Benito Juárez, estatua que por esa época fue reubicada en la plaza que se encuentra enfrente del parque del Agua Azul; una de las águilas, también en bronce, que formaba parte de la escultura en honor de Ramón Corona, monumento que hacia mediados de los años veinte el gobierno de José Guadalupe Zuno reubicó en su emplazamiento actual, en la glorieta de la calzada Independencia y avenida de La Paz.

Y hace apenas unas semanas también fue robado el busto de Venustiano Carranza que se encontraba en la desembocadura de la calle del mismo nombre, en el Jardín Botánico, enfrente del Hospital Civil, y donde ahora sólo se encuentra el desolado pedestal. Ante ello, cualquier ocurrente podría decir que a Carranza lo carrancearon.

Las autoridades de la comarca (tanto las del municipio como las del estado) podrían tratar de justificar su escandaloso fracaso en este ámbito, diciendo que también en otras partes del país, comenzando por la Ciudad de México, se cuecen habas, y presentar como prueba de ello la desaparición del violín en bronce que se encontraba empotrado en la tumba de Juventino Rosas, nada menos que en la Rotonda de los Mexicanos Ilustres, en el panteón de Dolores de la capital del país.

Pero como el mal de muchos es y seguirá siendo consuelo de atolondrados, no queda más que seguir reclamando a quienes nos gobiernan que cumplan con la primera de sus obligaciones: velar por la seguridad de las personas y de sus bienes, incluidos aquellos que son de todos, los bienes públicos.

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